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Amor Sin Pasión Despertado

6341 palabras

Amor Sin Pasión Despertado

Era una noche cualquiera en nuestro depa de la Roma, con el ruido de los coches en Insurgentes de fondo y el olor a tacos de la esquina colándose por la ventana. Yo, Ana, llevaba años casada con Luis, mi carnal de toda la vida. Neta, lo quería con todo el corazón, pero nuestro amor sin pasión se había vuelto como el café de olla que se enfría: tibio, predecible. Cada día era lo mismo: él llegaba del jale en la oficina, yo de la tienda de ropa, cenábamos viendo la tele y nos íbamos a la cama sin más. Sin chispas, sin ese fuego que te hace sudar antes de tocarte.

Aquella noche, mientras picaba el jitomate para la salsa, lo vi entrar con su camisa desabotonada, el sudor brillando en su pecho moreno por el calor de mayo. Órale, pensé, ¿por qué carajos no me lanzo sobre él como en los viejos tiempos? Me acordé de cuando nos conocimos en la prepa, bailando cumbia en una fiesta del barrio. Sus manos en mi cintura, su aliento caliente en mi cuello. Pero ahora, nada. Solo rutina.

¿Y si hoy le digo algo? ¿Y si revivo este amor sin pasión?

Luis se acercó por detrás, rodeándome con sus brazos fuertes. Sentí su pecho contra mi espalda, el calor de su piel traspasando mi blusa ligera. Olía a su colonia barata mezclada con el sudor del día, un aroma que antes me volvía loca. "¿Qué traes de cena, mi reina?" murmuró en mi oído, su voz ronca rozándome como una caricia prohibida.

"Tortas de milanesa, como te gustan", respondí, girándome despacio. Nuestros ojos se cruzaron, y por un segundo vi ese brillo pícaro que había desaparecido. Mi corazón dio un brinco. ¿Sería posible?

Nos sentamos a la mesa de la cocina, con velitas que prendí de repente para cambiar el ambiente. La luz parpadeante jugaba en su cara, haciendo que sus labios parecieran más carnosos. Hablamos de todo y nada: del tráfico en el Periférico, de la vecina chismosa. Pero yo no podía dejar de mirarle las manos, esas manos callosas que una vez me exploraron sin prisa.

De pronto, solté: "Oye, Luis, ¿te acuerdas cuando decías que nuestro amor era eterno? Pero neta, se siente como amor sin pasión últimamente. Como si estuviéramos de compadres nomás".

Él dejó el tenedor, sus ojos clavados en mí. "Tienes razón, Ana. Te extraño, wey. Extraño esa Ana que me mordía el cuello y me pedía más". Su voz tembló, y sentí un cosquilleo entre las piernas. El aire se cargó de electricidad, como antes de una tormenta en el DF.

Me levanté y me senté en su regazo, sintiendo su dureza crecer bajo mis nalgas. "Pues revivámoslo, cabrón", le dije, mordiéndome el labio. Sus manos subieron por mis muslos, arrugando mi falda. El roce de sus dedos ásperos en mi piel suave me erizó el vello. Olía a su excitación, ese almizcle varonil que me hacía salivar.

Nos besamos como si fuera la primera vez. Sus labios gruesos devorando los míos, su lengua invadiendo mi boca con hambre. Sabía a salsa picante y cerveza, un sabor que me inundó los sentidos. Gemí bajito, presionándome contra él. Mi chichi rozaba su pecho, los pezones endureciéndose como piedritas.

"Vamos a la recámara", jadeó él, cargándome como si no pesara nada. En el pasillo, tropezamos riendo, el corazón latiéndome a mil. La cama nos recibió con sus sábanas frescas, oliendo a lavanda del detergente.

Acto dos: la escalada. Luis me quitó la blusa despacio, besando cada centímetro de piel que dejaba al descubierto. Sus labios calientes en mi clavícula, succionando suave hasta dejar una marca roja. "Eres tan chingona, Ana", murmuró, mientras sus manos amasaban mis senos. Sentí sus pulgares girando mis pezones, enviando descargas directas a mi entrepierna. Estaba empapada, el calor líquido goteando por mis muslos.

¡Dios, cuánto lo necesitaba! Este amor sin pasión se estaba convirtiendo en un incendio.

Le arranqué la camisa, clavando las uñas en su espalda musculosa. Él gruñó, un sonido gutural que vibró en mi vientre. Bajé la mano a su pantalón, sintiendo su verga tiesa pulsando bajo la tela. "Métemela ya", le supliqué, pero él negó con la cabeza, sonriendo malicioso.

"No tan rápido, mi amor. Quiero saborearte primero". Me tendió en la cama y separó mis piernas con delicadeza. Su aliento caliente en mi monte de Venus me hizo arquear la espalda. Lamidas lentas, su lengua plana recorriendo mis labios mayores, saboreando mi jugo salado. Gemí fuerte, agarrando las sábanas. El sonido de su succión, chupando mi clítoris hinchado, llenaba la habitación. Olía a sexo puro, a deseo acumulado.

Lo jalé hacia arriba, desesperada. "Entra en mí, Luis. Fóllame como antes". Se posicionó, su punta rozando mi entrada húmeda. Empujó despacio, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. Sentí cada vena, cada pulso de su polla llenándome hasta el fondo. "¡Ay, cabrón, qué rico!", grité, mientras él empezaba a moverse, lento al principio, construyendo el ritmo.

Sus embestidas se volvieron feroces, el slap-slap de piel contra piel resonando. Sudábamos, nuestros cuerpos resbalosos uniéndose en frenesí. Le mordí el hombro, saboreando su sal. Él me jaló el pelo suave, exponiendo mi cuello para lamerlo. "Eres mía, Ana. Siempre lo has sido".

La tensión crecía, mis paredes contrayéndose alrededor de él. "Me vengo, wey", anuncié, y exploté en oleadas, el orgasmo rasgándome como un rayo. Él siguió bombeando, gruñendo, hasta que se derramó dentro de mí, caliente y espeso, marcándome como suyo.

Acto tres: el afterglow. Nos quedamos abrazados, jadeando, el sudor enfriándose en nuestra piel. Su semen goteaba entre mis piernas, un recordatorio pegajoso de nuestra unión. Besé su pecho, escuchando su corazón galopante calmarse al unísono con el mío.

"Nunca más amor sin pasión, ¿eh?", dijo él, acariciándome el cabello.

"Nunca, mi rey. Esto es lo que somos", respondí, sintiendo una paz profunda mezclada con promesas de más noches así.

La ciudad seguía rugiendo afuera, pero dentro, habíamos encendido una llama eterna. Mañana sería otro día, pero ahora sabíamos que el fuego siempre estaría listo para avivarse.

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