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La Pasión de Cristo Judas

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La Pasión de Cristo Judas

En el corazón de un pueblo michoacano, durante la Semana Santa, el aire se llenaba de incienso y murmullos devotos. Yo, Judas, siempre había sido el traidor en la obra anual La Pasión de Cristo Judas, esa representación que atraía a cientos de almas piadosas. Pero este año, todo cambió cuando me tocó besar a Jesús, el carnal más guapo del pueblo, un morro de ojos café profundo y cuerpo forjado en el campo, como Cristo mismo bajado del madero.

El sol caía a plomo sobre la plaza, el olor a copal quemándose me picaba en la nariz mientras ensayábamos. Jesús sudaba bajo su túnica raída, el brillo de su piel morena me distraía.

"Órale, Judas, no seas pendejo, haz el beso con convicción", me gritó el director desde el borde del escenario improvisado.
Mi corazón latía como tambor en fiesta, porque desde chavos sabíamos que entre nosotros había algo más que amistad. Él, con su sonrisa pícara, y yo, con mis ganas reprimidas de explorarlo todo.

Nos paramos frente a frente, el público de ensayo nos observaba. Extendí la mano con la bolsa de monedas falsas, nuestras miradas se cruzaron. Sus labios se entreabrieron, rojos como granadas maduras. El beso fue el pacto: suave al principio, un roce que sabía a sal de sudor y a promesa prohibida. Pero no me separé. Sentí su aliento caliente contra mi boca, su mano en mi nuca apretando. El mundo se detuvo, solo existía el pulso acelerado de su pecho contra el mío.

Después del ensayo, nos escabullimos por un callejón angosto, oliendo a tierra húmeda y flores de bugambilia. ¿Qué chingados fue eso? pensé, mientras caminábamos en silencio. Jesús rompió el hielo: "Güey, ese beso... no fue de traición, ¿verdad?" Su voz ronca, con ese acento purépecha que me erizaba la piel. Negué con la cabeza, el deseo bullendo en mis venas como mezcal ardiente.

Llegamos a su casa, una morada humilde pero acogedora al borde del pueblo, con el aroma de tortillas recién hechas flotando desde la cocina. Su familia estaba en la procesión, solos por fin. Entramos a su cuarto, la luz del atardecer filtrándose por las cortinas de manta. Se quitó la túnica despacio, revelando su torso esculpido, músculos tensos bajo piel aceitada por el sol. Yo tragué saliva, mi verga ya endureciéndose en los pantalones.

Esto es pecado, pero qué rico pecado
, me dije, mientras él se acercaba. Sus manos callosas rozaron mis hombros, bajando por mi pecho. Sentí el calor de sus palmas, ásperas como lija pero tiernas. "Judas, carnal, te he querido desde siempre", murmuró, su aliento oliendo a menta y tabaco. Nuestros labios chocaron de nuevo, esta vez con hambre. Su lengua invadió mi boca, saboreando como chile en nogada, dulce y picante. Gemí contra él, mis dedos enredándose en su cabello negro azabache.

Lo empujé contra la cama de madera crujiente, el colchón hundiéndose bajo nuestro peso. Le arranqué la ropa interior, liberando su miembro grueso, venoso, palpitante. Olía a hombre puro, a sudor fresco y deseo crudo. Lo tomé en mi mano, sintiendo su calor pulsante, la piel suave sobre la dureza. Él jadeó, arqueando la espalda: "¡Ay, wey, qué chido se siente!" Lamí la punta, salado y almizclado, su sabor explotando en mi lengua como el primer trago de pulque.

Pero no quería apresurar La Pasión de Cristo Judas. Quería saborear cada traición al decoro. Me puse de rodillas, él se incorporó para verme, ojos encendidos de lujuria. Chupé despacio, mi boca envolviéndolo, sintiendo cada vena con la lengua. Sus caderas se movían al ritmo, follándome la boca con gentileza. El sonido de su gemido ronco llenaba la habitación, mezclado con el lejano tañido de campanas de la iglesia. Sudor perló su frente, goteando salado sobre mi rostro.

Me levantó, volteándome con fuerza juguetona. "Ahora tú, traidor", dijo riendo, su voz un ronroneo. Me desvistió, sus dedos trazando mi espina dorsal, erizándome la piel. Cayó de rodillas él, y joder, su boca fue fuego líquido. Tomó mi verga entera, succionando con maestría, su garganta apretándome como terciopelo húmedo. Gemí fuerte, agarrando las sábanas, el placer subiendo como ola en la playa de Pátzcuaro.

La tensión crecía, mis bolas apretadas, pero paramos. Nos miramos, jadeantes. "Te quiero dentro", susurró, guiándome a su entrada. Preparé el terreno con saliva y dedos, sintiendo su calor apretado, suave como masa de tamal. Entró lento, centímetro a centímetro, su grosor estirándome deliciosamente. Dolor y placer se fundieron, grité su nombre: "¡Jesús, cabrón!" Él se hundió hasta el fondo, nuestros cuerpos uniéndose en un ritmo ancestral.

Follamos como posesos, piel contra piel chapoteando, sudor volando. Sus embestidas profundas, golpeando mi próstata, enviando chispas por mi espina. Olía a sexo puro, a almizcle y semen próximo. Agarré sus nalgas firmes, clavando uñas, él mordió mi hombro, dejando marca roja. "¡Más fuerte, pinche Judas!" rugió, y obedecí, volteándolo para montarlo.

Ahora él abajo, yo arriba, cabalgándolo. Su verga rozaba mi vientre, pre-semen untándonos. Nuestros ojos fijos, almas desnudas. El clímax se acercaba, pulsos sincronizados. Sentí el espasmo en sus entrañas, ordeñándome. Exploté primero, chorros calientes llenándolo, mi grito ahogando el suyo. Él siguió, semen salpicando su pecho, espeso y blanco como leche de coco.

Colapsamos, entrelazados, el aire pesado con nuestro aroma. Su cabeza en mi pecho, latidos calmándose. Afuera, la procesión pasaba, cantos de "Perdón, perdón". Reímos bajito. "No hay traición aquí, carnal, solo pasión", dijo, besando mi cuello. Lamí el sudor de su piel, salado y dulce.

Nos quedamos así hasta la noche, explorando con manos perezosas. Mañana actuaríamos La Pasión de Cristo Judas para el pueblo, pero nuestra versión era secreta, eterna. El beso de traición se convirtió en pacto de amantes, en este rincón de Michoacán donde el deseo florece como las capirotadas en Cuaresma.

Desde esa noche, cada Semana Santa revivimos nuestra pasión, en la sombra de las cruces y las velas. Jesús y yo, más allá del guion, en un éxtasis que ningún sacerdote podría juzgar. Porque el verdadero beso de Judas no mata, enciende.

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