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Abismo de Pasion Cap 42 La Rendicion en Llamas

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Abismo de Pasion Cap 42 La Rendicion en Llamas

El sol se ponía sobre la playa de Puerto Vallarta, tiñendo el cielo de rojos y naranjas que se reflejaban en las olas del Pacífico. Ana caminaba descalza por la arena tibia, sintiendo cada grano rozar la piel de sus pies como una caricia prometedora. Hacía meses que no veía a Marco, su amor de toda la vida, ese macho que la volvía loca con solo una mirada. Habían quedado en la cabaña que rentaron, un lugar de lujo con vistas al mar, palmeras susurrando con la brisa salada y el aroma a coco flotando en el aire.

Al llegar, lo vio en la terraza, recargado en la barandilla, con una cerveza en la mano. Su camisa blanca abierta dejaba ver el pecho moreno y musculoso, marcado por el sol.

¡Ay, Dios mío, qué chulo está! Ese cuerpazo me tiene mojadita ya nomás de verlo
, pensó Ana, mientras su corazón latía como tambor en fiesta. Marco se giró y sus ojos se clavaron en ella, oscuros y hambrientos, recorriendo su vestido ligero de gasa que se pegaba a sus curvas con el viento.

—Ven acá, corazón —dijo él con esa voz ronca que la derretía, extendiendo los brazos.

Ana corrió hacia él, saltando a su cuello. Sus labios se encontraron en un beso salado por el mar, urgente y profundo. Las manos de Marco bajaron a su cintura, apretándola contra su dureza creciente. Ella sintió el calor de su piel, olió su colonia mezclada con sudor fresco, y un gemido escapó de su garganta.

—Te extrañé tanto, carnal —murmuró ella contra su boca—. No sabes las noches que pasé pensando en ti, tocándome imaginándote dentro de mí.

Él rio bajito, un sonido que vibró en su pecho. —Yo igual, muñeca. Pero hoy es nuestro Abismo de Pasion Cap 42, ¿no? Como esas novelas que te gustan, pero en vivo y a todo color.

Ana sonrió, recordando cómo bromeaban con eso. Su relación era como un culebrón: pasión desbordada, separaciones dramáticas y reencuentros explosivos. Entraron a la cabaña, donde la mesa estaba puesta con tacos de mariscos frescos, guacamole cremoso y tequilas reposados. Cenaron riendo, recordando anécdotas, pero la tensión crecía con cada roce accidental: su pie subiendo por la pantorrilla de ella, sus dedos limpiando salsa de su labio inferior.

La noche avanzaba, y el aire se cargaba de electricidad. Después de la cena, Marco puso música ranchera moderna, esa que suena en las cantinas de Guadalajara, con guitarras que rasguean el alma. La jaló a bailar en la sala, sus cuerpos pegados, caderas moviéndose al ritmo lento y sensual. Ana sentía su erección presionando contra su vientre, dura como piedra, y el calor entre sus piernas se volvía insoportable.

¡Qué pendejo tan delicioso! Me quiere volver loca despacito
, pensó, mientras sus manos exploraban la espalda ancha de él, bajando hasta apretar sus nalgas firmes.

—Estás empapada, ¿verdad, mamacita? —susurró Marco en su oído, mordisqueando el lóbulo. Su aliento caliente le erizó la piel.

—Sí, pendejo, por tu culpa —respondió ella juguetona, empujándolo hacia el sofá de cuero suave.

Se sentaron, pero el baile no paró. Marco deslizó las manos bajo su vestido, subiendo por los muslos hasta encontrar sus bragas de encaje. Las rozó con los dedos, sintiendo la humedad que las empapaba. Ana jadeó, arqueando la espalda. El sonido de las olas rompiendo afuera se mezclaba con su respiración agitada, y el olor a sexo empezaba a perfumar el aire, almizclado y dulce.

Él la besó el cuello, lamiendo la sal de su piel, mientras sus dedos se colaban dentro, acariciando el clítoris hinchado con círculos lentos. Ana gimió fuerte, clavando las uñas en sus hombros. Qué rico se siente, pensó, mientras oleadas de placer subían desde su centro. Pero quería más, quería devorarlo.

—Quítate la ropa, guapo —ordenó ella, con voz temblorosa de deseo.

Marco obedeció, quitándose la camisa de un tirón, revelando el torso esculpido por horas en el gym. Luego los pantalones, quedando en boxers que apenas contenían su verga gruesa y venosa. Ana se arrodilló frente a él, oliendo su aroma masculino, terroso y excitante. Bajó los boxers y lo tomó en la boca, saboreando la piel salada y el pre-semen que brotaba. Lo chupó despacio al principio, lamiendo la cabeza como si fuera un elote untado en chile, luego más rápido, sintiendo cómo él gruñía y enredaba los dedos en su cabello negro.

¡Qué chingón te chupas la verga, mi amor! —jadeó Marco, sus caderas moviéndose involuntariamente.

Pero Ana no quería que terminara tan pronto. Se levantó, quitándose el vestido en un movimiento fluido, quedando en bragas y sostén push-up que realzaba sus tetas grandes y firmes. Marco la miró como si fuera un manjar, lamiéndose los labios. La tumbó en el sofá, besando cada centímetro de su cuerpo: el valle entre sus senos, el ombligo, hasta llegar a su monte de Venus. Le quitó las bragas y hundió la cara entre sus piernas, lamiendo su coño depilado con avidez. La lengua experta danzaba sobre el clítoris, metiéndose dentro, saboreando sus jugos dulces y abundantes.

Ana gritaba de placer, sus muslos temblando alrededor de su cabeza.

¡Me va a matar de gusto este mamerto tan sabroso! Cada lamida es como fuego
. El sonido húmedo de su boca chupándola era obsceno, excitante, mezclado con sus gemidos y el viento nocturno que entraba por la ventana abierta.

Marco subió, posicionándose sobre ella. Sus ojos se encontraron, llenos de amor y lujuria pura. —Te voy a coger hasta que grites mi nombre, reina.

—Hazlo, cabrón, fóllame duro —suplicó ella, guiando su verga a la entrada de su coño palpitante.

Entró de un solo empujón, llenándola por completo. Ana sintió cada vena rozando sus paredes internas, el estiramiento delicioso que la hacía sentir viva. Empezaron a moverse, lento al principio, saboreando la fricción, el sudor perlando sus cuerpos, el slap-slap de piel contra piel. Marco la besaba mientras la penetraba, sus lenguas enredadas como sus almas.

La intensidad creció. Él la volteó a cuatro patas, agarrando sus caderas anchas, embistiéndola con fuerza. Ana empujaba hacia atrás, queriendo más, sintiendo sus bolas golpear su clítoris. ¡Qué profundo, cabrón! Me llega al alma. El cuarto olía a sexo crudo, a sudor y fluidos mezclados, y los gemidos de ambos llenaban el espacio como una sinfonía erótica.

Marco metió un dedo en su ano, lubricado por sus jugos, masajeando mientras la cogía. Ana explotó en un orgasmo brutal, su coño contrayéndose alrededor de su verga, chorros de placer escapando. Gritó su nombre, el cuerpo convulsionando, visión borrosa por el éxtasis.

Él no paró, prolongando su placer hasta que sintió su propia liberación. Se corrió dentro de ella con un rugido gutural, llenándola de semen caliente que goteaba por sus muslos. Colapsaron juntos, exhaustos y satisfechos, respirando entrecortado.

En la afterglow, se acurrucaron en la cama king size, con sábanas de algodón egipcio suaves contra su piel sensible. Marco la abrazaba por detrás, su verga semi-dura aún rozándola. El mar cantaba su nana afuera, y el aroma a jazmín del jardín entraba con la brisa.

—Esto fue mejor que cualquier Abismo de Pasion Cap 42 —dijo ella riendo bajito, girándose para besarlo—. Te amo, mi vida.

—Y yo a ti, princesa. Mañana repetimos, ¿sale?

Ana sonrió, sintiendo una paz profunda en su corazón. Su pasión era un abismo infinito, pero uno al que se lanzaba con gusto cada día. En ese momento, con su cuerpo pegado al de él, supo que nada los separaría de nuevo. El deseo se calmaba, pero la llama eterna ardía lista para el próximo capítulo.

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