Pasión Capítulo 25 Fuego en la Carne
La noche en la playa de Puerto Vallarta olía a sal y jazmín salvaje, con el rumor constante de las olas rompiendo contra la arena fina. Ana se recargó en la barandilla del balcón de su suite, el viento cálido acariciándole la piel morena bajo el vestido ligero de algodón que se pegaba a sus curvas como una promesa. Hacía semanas que no veía a Marco, su carnal de toda la vida, el wey que le aceleraba el pulso con solo una mirada. Pasión, capítulo 25, pensó ella, sonriendo para sus adentros. Cada encuentro con él era como el siguiente tomo de una novela que no quería acabar.
El ruido de la puerta corrediza la sacó de su ensimismamiento. Marco entró, fresco de la ducha del gimnasio del hotel, con el torso desnudo brillando por el sudor residual y unos shorts que dejaban poco a la imaginación. Sus ojos cafés se clavaron en ella, hambrientos, como si el tiempo aparte hubiera avivado el fuego en lugar de apagarlo.
Órale, nena, ¿me extrañaste?
Ana se giró despacio, sintiendo cómo su corazón latía fuerte contra las costillas. El aroma de su colonia mezclada con el olor varonil de su piel la invadió, haciendo que sus pezones se endurecieran bajo la tela delgada.
—¿Extrañarte? Mi rey, si soñaba contigo todas las noches —murmuró ella, acercándose con pasos felinos. Sus manos subieron por el pecho de él, sintiendo los músculos tensos, el calor que emanaba como un horno encendido.
Marco la atrajo por la cintura, su boca capturando la de ella en un beso que empezó suave, como un roce de labios salados por el mar, pero que pronto se volvió feroz. Lenguas danzando, dientes mordisqueando, el sabor a menta de su aliento chocando con el dulzor de su gloss de fresa. Ana gimió bajito, un sonido gutural que vibró en su garganta, mientras sus dedos se enredaban en el cabello húmedo de él.
La llevaron adentro, tropezando con la alfombra mullida, riendo entre besos. El aire acondicionado zumbaba suave, contrastando con el calor que subía por sus cuerpos. Marco la recargó contra la pared, sus manos grandes explorando sus caderas, subiendo el vestido hasta dejarla expuesta. El roce de sus callos contra la suavidad de sus muslos la hizo temblar.
—Eres tan chula, Ana, tan rica —susurró él contra su cuello, lamiendo la sal de su piel, inhalando el perfume de coco de su loción.
Ella arqueó la espalda, presionando sus pechos contra él, sintiendo la dureza de su erección contra su vientre. Pasión capítulo 25, se repetía en la mente, este sería el capítulo donde se perdían del todo.
En la cama king size, con sábanas de hilo egipcio que olían a lavanda fresca, Marco la desvistió con deliberada lentitud. El vestido cayó al piso con un susurro, revelando su lencería negra de encaje que compró pensando en él. Sus ojos la devoraban, bajando por los senos plenos, la curva de su cintura, el triángulo oscuro entre sus piernas ya húmedo de anticipación.
Ana lo empujó boca arriba, queriendo tomar el control esta vez. Se subió a horcajadas sobre él, frotándose contra la tela de sus shorts, sintiendo el pulso de su verga latiendo debajo. El sonido de su respiración agitada llenaba la habitación, mezclado con el lejano trueno de las olas. Sus manos bajaron los shorts, liberándolo. Lo tomó en la mano, grueso y caliente, la piel aterciopelada sobre la rigidez de acero. Un gemido escapó de los labios de Marco cuando ella lo acarició, lento, saboreando el poder que tenía sobre él.
—Ay, wey, no me tortures —rogó él, las caderas elevándose instintivamente.
Ella sonrió pícara, bajando la cabeza para lamer la punta, probando el sabor salado de su pre-semen. Su lengua giró alrededor del glande, succionando suave, mientras sus uñas arañaban lightly sus bolas. Marco gruñó, las manos fijas en su cabello, guiándola sin forzar. El olor almizclado de su excitación la embriagaba, haciendo que su clítoris palpitara con necesidad.
Pero Ana quería más. Se enderezó, posicionándose sobre él, y descendió despacio, centímetro a centímetro, sintiendo cómo la llenaba, estirándola deliciosamente. El ardor inicial dio paso a un placer profundo, sus paredes internas apretándolo como un guante. Empezó a moverse, lento al principio, subiendo y bajando, el sonido húmedo de sus uniones carnales resonando obsceno y excitante.
Marco la miró con ojos nublados de deseo, sus manos amasando sus nalgas, ayudándola a marcar el ritmo. El sudor perlaba sus frentes, goteando entre sus pechos. Ana aceleró, cabalgándolo con furia, sus senos rebotando, el placer acumulándose en su vientre como una tormenta.
Esto es pasión pura, capítulo 25 de nuestra historia infinita
Él se incorporó, besándola con hambre mientras la volteaba, quedando encima. Ahora era su turno. La penetró profundo, embestidas largas y potentes, el choque de pelvis contra pelvis como aplausos eróticos. Ana clavó las uñas en su espalda, dejando surcos rojos, gritando su nombre entre jadeos. El olor a sexo impregnaba el aire, mezclado con el jazmín que entraba por la ventana entreabierta.
—¡Más, carnal, dame todo! —exigió ella, las piernas envolviéndolo, atrayéndolo más adentro.
Marco obedeció, sudando profusamente, sus músculos flexionándose con cada thrust. Tocó su clítoris con el pulgar, círculos rápidos que la hicieron ver estrellas. El orgasmo la golpeó como una ola gigante, convulsionando alrededor de él, chorros de placer escapando mientras gritaba, el cuerpo arqueado en éxtasis. Él la siguió segundos después, gruñendo ronco, llenándola con su semen caliente, pulsos interminables que la hicieron estremecer de nuevo.
Colapsaron juntos, jadeantes, piel contra piel pegajosa por el sudor. El corazón de Ana latía desbocado contra el pecho de él, el sonido de sus respiraciones sincronizándose poco a poco. Marco la besó en la frente, suave, tierno, mientras sus dedos trazaban patrones perezosos en su espalda.
—Eres mi todo, nena. Cada capítulo contigo es mejor que el anterior —dijo él, voz ronca de satisfacción.
Ana sonrió, acurrucándose en su abrazo, el cuerpo lánguido y satisfecho. Afuera, la luna plateaba la playa, las olas susurrando promesas de más noches así. Pasión capítulo 25, pensó, pero sabía que vendrían muchos más. El aroma de sus cuerpos entrelazados, el sabor de él aún en su boca, la llenaban de una paz ardiente. En ese momento, nada más importaba que ellos dos, fusionados en el fuego eterno de su deseo.
Se durmieron así, envueltos en sábanas revueltas, con el eco de sus gemidos aún flotando en el aire salino. Mañana sería otro día, pero esta noche pertenecía al capítulo perfecto de su pasión infinita.