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Las Mejores Películas de Pasión

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Las Mejores Películas de Pasión

La noche en mi depa de la Condesa estaba perfecta, con esa brisa fresca que entra por la ventana abierta y el olor a jazmín del jardín de abajo subiendo como una caricia. Yo, Carla, acababa de llegar del trabajo, con el cuerpo cansado pero el ánimo encendido después de un día de locos en la agencia. Marco, mi carnal de toda la vida, el que siempre ha estado ahí pa' echar porras o consolarme con chelas, me había mandado un mensaje: "Órale, carnala, hoy nos echamos las mejores películas de pasión. Prepárate pa' la neta del cine ardiente". Sonreí sola, sintiendo un cosquilleo en la panza. Marco y yo éramos así, compas inseparables desde la uni, pero últimamente las miradas se quedaban más tiempo, las pláticas rozaban lo prohibido.

Él llegó puntual, con una bolsa de nachos del Oxxo y dos seis de Indio bien frías. Su camisa ajustada marcaba esos pectorales que había ganado en el gym, y su sonrisa pícara me hizo tragar saliva. "¿Lista pa' volar alto, mamacita?" me dijo mientras se tiraba en el sofá, palmeando el lugar a su lado. Encendí la tele, busqué en Netflix y YouTube las listas de las mejores películas de pasión, esas que prometen besos que queman y cuerpos entrelazados en la pantalla grande. Elegimos 9 Semanas y Media primero, porque neta, esa escena del hielo siempre me pone la piel chinita.

Al principio, todo era risas y comentarios pendejos. "Mira nomás a Mickey Rourke, qué galán culero", bromeé, mientras el calor de su muslo rozaba el mío. La habitación se llenaba del aroma a su colonia, esa que huele a madera y aventura, mezclada con el limón de los nachos. La pantalla iluminaba nuestros rostros con destellos azules y rojos, y poco a poco, el silencio se instaló. Sentí su mirada en mí, no en la tele. Mi corazón latía fuerte, como tamborazo en una fiesta de pueblo.

¿Por qué carajos me sudan las manos? Esto es Marco, mi compa. Pero neta, verlo ahí, con los labios entreabiertos, imaginando que soy yo la de la peli...

La tensión crecía como el calor en un sauna. En la película, los amantes se devoraban con besos húmedos, y yo crucé las piernas para calmar el pulso entre mis muslos. Marco se movió, su mano rozó mi rodilla accidentalmente. O no tan accidental. "¿Te prende esta?" murmuró, su voz ronca como grava. Asentí, sin palabras, el aire espeso con el olor a nuestra piel calentándose.

Apagamos la primera peli y pasamos a El Amante, otra de las mejores películas de pasión según las reseñas que habíamos leído. La música sensual envolvía la sala, y sus dedos empezaron a trazar círculos perezosos en mi pierna. No lo detuve. Al contrario, mi mano se posó en su pecho, sintiendo el latido acelerado bajo la tela. "Carla, neta que siempre has sido la más chingona", susurró, inclinándose. Nuestros labios se rozaron primero, suaves, probando, como si temiera romper el hechizo. Sabía a cerveza fría y a deseo reprimido.

El beso se profundizó, lenguas danzando con urgencia. Sus manos subieron por mis caderas, levantando mi blusa, y el roce de sus palmas callosas en mi cintura me erizó la piel. Olía a su sudor limpio, mezclado con el mío, un perfume primal que llenaba el aire. Me recargué en el sofá, él encima, su peso delicioso presionándome. "Dime si quieres parar, carnala", jadeó contra mi cuello, mordisqueando suave. "Ni madres, sigue", respondí, arqueándome.

Acto dos de nuestra propia película privada. Lo jalé de la camisa, quitándosela con dedos temblorosos. Su torso desnudo brillaba bajo la luz tenue, músculos tensos como cuerdas de guitarra. Besé su pecho, lamiendo el salado de su piel, bajando hasta el ombligo. Él gimió, un sonido gutural que vibró en mis entrañas. "Qué rico te sientes, pendejito", le dije juguetona, mientras mis uñas arañaban su espalda. Marco me desvistió despacio, reverente, besando cada centímetro expuesto. Mis pechos se liberaron, y su boca los capturó, chupando pezones endurecidos, enviando descargas eléctricas directo a mi centro.

¡Madre santa, esto es mejor que cualquier peli! Su lengua... ay, no pares, Marco, no pares.

La habitación resonaba con nuestros jadeos, el sofá crujiendo bajo nosotros. El olor a sexo empezaba a impregnar todo, almizcle dulce y embriagador. Bajó mi short, sus dedos explorando mi humedad, resbaladizos, círculos lentos en mi clítoris hinchado. Gemí alto, "¡Más, cabrón, más fuerte!" Él obedeció, metiendo dos dedos, curvándolos justo ahí, mientras su pulgar presionaba. Mi cuerpo se convulsionaba, olas de placer subiendo por mi espina.

Pero quería más. Lo empujé, quitándole el pantalón. Su verga saltó libre, dura, venosa, palpitante. La tomé en mi mano, sintiendo el calor, el pulso rápido. La lamí desde la base, saboreando el gusto salado-precorchal, hasta la punta. Marco gruñó, enredando dedos en mi pelo. "Eres una diosa, Carla". Lo chupé profundo, garganta relajada, saliva resbalando, mientras él se retorcía.

No aguantamos más. Me recostó, separando mis piernas. Sus ojos en los míos, pidiendo permiso. "Sí, métela ya", supliqué. Entró lento, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. El llenado completo me arrancó un grito. Empezó a moverse, embestidas profundas, piel contra piel chapoteando. Sudor perlando nuestros cuerpos, resbaloso, facilitando el roce. El sofá olía a nosotros, a pasión cruda mexicana.

Acceleramos, mis uñas clavadas en sus nalgas, guiándolo más hondo. "¡Te voy a venir adentro, neta!" rugió. Yo ya estaba al borde, contrayéndome alrededor de él. El clímax nos golpeó juntos, explosión de fuego blanco, mi coño apretándolo mientras él se vaciaba, chorros calientes inundándome. Gritos ahogados, temblores compartidos, el mundo reduciéndose a ese instante.

Quedamos jadeantes, enredados, el corazón tronando en unisono. Su peso sobre mí era consuelo, no carga. Besos suaves ahora, lenguas perezosas. El aire fresco de la noche entraba, refrescando nuestra piel pegajosa. "Eso fue mejor que las mejores películas de pasión", murmuró riendo bajito. Yo asentí, acariciando su espalda húmeda.

¿Y ahora qué? ¿Somos amantes o qué? Neta, no importa. Esto se siente chido, real, nuestro.

Nos levantamos despacio, piernas flojas como gelatina. En la ducha, agua caliente lavando el sudor, jabón espumoso deslizándose por curvas y músculos. Manos curiosas todavía, caricias tiernas. Secándonos, envueltos en toallas, volvimos al sofá. Pusimos otra peli, pero ya no mirábamos la pantalla. Hablamos de todo y nada, risas fáciles, miradas que prometían más noches así.

Al amanecer, con el sol tiñendo el cielo de rosa, Marco se despidió con un beso largo. "Hasta pronto, mi pasión favorita". Cerré la puerta, el cuerpo adolorido placenteramente, el alma llena. Las mejores películas de pasión habían sido solo el pretexto. Lo nuestro era la secuela perfecta, ardiente y eterna.

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