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Pasion Bajo las Estrellas

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Pasion Bajo las Estrellas

La noche en Puerto Vallarta olía a mar salado y a jazmín salvaje, con el rumor de las olas rompiendo en la playa como un susurro constante. Ana caminaba por la arena tibia, sus pies hundiéndose en ella con cada paso, el vestido ligero rozándole las piernas como una caricia. Había salido con unas amigas a un bar playero, pero ahora, sola con un trago de tequila en la mano, sentía esa inquietud familiar, ese calentón que le subía por el cuerpo sin razón aparente. La música ranchera mezclada con reggaetón retumbaba desde el chiringuito, y las luces de colores bailaban sobre la multitud.

Ahí lo vio. Javier, alto, moreno, con una camisa blanca desabotonada que dejaba ver el vello oscuro en su pecho. Estaba recargado en la barra, riendo con unos carnales, pero sus ojos se clavaron en ella como si la hubiera estado esperando toda la vida. Neta, qué chulo, pensó Ana, sintiendo un cosquilleo en el estómago. Él levantó su cerveza en un brindis silencioso, y ella, sin pensarlo dos veces, se acercó contoneando las caderas.

—¿Qué onda, guapa? —dijo él con esa voz grave, mexicana de pura cepa, que le erizó la piel—. ¿Te invito un trago o ya traes suficiente fuego?

Ana sonrió, el tequila ya le soltaba la lengua. —Traigo lo justo pa' encender la noche, wey. Pero si me convences, me quedo.

Conversaron bajo las estrellas, el aire cargado de sal y humo de fogatas lejanas. Javier era pescador de día, DJ de noche en las fiestas locales; olía a océano y a loción masculina. Ana le contó de su trabajo en el hotel, de cómo odiaba la rutina pero amaba la libertad de la costa. Cada roce accidental —su mano en su brazo, su rodilla contra la de ella— mandaba chispas por su espina dorsal. La pasion latía ya entre ellos, sutil, como el pulso del mar.

¿Por qué carajos me siento así? Como si lo conociera de toda la vida. Su mirada me quema, neta.

La banda tocó un son jarocho que los arrastró a la pista improvisada. Bailaron pegados, sus cuerpos sudando bajo la luna llena. Las manos de Javier en su cintura eran firmes pero tiernas, guiándola en un vaivén que imitaba las olas. Ella sentía su calor a través del vestido delgado, el bulto creciente contra su muslo. Está cañón, pensó, mordiéndose el labio.

—Ven, vamos a caminar —sugirió él al rato, su aliento cálido en su oreja.

La playa estaba casi desierta ahora, solo el eco de la fiesta a lo lejos. Caminaron descalzos, la arena fresca bajo las estrellas. Se detuvieron junto a unas palmeras, y Javier la jaló hacia él. Sus labios se encontraron en un beso hambriento, tongues enredándose con sabor a tequila y sal. Ana gimió bajito, sus uñas clavándose en su espalda. El mundo se redujo a eso: su boca devorándola, sus manos explorando sus curvas.

Qué rica eres —murmuró él contra su cuello, lamiendo la piel salada.

El deseo escalaba como una ola gigante. Javier la recargó contra el tronco rugoso de la palmera, besándola con urgencia mientras sus dedos subían por sus muslos, arrugando el vestido. Ana jadeaba, el corazón latiéndole en el pecho como tambor. Olía su excitación, ese aroma almizclado que la volvía loca. Ella le desabotonó la camisa, palpando los músculos duros de su abdomen, bajando hasta el cierre de sus jeans.

No puedo parar. Quiero sentirlo todo, su piel, su fuerza. Esta pasion me consume.

Se tumbaron en una manta que él sacó de quién sabe dónde, riendo entre besos. La arena se pegaba a sus cuerpos calientes, pero no importaba. Javier le quitó el vestido con reverencia, exponiendo sus senos al aire nocturno. Los besó, chupó sus pezones endurecidos hasta que ella arqueó la espalda, gimiendo su nombre. —Javier, sí...

Sus manos bajaron, deslizándose entre sus piernas. Estaba empapada, lista. Él metió dos dedos despacio, curvándolos justo ahí, el punto que la hacía ver estrellas. Ana se movía contra su mano, el sonido húmedo de su arousal mezclándose con las olas. —Me tienes bien puesto, morra —gruñó él, quitándose los jeans. Su verga saltó libre, gruesa y venosa, palpitante de necesidad.

Ella lo tomó en su mano, acariciándolo con firmeza, sintiendo la piel suave sobre el acero duro. Lo guió a su entrada, mirándolo a los ojos. —Ven, métemela ya.

Entró en ella de un solo empujón suave, llenándola por completo. Ana gritó de placer, sus paredes apretándolo como un guante. Se movieron juntos, ritmados, el slap de piel contra piel ahogando el mar. Él la embestía profundo, rozando ese spot que la volvía loca, mientras ella clavaba las uñas en su culo, urgiéndolo más fuerte. Sudor goteaba de sus frentes, mezclándose con lágrimas de éxtasis en sus mejillas.

La pasion los consumía. Javier la volteó a cuatro patas, agarrando sus caderas, follando con fuerza animal pero cariñosa. Ana empujaba hacia atrás, sintiendo cada vena, cada pulso. El olor a sexo impregnaba el aire, salado y dulce. Él le azotó una nalgada juguetona —¡Pendejo!— rio ella, pero eso lo excitó más.

Su cuerpo es mío esta noche. Cada embestida me acerca al borde. No pares, carnal.

Cambiaron posiciones, ella encima ahora, cabalgándolo como una diosa. Sus senos rebotaban con cada salto, Javier los amasaba, pellizcando pezones. Ana giraba las caderas, moliendo contra él, persiguiendo su orgasmo. El clímax la golpeó como un tsunami: ondas de placer desde el clítoris hasta la punta de los dedos, gritando mientras se convulsionaba, chorros de jugo empapándolo todo.

Javier la siguió segundos después, gruñendo como bestia, llenándola con chorros calientes de semen. Colapsaron juntos, jadeantes, cuerpos entrelazados en la arena. El mar lamía sus pies, fresco contra el fuego de sus pieles.

Se quedaron así un rato, besándose perezosos, el afterglow envolviéndolos como niebla tibia. Javier le acariciaba el cabello, oliendo a vainilla de su shampoo mezclado con sudor.

Neta, eso fue chingón —dijo ella, riendo bajito.

—Y apenas empieza, preciosa. Esta pasion no se apaga fácil.

Ana se acurrucó contra su pecho, escuchando su corazón ralentizarse. La noche los cubría con su manto estrellado, y por primera vez en mucho tiempo, se sintió completa. Mañana sería otro día, pero esta conexión, esta explosión de sensaciones, quedaría grabada en su piel como una marca invisible. El mar susurraba promesas, y ella sonrió, sabiendo que había encontrado algo real en medio del caos playero.

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