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Tierra de Pasiones Pelicula Erotica

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Tierra de Pasiones Pelicula Erotica

El sol del atardecer teñía de oro la hacienda en las afueras de Guadalajara, donde el aire olía a tierra húmeda y flores de bugambilia. Rosa se recostaba en el sillón de la sala amplia, con las piernas cruzadas sobre el otoman, mientras la televisión proyectaba las escenas ardientes de Tierra de Pasiones Pelicula. En la pantalla, los amantes se devoraban con besos que prometían tormentas de placer, sus cuerpos entrelazados bajo la luna mexicana. Rosa sentía un cosquilleo traicionero entre las piernas, el calor subiendo por su vientre como el fuego de un mezcal puro.

¡Neta, qué envidia! Esos dos se lo echan todo sin pena, como si el mundo fuera solo suyo.
pensó ella, mordiéndose el labio inferior. Llevaba un huipil ligero que se adhería a sus curvas generosas, los pezones endureciéndose contra la tela fina por el aire acondicionado mezclado con su propia excitación. Hacía semanas que Miguel, su carnal de diez años, andaba ocupado con los cultivos de agave, y esa película la había prendido como yesca seca.

La puerta principal crujió al abrirse, y entró Miguel, alto y moreno, con la camisa blanca pegada al torso sudoroso por el trabajo del día. Olía a sol, a tierra fértil y a hombre hecho y derecho. Sus ojos oscuros se posaron en Rosa, luego en la tele donde la protagonista gemía bajito, arqueando la espalda.

—Órale, mi reina, ¿qué es esto? ¿Tierra de Pasiones Pelicula? ¿Ya te pusiste caliente sola? —dijo él con esa voz ronca que le erizaba la piel, quitándose el sombrero vaquero y colgándolo en el perchero.

Rosa se sonrojó, pero no apartó la mirada. Se incorporó despacio, dejando que el huipil se subiera un poco, revelando el borde de sus muslos morenos.

—Sí, wey, y tú llegas justo a tiempo. Mira cómo se tocan, neta que me dan ganas de... —murmuró ella, extendiendo la mano hacia él.

Miguel sonrió pillo, ese gesto que la volvía loca desde el primer día que lo vio en la feria de Jalisco. Se acercó, arrodillándose frente a ella, sus manos callosas rozando sus rodillas. El toque fue eléctrico, como chispas en la piel sensible.

—Pues hagamos nuestra propia Tierra de Pasiones Pelicula, mi chula. Pero aquí, en nuestra tierra de verdad —susurró, besando el interior de su muslo. Rosa jadeó, el aliento caliente de él enviando ondas de placer hasta su centro húmedo.

Acto primero de su pasión privada: los besos empezaron suaves, exploratorios. Miguel subió por sus piernas, lamiendo la sal de su piel, mientras Rosa enredaba los dedos en su cabello negro y revuelto. Olía a jabón rústico y sudor varonil, un aroma que la hacía salivar. Ella lo jaló hacia arriba, capturando su boca en un beso profundo, lenguas danzando como en las rancheras que ponían de fondo. Sus dientes rozaron, un mordisco juguetón que lo hizo gruñir.

—No seas pendejo, quítame esto ya —exigió Rosa, tirando del huipil. Él obedeció, deslizando la prenda por su cabeza, liberando sus senos plenos, coronados por pezones oscuros y erectos. Miguel los admiró como si fueran tesoros aztecas.

—Qué ricura, mi amor. Tus chichis siempre me vuelven loco —dijo, succionando uno con hambre, la lengua girando en círculos húmedos. Rosa arqueó la espalda, un gemido escapando de su garganta, el sonido reverberando en la sala silenciosa salvo por los susurros de la tele.

El conflicto interno de Rosa bullía:

¿Cuánto aguantar? Quiero que me coma entera, pero que dure, que me haga rogar.
Lo empujó hacia el sofá, desabrochando su camisa con dedos temblorosos. Su pecho ancho, marcado por músculos forjados en el campo, brillaba con gotas de sudor. Ella lamió una, saboreando la sal terrosa, bajando hasta el cinturón.

—Tu verga ya está dura como palo, ¿verdad, carnal? —preguntó con picardía mexicana, palpando el bulto en sus jeans.

—Simón, por ti siempre, jefita —respondió él, desabrochándose para ella.

La tensión escalaba como tormenta en el horizonte. Rosa se hincó entre sus piernas, inhalando el olor almizclado de su excitación. Sacó su miembro erecto, grueso y venoso, palpitante en su mano suave. Lo miró a los ojos mientras lo lamía desde la base hasta la punta, saboreando la gota perlada de pre-semen, salada y dulce como pulque fresco. Miguel gruñó, las caderas moviéndose involuntariamente, sus manos en su cabello guiándola sin forzar.

—Ay, Rosa, qué chingona eres con la boca. Me vas a hacer venir si sigues así —jadeó él, el pecho subiendo y bajando rápido.

Ella sonrió alrededor de su carne, succionando más profundo, la garganta relajándose para tomarlo entero. El sonido húmedo de su boca llenaba el aire, mezclado con sus gemidos roncos. Pero no lo dejó acabar; se levantó, quitándose las panties empapadas, revelando su sexo depilado, hinchado de deseo, brillando con jugos.

—Ahora tú a mí, mi rey. Come mi concha como en la película —ordenó, montándose en su rostro.

Miguel la agarró por las nalgas firmes, enterrando la lengua en sus pliegues calientes. El sabor de ella era ambrosía: dulce, salado, con ese toque ácido de mujer en celo. Lamía su clítoris hinchado, chupando con avidez, mientras dos dedos entraban y salían de su interior resbaladizo. Rosa cabalgaba su cara, los senos rebotando, uñas clavándose en sus hombros. El placer la atravesaba como rayos, sus muslos temblando, el olor de sus sexos mezclándose en éxtasis olfativo.

¡No mames, esto es mejor que cualquier telenovela! Su lengua me quema viva.
Su mente gritaba mientras el orgasmo se acercaba, una ola creciente. Gritó su nombre, convulsionando, inundándolo con su miel caliente.

Miguel la volteó con gentileza dominante, colocándola a cuatro patas en el sofá. El cuero fresco contra sus rodillas contrastaba con el calor de su cuerpo. Él se posicionó atrás, frotando la cabeza de su verga contra su entrada empapada.

—Dime si quieres, mi vida. Todo consensual, como siempre —murmuró, respetuoso.

—¡Sí, métemela ya, pendejito caliente! —rogó ella, empujando hacia atrás.

Entró de un solo golpe suave, llenándola por completo. El estiramiento delicioso la hizo gemir alto, sus paredes internas apretándolo como guante. Empezaron un ritmo lento al principio, piel contra piel chocando con palmadas húmedas, el sudor goteando entre ellos. Él aceleró, una mano en su cadera, la otra pellizcando un pezón. Rosa se tocaba el clítoris, sincronizando placeres, el cuarto lleno de jadeos, olores a sexo crudo y pasión desatada.

El clímax los alcanzó juntos en una explosión. Miguel se hundió profundo, gruñendo como toro, su semen caliente brotando en chorros dentro de ella, mientras Rosa se deshacía en espasmos, el placer blanco cegándola. Colapsaron en el sofá, cuerpos entrelazados, respiraciones entrecortadas calmándose poco a poco. Él la besó la nuca, suave, protector.

—Te amo, Rosa. Nuestra Tierra de Pasiones Pelicula es la mejor —susurró, acariciando su vientre.

Ella giró, acurrucándose en su pecho, escuchando el latido fuerte de su corazón. El aroma de sus cuerpos unidos perduraba, un perfume íntimo. La tele seguía murmurando, pero ya no importaba.

Esto es lo nuestro, puro fuego mexicano, eterno como la tierra que nos vio nacer.
Reflexionó Rosa, sonriendo en la afterglow, sabiendo que mañana repetirían, con o sin película.

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