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Pasión al Atardecer

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Pasión al Atardecer

El sol se hundía en el horizonte del Pacífico como una bola de fuego, tiñendo el cielo de naranjas y rosas que se reflejaban en las olas tranquilas de la playa de Puerto Vallarta. Tú caminabas descalza por la arena tibia, el vestido ligero de algodón mexicano ondeando con la brisa salada que olía a mar y a jazmín silvestre. Habías venido sola a este paraíso, huyendo del ajetreo de la Ciudad de México, buscando un poco de paz. Pero el destino, ese cabrón juguetón, tenía otros planes.

Lo viste de lejos, recostado en una chamaca de playa, con una cerveza fría en la mano. Alto, moreno, con esa piel bronceada que gritaba horas bajo el sol jalisciense. Sus ojos oscuros te atraparon cuando pasaste cerca, y él sonrió con esa picardía que hace que el corazón dé un brinco. Órale, pensaste, este wey está bien bueno.

—¿Vienes a ver el atardecer o a que te vean? —te dijo con voz grave, ese acento tapatío que suena como ronca miel.

Tú te detuviste, sintiendo un cosquilleo en la nuca. El aire se cargaba de algo eléctrico, como antes de una tormenta de verano.

—Neta, las dos cosas —respondiste coqueta, sentándote a su lado sin pensarlo dos veces. Olía a sal, a protector solar y a hombre limpio, ese aroma que te hace cerrar los ojos un segundo de más.

Se llamaba Diego, un surfista local que conocía cada ola de esta costa como la palma de su mano. Charlaron de todo y nada: del pozolazo que se avienta en las fiestas patronales, de cómo el tequila sabe mejor con limón de Michoacán, de sueños rotos y ganas de volar. El sol se fue apagando, y la pasión al atardecer empezó a encenderse en vuestras miradas. Sus dedos rozaron tu brazo al pasarte la cerveza, y sentiste el calor subir desde el estómago, como si el fuego del ocaso se metiera en tus venas.

¿Qué chingados estoy haciendo? Este tipo me mira como si ya me hubiera quitado el vestido con los ojos. Y yo... yo quiero que lo haga.

La tensión crecía con cada risa compartida. Diego te contó de su vida nómada, surfeando de Zihua a Sayulita, y tú le hablaste de tu escape de la oficina en Polanco, de cómo el estrés te comía viva. Sus manos se encontraron en la arena, entrelazándose con naturalidad. El sonido de las olas rompiendo suave, el graznido lejano de las gaviotas, todo se volvía banda sonora de este momento robado.

—Ven, caminemos —sugirió él, levantándose y extendiendo la mano. Tú la tomaste, sintiendo la aspereza de su palma contra tu piel suave, un contraste que te erizó los vellos de los brazos.

Se alejaron de las luces del resort, hacia una calita escondida donde las palmeras se curvaban como guardianes silenciosos. El cielo ya era un manto púrpura salpicado de estrellas tempranas. Diego sacó una botella de mezcal de su mochila, ese humo ahumado que quema la garganta y afloja las inhibiciones.

Salud por la pasión al atardecer —brindó, chocando su boca con la tuya en un beso que empezó juguetón y se volvió voraz. Sus labios sabían a mezcal y sal marina, su lengua explorando con hambre contenida. Tú gemiste bajito, presionando tu cuerpo contra el suyo, sintiendo la dureza de su pecho bajo la camiseta gastada.

Acto dos: la escalada. Sus manos bajaron por tu espalda, deteniéndose en tus caderas, apretándote contra él. Podías sentir su erección creciente a través del short de surf, dura y prometedora. Qué rico, pensaste, mientras tus uñas se clavaban en sus hombros. El viento jugaba con tu pelo, trayendo el olor a coco de tu loción mezclado con el almizcle de su sudor.

—Diego... —susurraste, rompiendo el beso para mirarlo a los ojos. Estaban oscuros de deseo, pupilas dilatadas como pozos sin fondo.

—¿Quieres que pare? —preguntó él, voz ronca, siempre respetuoso, ese caballero andante que te volvía loca.

—Ni madres, sigue —respondiste, tirando de su camiseta. La arena se pegaba a vuestras piernas mientras rodaban juntos, riendo entre besos. Él te quitó el vestido con delicadeza, exponiendo tu piel al aire fresco de la noche. Sus labios trazaron un camino por tu cuello, chupando suave hasta dejarte un hematoma que mañana sería trofeo secreto.

Te recostaste en la arena tibia, él encima, besando tus pechos. Su lengua rodeó un pezón, succionando con esa presión perfecta que te arqueó la espalda. ¡Ay, wey! El placer era un latido constante entre tus muslos, húmeda ya, lista. Tus manos bajaron a su short, liberando su verga dura, gruesa, palpitante. La acariciaste despacio, sintiendo las venas bajo tus dedos, el calor que irradiaba.

Qué chingona eres —gruñó él, mientras sus dedos se colaban en tus bragas, encontrando tu clítoris hinchado. Los movió en círculos lentos, luego rápidos, metiendo dos dedos dentro de ti, curvándolos justo ahí, en ese punto que te hace ver estrellas. Gemiste fuerte, el sonido ahogado por el mar, tus caderas moviéndose al ritmo de su mano experta.

Esto es puro fuego, neta. Su toque me deshace, me hace suya sin pedírmelo. Yo lo quiero todo, ya.

La intensidad subía como la marea. Diego se quitó el short, su cuerpo atlético brillando bajo la luna. Tú abriste las piernas, invitándolo. Él se colocó entre ellas, rozando su punta contra tu entrada húmeda, torturándote un segundo eterno.

—Entra, pendejo —bromeaste, y él rio, empujando despacio, llenándote centímetro a centímetro. ¡Madre mía! La plenitud era exquisita, estirándote justo bien. Empezó a moverse, lento al principio, saliendo casi todo para volver profundo, golpeando ese ángulo perfecto.

El ritmo aceleró. Sudor perlando vuestros cuerpos, mezclándose con la arena. Sus embestidas eran fuertes, posesivas pero tiernas, tus uñas arañando su espalda. Olías su aroma masculino, sentías el slap-slap de piel contra piel, oías tus jadeos entremezclados con el romper de olas. Tus pechos rebotaban con cada thrust, él los lamía, mordisqueaba.

—¡Más duro! —suplicaste, y él obedeció, cogiéndote como animal en celo, pero con ojos que decían te adoro. El orgasmo se acercaba, una ola gigante. Tus paredes lo apretaron, palpitando, y explotaste primero, gritando su nombre al cielo estrellado, temblores sacudiéndote entera. Él te siguió segundos después, gruñendo, derramándose dentro de ti con chorros calientes que prolongaron tu placer.

Acto tres: el afterglow. Rodaron de lado, jadeantes, abrazados en la arena. Su mano acariciaba tu pelo, besos suaves en la frente. El mar lamía vuestros pies, fresco contraste al calor de vuestros cuerpos. Olías a sexo, a mezcal, a nosotros.

—Eso fue... la neta —dijiste, riendo bajito.

—Pasión al atardecer, mi reina —respondió él, apretándote más. Miraron las estrellas, hablando en susurros de volver a verse, de surfear juntos al amanecer. No era amor eterno, pero era perfecto, un capítulo ardiente en la vida.

Tú te sentiste empoderada, viva, mujer en todo su esplendor. La noche los envolvió como un manto, y supiste que este recuerdo te calentaría en las frías noches de la capital.

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