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El Poder de la Pasión y la Perseverancia

7454 palabras

El Poder de la Pasión y la Perseverancia

En el corazón de Polanco, donde las luces de los restaurantes brillan como estrellas caídas, conocí a Diego. Yo era Ana, una chilanga de treinta y tantos, con un trabajo en marketing que me tenía reventada de estrés, pero con un fuego interno que no se apagaba. Esa noche, en un bar con jazz suave y olor a tequila reposado flotando en el aire, lo vi. Alto, moreno, con esa sonrisa pícara que hace que las rodillas tiemblen. Nuestras miradas se cruzaron como chispas en la pólvora.

Órale, qué guapo —pensé, mientras pedía un margarita con sal gruesa que raspaba deliciosamente la lengua.

Me acerqué con el pretexto de un cigarro, aunque no fumo. Hablamos de todo: del pinche tráfico de Reforma, de la comida callejera que neta salva vidas, de sueños locos. Su voz grave me erizaba la piel, y cuando rozó mi mano al pasarme la cerveza fría, sentí un cosquilleo que bajaba directo al ombligo. Pero al final de la noche, solo un beso en la mejilla. "Ya nos vemos, reina", dijo, y se fue. Yo quedé con el corazón latiendo a mil, saboreando el fantasma de su aliento a menta y humo.

Al día siguiente, perseveré. Le mandé un mensaje: "Ey, cabrón, ¿y esa chela pendiente?". No respondió de inmediato. Dos días de silencio que me tuvieron mordiéndome las uñas, imaginando su cuerpo fuerte bajo la camisa ajustada. Pero yo creía en el poder de la pasión y perseverancia. No era de las que se rinden fácil. Lo busqué en el gym de mi edificio, sudando en la elíptica, con leggings que marcaban cada curva. Ahí estaba él, levantando pesas, el sudor perlándole el pecho moreno, oliendo a hombre puro, a esfuerzo y feromonas.

¿Qué onda, Diego? ¿Ya te olvidaste de mí? —le dije, jadeando un poco, con el pulso acelerado no solo por el ejercicio.

Se rio, esa risa ronca que vibraba en mi pecho. "¡Qué va, preciosa! Trabajo me tiene loco". Charlamos entre series, y esta vez, al despedirnos, sus labios rozaron los míos. Un beso corto, eléctrico, con sabor a sal y deseo contenido. Sentí su barba incipiente arañándome suave, y mis pezones se endurecieron bajo el top deportivo. Esa noche, en mi depa con vista al skyline, me toqué pensando en él, imaginando sus manos grandes explorándome, el calor de su piel contra la mía.

La tensión crecía como tormenta en el desierto. Perseveré más. Lo invité a un taquizas en la Condesa, donde el vapor de los tacos al pastor subía cargado de especias picantes, y la salsa borracha nos hacía reír como pendejos. Caminamos por las calles empedradas, el viento fresco de la noche trayendo aromas de jazmín y asfalto mojado. Su mano en mi cintura, posesiva, me hacía mojarme solo con eso. "Eres terca, ¿eh?", murmuró, atrayéndome a un callejón oscuro.

Allí, bajo la luz tenue de un farol, nos besamos de verdad. Sus labios devorándome, lengua caliente invadiendo mi boca con urgencia. Gemí bajito, sintiendo su erección dura contra mi vientre. "Pinche mujer, me vuelves loco", gruñó, mordisqueándome el cuello, dejando un rastro húmedo que olía a su colonia amaderada. Mis manos bajaron a su culo firme, apretándolo, mientras el corazón me martilleaba las costillas. Pero se apartó, jadeante. "No aquí, Ana. Quiero hacerlo bien". Frustración ardiente, pero su mirada prometía todo.

El medio acto de mi vida se convirtió en un torbellino de mensajes calientes a medianoche, fotos sutiles de mi escote o sus abdominales marcados. Cada encuentro era un paso más: un masaje en su depa donde sus dedos fuertes me amasaron los hombros, bajando despacio por mi espalda, rozando el borde de mis nalgas. El olor a velas de vainilla y su sudor fresco me embriagaba. "Te deseo tanto que duele", confesé una noche, mientras veíamos una peli en su sofá, mi cabeza en su regazo, sintiendo su verga palpitar bajo mis dedos juguetones.

Él luchaba consigo mismo, hablaba de una ex que lo dejó hecho mierda, de no querer apresurarse. Pero yo perseveraba con pasión, susurrándole al oído cosas sucias en mexicano puro: "Ven, papi, déjame chupártela hasta que grites mi nombre". Lo besaba lento, saboreando su piel salada, lamiendo el hueco de su clavícula donde latía su pulso loco. Una tarde, en su cocina, mientras preparaba guacamole —el aguacate cremoso manchándonos los dedos—, no aguantamos más. Me levantó sobre la isla de granito frío, que contrastaba con el calor de sus manos subiendo por mis muslos.

¡No mames, Diego, fóllame ya!
—supliqué, arqueándome.

Sus ojos oscuros brillaban de hambre. Me quitó la blusa de un tirón, exponiendo mis tetas al aire, pezones duros como piedras. Los succionó con avidez, mordiendo suave, haciendo que chorreara jugos en mis calzones. El sonido de su boca chupando, húmedo y obsceno, se mezclaba con mis gemidos roncos. Bajó mis pantalones, oliendo mi excitación almizclada, y metió dos dedos gruesos en mi coño empapado, curvándolos justo ahí, en el punto que me hacía ver estrellas.

"Eres tan mojada, tan rica", murmuró, mientras yo le bajaba el zipper, liberando su verga gruesa, venosa, palpitante. La tomé en la mano, sintiendo su calor aterciopelado, el precum salado en mi lengua cuando la lamí de abajo arriba. Él gruñó, agarrándome el pelo, guiándome en un ritmo que me ahogaba de placer. El sabor suyo, salado y varonil, me volvía loca.

Perseverancia al fin recompensada. Me cargó al cuarto, donde la cama king nos esperaba con sábanas frescas de algodón egipcio. Me tumbó boca arriba, abriéndome las piernas como un banquete. Su lengua experta lamió mi clítoris hinchado, chupando con succiones que me hacían retorcerme, el sonido chapoteante de mi humedad llenando la habitación. Olía a sexo puro, a deseo acumulado. "¡Sí, cabrón, así!", grité, clavándole las uñas en la espalda, sintiendo los músculos tensos bajo mis palmas.

Entró en mí de un empujón lento, milimétrico, estirándome deliciosamente. Su grosor me llenaba completa, rozando cada nervio. Empezó a bombear, primero suave, piel contra piel chocando con palmadas húmedas, luego feroz, la cama crujiendo como si se fuera a romper. Sudor goteando de su frente a mis tetas, mezclándose con el mío. Nuestros jadeos se sincronizaban, corazones latiendo al unísono. "Te amo esta pasión tuya", jadeó él, mientras yo lo montaba ahora, cabalgándolo con furia, mis caderas girando, coño apretándolo como vicio.

El clímax llegó como avalancha. Sentí las contracciones primero en el vientre, expandiéndose, explotando en olas que me cegaban. Grité su nombre, temblando, chorros calientes mojando sus bolas. Él se corrió segundos después, gruñendo gutural, llenándome con chorros calientes que sentía palpitar dentro. Colapsamos, enredados, pieles pegajosas, respiraciones entrecortadas, el aroma de semen y sudor envolviéndonos como niebla dulce.

En el afterglow, acurrucados, su mano acariciándome el pelo húmedo, reflexioné. El poder de la pasión y perseverancia había triunfado. No era solo sexo; era conexión profunda, almas enredadas como cuerpos. "Gracias por no rendirte, mi reina", murmuró él, besándome la frente. Yo sonreí, sabiendo que esto era solo el principio, con más noches de fuego por delante, en esta ciudad que late como nuestro deseo.

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