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Echando Pasión en la Playa Oculta

6630 palabras

Echando Pasión en la Playa Oculta

La arena tibia de la playa de Puerto Vallarta se pegaba a mis pies descalzos mientras el sol se hundía en el Pacífico, tiñendo el cielo de naranjas y rosas intensos. El aire salado se mezclaba con el humo de las fogatas y el aroma dulce de las piñas coladas que repartían en la fiesta playera. Yo, Ana, de veintiocho años, había llegado sola esa semana, huyendo del estrés de la chamba en la Ciudad de México. Neta, necesitaba esto, pensé, moviendo las caderas al ritmo de la cumbia que retumbaba desde los bocinas.

Entonces lo vi. Javier, un moreno alto y fornido, con ojos negros que brillaban como el carbón bajo la luz de las antorchas. Vestía una camisa guayabera abierta, dejando ver su pecho tatuado con un águila mexicana. Estaba rodeado de cuates riendo, pero sus ojos se clavaron en mí como si el mundo se hubiera detenido. Sonrió, esa sonrisa pícara que dice te voy a comer con los ojos. Me acerqué al bar improvisado, pidiendo un tequila con limón, y él se plantó a mi lado.

—Órale, güerita, ¿vienes a conquistar la playa o qué? —dijo con voz grave, ronca como el mar en tormenta.

Reí, sintiendo un cosquilleo en el estómago. —Simón, pero parece que ya encontré al rey del lugar.

Charlamos un rato, coqueteando con miradas que quemaban. Habló de su vida como pescador y guía turístico, de las olas que domaba y las noches que no dormía. Yo le conté de mi vida en el DF, de lo cansada que estaba de pendejos que no saben lo que quieren. La tensión crecía con cada sorbo, cada roce accidental de su brazo contra el mío. Cuando sonó una ranchera sensual, me jaló a bailar. Sus manos en mi cintura, fuertes y cálidas, me pegaron a su cuerpo. Sentí su calor a través de la tela ligera de mi vestido playero, su aliento con sabor a ron en mi cuello. Chingado, este wey me prende como nadie.

La noche avanzaba, las estrellas salpicaban el cielo como diamantes. Nos alejamos del bullicio, caminando por la orilla donde las olas lamían la arena con susurros suaves. Sus dedos entrelazados con los míos enviaban chispas por mi espina. Llegamos a una caleta escondida, una playa oculta detrás de rocas, iluminada solo por la luna llena. Allí, sin palabras, me besó. Sus labios carnosos, urgentes, saboreando a sal y deseo. Mi lengua danzó con la suya, explorando, mientras sus manos subían por mi espalda, desatando el nudo de mi vestido.

¿Y si es solo una noche? ¿Y si mañana me arrepiento? pensé, pero el pulso acelerado entre mis piernas ahogaba cualquier duda. Que se joda el mañana, esta noche es nuestra.

El vestido cayó a la arena como una ofrenda. Quedé en brasier y tanga, mi piel erizada por la brisa marina. Él se quitó la camisa, revelando músculos esculpidos por el sol y el trabajo. Olía a mar, a sudor limpio y a hombre. Sus manos, callosas pero tiernas, acariciaron mis senos, pellizcando los pezones hasta endurecerlos como piedras preciosas. Gemí bajito, el sonido perdido en el romper de las olas. Bajó la boca a mi cuello, lamiendo, mordisqueando, bajando hasta mis pechos. Chupó un pezón con hambre, succionando mientras su mano se colaba entre mis muslos.

—Estás mojada, nena —murmuró contra mi piel, su dedo rozando mi clítoris hinchado a través de la tela húmeda —. Te voy a volver loca.

Arranqué su short, liberando su verga dura, gruesa, palpitante. La tomé en mi mano, sintiendo las venas latiendo bajo mi palma. Era caliente, pesada, y olía a excitación pura. Me arrodillé en la arena suave, lamiendo la punta, saboreando el precum salado. Él gruñó, enredando sus dedos en mi pelo, guiándome mientras lo chupaba profundo, mi lengua girando alrededor del glande. El sabor era adictivo, mezcla de sal marina y masculinidad cruda.

Me levantó, quitándome la tanga con un tirón juguetón. Sus dedos entraron en mí, dos de golpe, curvándose para tocar ese punto que me hacía arquear la espalda. —¡Ay, cabrón! —jadeé, mis jugos chorreando por su mano. Me masturbó lento al principio, luego rápido, su pulgar en mi clítoris enviando ondas de placer que me nublaban la vista. El sonido húmedo de mis fluidos, mis gemidos roncos, el viento en las palmeras... todo se fundía en una sinfonía erótica.

—Te quiero adentro —le rogué, tirando de él hacia la arena. Me acostó boca arriba, las olas lamiendo nuestros pies. Se posicionó entre mis piernas, frotando su verga contra mi entrada resbaladiza. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. Es enorme, me llena por completo, pensé mientras mis paredes lo apretaban. Comenzó a moverse, embestidas profundas, rítmicas, como las olas del mar.

Nos volteamos, yo encima, cabalgándolo con furia. Mis tetas rebotaban, su mirada clavada en ellas mientras yo subía y bajaba, moliendo mi clítoris contra su pubis. Sudor perlando su pecho, el mío, goteando entre nosotros. El olor a sexo, a arena caliente y mar, nos envolvía. Aceleré, sintiendo el orgasmo construyéndose como una ola gigante.

Echando pasión pura, sin frenos, como animales en celo.

—¡Más duro, papi! —grité, clavando las uñas en su pecho. Él me agarró las nalgas, azotándolas suave, guiando mis caderas. El placer explotó en mí, un tsunami de éxtasis que me hizo convulsionar, chorros calientes mojando su verga. Él rugió, volteándome de nuevo, embistiéndome con todo, sus bolas golpeando mi culo. Se corrió dentro, chorros calientes llenándome, su cuerpo temblando sobre el mío.

Quedamos jadeando, enredados en la arena, el mar besando nuestras piernas. Su peso sobre mí era reconfortante, su corazón latiendo contra mi pecho. Besos suaves ahora, lenguas perezosas. —Eres increíble, Ana —susurró, acariciando mi pelo —. Me dejaste echando pasión como nunca.

Reí bajito, trazando sus tatuajes con el dedo. Hablamos de tonterías, de sueños y de lo chido que era Puerto Vallarta. No hubo promesas locas, solo la certeza de que esa noche nos había marcado. Al amanecer, nos vestimos entre risas, el sol naciente pintando el cielo de oro. Me acompañó de vuelta a mi hotel, un beso largo en la puerta.

—Vuelve cuando quieras, güerita. Aquí te espero para echar más pasión.

Me fui con el cuerpo dolorido pero satisfecho, el sabor de él en mis labios, el recuerdo de su toque grabado en mi piel. Neta, la mejor noche de mi vida. Y supe que regresaría, porque esa pasión no se apaga fácil.

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