Relatos Prohibidos
Inicio Infidelidad Pasion Prohibida Cancion de Bianca y Bruno Pasion Prohibida Cancion de Bianca y Bruno

Pasion Prohibida Cancion de Bianca y Bruno

6832 palabras

Pasion Prohibida Cancion de Bianca y Bruno

La noche en el club de Polanco bullía con luces neón parpadeantes y el ritmo pesado de la cumbia rebajada que hacía vibrar el piso bajo mis tacones. Yo, Alicia, acababa de dejar a mi prometido esa misma semana, un pendejo estirado que mis papás habían elegido por conveniencia familiar. Neta, no aguantaba más esa vida de apariencias. El aire estaba cargado de olor a tequila reposado y sudor fresco, mezclado con el perfume dulce de las chavas que bailaban pegaditas a sus galanes.

Estaba en la barra, pidiendo un paloma con limón bien exprimido, cuando lo vi. Diego. Mi Diego de juventud, el wey que me había robado el corazón en las fiestas de Coyoacán hace diez años. Alto, moreno, con esa sonrisa pícara que me hacía derretir. Nuestras familias se odiaban por un pleito de negocios viejos, tierras en Querétaro que nadie quería soltar. Prohibido. Siempre había sido prohibido. Pero ahí estaba, con camisa negra ajustada que marcaba sus pectorales, mirándome como si el tiempo no hubiera pasado.

El DJ subió el volumen: "¡Órale, raza! Para prender la pista, Pasion Prohibida cancion de Bianca y Bruno". La melodía empezó, esa voz ronca de Bruno entonando letras de deseo imposible, y la de Bianca respondiendo con gemidos sensuales. El ritmo me invadió, latiendo en mi pecho como un segundo corazón. Diego se acercó, su colonia amaderada golpeándome antes que su mano en mi cintura.

¿Qué chingados hago? Mis papás me matarían si nos ven juntos. Pero su toque... ay, wey, su toque quema.

"Alicia, mamacita", murmuró cerca de mi oreja, su aliento cálido rozando mi lóbulo. "Sigues igual de cañona". Su voz grave competía con la canción, que ahora cantaba sobre cuerpos entrelazados en secreto.

Nos movimos a la pista sin pensarlo. Sus manos en mis caderas, guiándome al son de la pasion prohibida. Sentía el calor de su cuerpo pegado al mío, el roce de su verga endureciéndose contra mi trasero. El sudor perlaba su cuello, y no pude resistir lamerlo, salado y masculino, mientras la multitud nos arropaba en anonimato. Sus dedos se clavaron en mi piel, subiendo por mi espalda desnuda bajo el vestido rojo ceñido.

"No sabes las noches que soñé con esto", confesó, girándome para mirarme a los ojos. Sus pupilas dilatadas reflejaban las luces estroboscópicas. La canción terminaba, pero nosotros apenas empezábamos. Hablamos en un rincón, tequila en mano, recordando besos robados en autos viejos y promesas rotas por las familias. "Tu prometido no te merece, chula. Tú eres fuego puro".

El deseo crecía como tormenta. Su mano subió por mi muslo, rozando el encaje de mis panties. Pinche calor. Mi concha palpitaba, húmeda ya, anhelando más. "Diego, esto es una locura. Si nos cachan..." Pero mis palabras se ahogaron en su boca. El beso fue feroz, lenguas danzando con sabor a limón y tequila, dientes mordiendo labios hinchados. Gemí bajito, el sonido perdido en el bullicio.

Me vale. Que se jodan las familias. Lo necesito dentro de mí, ya.

Me jaló hacia la salida trasera, al callejón iluminado por faroles tenues. El aire fresco de la noche contrastaba con nuestro calor. Apoyó mi espalda contra la pared de ladrillo áspero, que raspaba mi piel a través del vestido. Sus manos expertas bajaron el tirante, exponiendo mi teta derecha, el pezón duro como piedra. Lo chupó con hambre, succionando fuerte, enviando chispas directo a mi clítoris. "Sabes a gloria, Alicia. Siempre lo hiciste".

Le desabroché el pantalón, liberando su verga gruesa, venosa, latiendo en mi palma. La piel suave y caliente, el olor almizclado de su excitación me mareaba. La acaricié lento, sintiendo cómo crecía, el precum goteando en mi dedo. " Qué chingona, Diego. Te extrañé tanto". Él gruñó, bajando mis panties al tobillo. Sus dedos exploraron mi panocha empapada, abriendo los labios, frotando el botón hinchado. Jadeé, mis uñas en su nuca, arañando.

La tensión era insoportable. Me levantó una pierna, enganchándola en su cadera, y empujó. Entró de un jalón, llenándome hasta el fondo. ¡Ay, cabrón! El estiramiento ardía delicioso, su grosor rozando cada nervio. Empezó a bombear, lento al principio, el sonido húmedo de carne contra carne mezclándose con nuestros jadeos. "Más fuerte, wey. Chíngame como antes". Aumentó el ritmo, sus pelotas golpeando mi culo, el sudor chorreando entre nosotros.

La pared raspaba mi espalda, pero el dolor se fundía en placer. Olía a sexo crudo, a su esencia y la mía, con toques de jazmín del jardín cercano. Sus embestidas se volvieron salvajes, mi concha contrayéndose alrededor de él, ordeñándolo. "Ven, Alicia. Córrete conmigo". Mordí su hombro para no gritar, el orgasmo explotando como fuegos artificiales, olas y olas de éxtasis puro. Él se tensó, gruñendo ronco, llenándome con chorros calientes que desbordaban.

Nos quedamos pegados, respiraciones entrecortadas, su frente en mi clavícula. El mundo volvió despacio: autos pasando en la avenida, risas lejanas del club. Me bajó con cuidado, besando mi frente. "Esto no termina aquí, mi reina. Al diablo las familias. Somos nosotros contra todo".

Neta, nunca me sentí tan viva. Esta pasion prohibida es nuestra canción ahora.

Caminamos de la mano hacia su coche, un BMW negro reluciente. Adentro, el cuero fresco besó mi piel aún ardiente. Pusimos la radio, y adivina qué sonaba: otra vez Pasion Prohibida cancion de Bianca y Bruno. Reímos, sabiendo que era señal. Condujo a su penthouse en Reforma, donde la noche prometía más rondas. Sus manos en mi muslo mientras manejaba, promesas susurradas. Llegamos, y en la cama king size, exploramos de nuevo, lento esta vez, saboreando cada caricia.

Sus labios trazaron mi cuerpo: cuello, pechos, ombligo, hasta mi concha aún sensible. Lamió despacio, lengua plana lamiendo jugos nuestros mezclados, chupando mi clítoris hasta que temblé otra vez. "Eres adictiva, Alicia". Me puse encima, cabalgándolo, mis tetas rebotando, sus manos guiando mis caderas. El roce perfecto, su verga golpeando ese punto profundo. Nos corrimos juntos de nuevo, gritando nombres en la penumbra.

Desnudos bajo sábanas de algodón egipcio, con vista a las luces de la ciudad, hablamos del futuro. "Dejemos el rencor atrás. Hagamos nuestro propio camino". Su cabeza en mi pecho, latido sincronizado. El afterglow era paz profunda, pieles pegajosas, aromas persistentes de amor carnal.

Al amanecer, con café y chilaquiles de la sirvienta, sellamos el pacto. La pasion prohibida ya no lo era. Ahora era libre, ardiente, eterna como esa canción que nos unió.

Contenido Adulto

Este sitio web contiene material explícito y relatos eróticos destinados exclusivamente a adultos. Debes tener al menos 18 años para acceder a relatosprohibidos.net.

Al ingresar, aceptas nuestros términos de servicio y confirmas que resides en una jurisdicción donde el consumo de este material es legal.