Imágenes de la Pasión de Cristo con Frases que Despiertan el Fuego
Estaba sola en mi depa en Polanco esa noche de Viernes Santo. El aire olía a incienso quemado de la iglesia de enfrente y a las flores de cempasúchil que mi vecina había puesto en su balcón. Yo, Ana, una chava de treinta pirulos que trabaja en una galería de arte sacro, había sacado de mi librero ese viejo libro polvoriento: imágenes de la pasión de cristo con frases. Neta, no sé por qué lo abrí esa noche. Quizás porque el calor de abril me tenía sudando bajo la blusa ligera, o porque llevaba semanas sin un buen revolcón.
Las páginas crujían como piel seca al voltearlas. Ahí estaba Cristo cargando la cruz, el cuerpo musculoso brillando con sudor bajo el sol de Jerusalén. La frase debajo decía: En mi agonía hallo la verdadera entrega
. Sentí un cosquilleo en el estómago, como si esas palabras me hablaran directo al alma. O al cuerpo. Mi mano bajó sola por mi vientre, rozando el encaje de mis calzones. ¿Qué chingados me pasa? pensé, pero no paré. La siguiente imagen: el azote, espaldas laceradas, sangre perlada como gotas de miel roja. El dolor es el preludio del éxtasis
. Órale, esas frases no eran las típicas del catecismo. Algún artista pícaro las había metido ahí, o mi mente cachonda las reinterpretaba.
El teléfono vibró en la mesa. Era Carlos, mi ex que seguía siendo mi amante secreto. ¿Qué onda, nena? ¿Sola en Semana Santa?
Su voz ronca al otro lado me erizó la piel. Le conté del libro, medio en broma. Vente, wey. Trae tequila y ven a ver estas imágenes de la pasión de cristo con frases conmigo
. Media hora después, la puerta sonó y ahí estaba él, alto, moreno, con esa sonrisa de pendejo que me deshace.
Nos sentamos en el sillón de terciopelo rojo, el libro entre nosotros. El cuarto olía a su colonia de sándalo mezclada con mi perfume de jazmín. Carlos pasó las páginas despacio, sus dedos gruesos rozando los míos. Mira esta, Ana. Cristo cayendo...
. Su aliento cálido en mi oreja. Sentí mi chicha humedecerse, el calor subiendo por mis muslos. No seas mensa, déjate llevar, me dije. Lo besé primero, suave, probando el tequila en su lengua salada. Sus manos grandes me apretaron la cintura, tirando de mí hacia su regazo.Caigo para levantarme en ti
Acto primero del deseo: la provocación lenta. Le quité la camisa, oliendo su piel tostada por el sol mexicano, ese aroma a hombre que trabaja en construcción pero se ve como galán de telenovela. Él deslizó mi blusa por los hombros, exponiendo mis tetas firmes al aire fresco. Eres mi Virgen ardiente
, murmuró, chupando un pezón hasta que gemí bajito. El libro cayó al piso, abierto en la crucifixión. Cristo extendido, clavos en las manos. Clávame en tu carne
, leí en voz alta, riendo nerviosa. Carlos me miró con ojos negros de fuego. ¿Eso quieres, mamacita?
La tensión crecía como tormenta en el Popo. Lo empujé al sillón, me subí encima, frotando mi entrepierna contra su verga dura que palpitaba bajo el pantalón. Siente cómo te necesito, carnal, pensé mientras lo besaba con hambre, mordiendo su labio inferior hasta saborear un hilito de sangre dulce. Él gruñó, manos en mi culo, amasándolo como masa para tortillas. Bajé la cremallera, saqué su miembro grueso, venoso, oliendo a macho listo. Lo lamí despacio, desde la base hasta la punta, saboreando el precum salado como sudor sagrado. Así, chula, trágatela toda
, jadeó él, enredando dedos en mi pelo negro.
Pero no era solo físico. En mi cabeza, las imágenes danzaban: el velo del templo rasgándose, como mi coño abriéndose para él. La resurrección viene del interior
, recité de memoria mientras lo montaba. Me penetró de golpe, llenándome hasta el fondo. ¡Ay, cabrón! grité, el placer punzante como espinas. Cabalgamos lento al principio, mis caderas girando, sintiendo cada vena rozar mis paredes húmedas. El sonido de piel contra piel, chapoteo de jugos, gemidos roncos llenando el depa. Sudor nos pegaba, olores mezclados: sexo crudo, tequila, pasión profana.
Escalada en el medio acto. Cambiamos posiciones, él me puso a cuatro sobre la alfombra persa. Entró desde atrás, profundo, golpeando mi clítoris con sus bolas pesadas. Dime que te gusta, pinche caliente
, me exigía, y yo respondía: Sí, chíngame como a Cristo en la cruz, wey
. Sus manos en mis tetas, pellizcando pezones duros como piedras del Calvario. Yo me tocaba el botón, círculos rápidos, el orgasmo building como lava. Recordé otra frase: En la muerte renazco en tu vientre
. Es ahora, pensé. Él aceleró, follándome duro, el cuarto temblando con nuestros gritos. Olía a corrida inminente, a hembra en celo.
El clímax nos golpeó como terremoto. Yo vine primero, contrayéndome alrededor de su verga, chorros calientes mojando sus muslos. ¡Me vengo, Carlos!
aullé, visión borrosa de luces blancas como el Santo Entierro. Él se hundió una última vez, eyaculando dentro, chorros espesos quemando mi interior. Colapsamos, jadeantes, pieles pegajosas, corazones tronando como tambores de muerte.
En el afterglow, yacimos enredados, el libro olvidado a un lado. Su dedo trazaba mi espina, suave. Eso fue la neta pasión, Ana. Ni Cristo lo tuvo tan cabrón
, bromeó. Reí, besando su pecho salado. Estas imágenes de la pasión de cristo con frases habían despertado algo en mí: no culpa, sino libertad. Ya no era la devota reprimida; era mujer dueña de su fuego. Afuera, cohetes de la procesión estallaban, pero nuestro éxtasis era más ruidoso.
Nos duchamos juntos, agua caliente lavando pecados inventados, jabón oliendo a coco mexicano. En la cama, follamos de nuevo, lento, explorando cada curva como reliquias sagradas. Al amanecer, él se fue con un Hasta pronto, mi santa pecadora
. Yo me quedé mirando el libro, sonriendo. La pasión no era solo sufrimiento; era esto: entrega total, placer divino.