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Libros Para Leer de Amor y Pasion que Encienden la Piel

6370 palabras

Libros Para Leer de Amor y Pasion que Encienden la Piel

Entré a la librería de Coyoacán con el sol de la tarde pegándome en la nuca como un beso caliente. El aire olía a papel viejo y café recién molido, ese aroma que te envuelve y te hace sentir en casa. Estaba buscando libros para leer de amor y pasion, algo que me sacara de la rutina de mi chamba en la oficina, que me hiciera latir el corazón como cuando era morra y soñaba con amores imposibles. Mis dedos rozaban las portadas desgastadas, sintiendo la textura áspera bajo las yemas, mientras imaginaba historias de cuerpos entrelazados, suspiros ahogados y pieles sudadas.

¿Por qué carajos ando tan caliente últimamente? me pregunté, mordiéndome el labio. Llevaba semanas sin un buen revolcón, y cada página que hojeaba me ponía peor. De repente, una voz grave y juguetona me sacó de mi trance.

—Órale, güeyita, ¿buscas algo que te prenda el fuego o qué? Esos de amor y pasión son los que más se venden aquí.

Me volteé y ahí estaba él: Diego, con ojos cafés profundos como el chocolate abuelito, sonrisa pícara y una playera ajustada que marcaba sus pectorales. Alto, moreno, con ese acento chilango que me derretía. Era el dueño de la librería, o al menos lo parecía por cómo manejaba los estantes con maestría.

—Neta, sí —le contesté, sintiendo un cosquilleo en el estómago—. Algo que no sea puro cuento rosa, sino que te haga sentir el calor en la piel.

Se acercó, su colonia fresca invadiendo mi espacio, y me pasó un libro. Nuestros dedos se rozaron, y juro que sentí una chispa eléctrica subir por mi brazo.

—Este es chido, de una autora mexicana que escribe pasiones prohibidas. Te va a dejar mojadita de tanto leer.
Me guiñó el ojo, y yo me reí, ruborizada pero empoderada.

Charlamos un rato sobre autores, sobre cómo los libros para leer de amor y pasion nos hacen revivir lo que a veces olvidamos. Él confesó que leía en la noche para calmar sus demonios, yo le dije que para avivar los míos. La tensión crecía con cada mirada, cada roce accidental. Al final, compré tres libros y una invitación implícita a un café en la plaza.

Salimos juntos, el bullicio de Coyoacán nos rodeaba: mariachis lejanos, olor a elotes asados y flores frescas. Nos sentamos en una banca bajo un árbol frondoso, con cafés de olla humeantes en las manos. El vapor subía, mezclándose con su aliento cuando se inclinaba para hablarme al oído.

—Sabes, Ana, desde que entraste me traes loco. Tus ojos brillan como si ya supieras lo que quiero hacerte.

Mi pulso se aceleró, el corazón retumbando en mis oídos. Esto es consensual, esto es lo que quiero, pensé, mientras ponía mi mano en su muslo firme. —Pues hazlo, cabrón, no seas pendejo.

La tarde se convirtió en noche sin que nos diéramos cuenta. Caminamos a su depa, un loft chulo en la colonia, con vista al Churubusco. Apenas cerramos la puerta, sus labios capturaron los míos. Sabían a café y a deseo puro, su lengua explorando con hambre contenida. Lo empujé contra la pared, sintiendo su erección dura contra mi vientre, mientras mis manos se colaban bajo su playera, acariciando la piel caliente y suave de su abdomen.

—Te quiero ya, Diego —jadeé, mi voz ronca.

Me levantó en brazos como si no pesara nada, sus músculos tensos bajo mis piernas. Me llevó a la cama, donde el aire olía a sábanas limpias y a su excitación masculina. Se quitó la ropa despacio, dejándome admirar su cuerpo esculpido: pecho ancho, abdomen marcado, verga gruesa y palpitante erguida para mí. Yo me desvestí con lentitud, saboreando su mirada devorándome, mis pezones endureciéndose al roce del aire fresco.

Se acostó sobre mí, su peso delicioso presionándome al colchón. Besos en el cuello, mordidas suaves que me arrancaban gemidos. Sus manos expertas amasaban mis tetas, pellizcando los pezones hasta que arqueé la espalda. ¡Qué chingón se siente esto! El olor de mi propia humedad subía, mezclándose con su sudor salado. Bajó por mi cuerpo, lamiendo mi ombligo, hasta llegar a mi concha empapada.

—Estás rica, Ana, neta que te voy a comer entera —gruñó, antes de hundir la lengua en mis pliegues. El placer fue como un rayo: chupaba mi clítoris con maestría, metiendo dos dedos que curvaba justo en mi punto G. Grité, mis caderas moviéndose solas contra su boca, el sonido húmedo de succión llenando la habitación. Olía a sexo puro, a jugos dulces y piel caliente.

Lo jalé del pelo, queriendo más. Me volteó, poniéndome a cuatro patas, su verga rozando mi entrada. —Dime que la quieres —exigió, su voz temblorosa de contención.

—¡Métemela ya, pendejo, no me hagas rogar! —supliqué, empoderada en mi deseo.

Entró de un solo empujón, llenándome hasta el fondo. El estiramiento ardiente me hizo jadear, sus bolas golpeando mi clítoris con cada embestida. El colchón crujía, nuestros cuerpos chocaban con palmadas sudorosas. Agarró mis caderas, clavándome los dedos, mientras yo me tocaba el clítoris, acelerando el fuego. Sus gemidos roncos en mi oído, su aliento caliente en mi nuca, me volvían loca.

—Te sientes tan chingona, tan apretada... —jadeaba, acelerando el ritmo.

Cambié de posición, montándolo como amazona. Sus manos en mis tetas rebotando, yo cabalgando su polla dura, sintiendo cada vena pulsar dentro de mí. El sudor nos unía, resbaloso y pegajoso. Mi orgasmo llegó como una ola: contracciones violentas apretando su verga, gritos ahogados en su boca. Él se corrió segundos después, llenándome de su leche caliente, rugiendo mi nombre.

Nos derrumbamos, jadeantes, cuerpos entrelazados en un charco de sudor y fluidos. Su corazón latía contra mi pecho, el aroma de nuestro sexo impregnando el aire. Me besó la frente, tierno ahora.

—Eso fue mejor que cualquier libro —murmuró.

Me reí bajito, trazando círculos en su espalda.

Los libros para leer de amor y pasion me trajeron hasta aquí, pero tú... tú eres la historia que quiero repetir.
En ese afterglow, con su brazo rodeándome y la ciudad murmurando afuera, sentí una paz profunda, un cierre dulce a la tensión acumulada. Mañana leería esos libros con él, pero esta noche, éramos nosotros la pasión viva.

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