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Pasión Obsesiva Película

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Pasión Obsesiva Película

La noche en mi depa de Polanco estaba perfecta, con el aire fresco colándose por la ventana entreabierta y el olor a jazmín del jardín de abajo subiendo hasta nosotros. Marco y yo nos acurrucamos en el sofá de piel suave, con una botella de mezcal artesanal a medio terminar sobre la mesita. Neta, qué chido tenerlo aquí, pensé, mientras su brazo me rodeaba los hombros y su calor me hacía cosquillas en la piel. Habíamos cenado tacos de arrachera en ese puesto callejero que tanto nos gusta, y ahora, con el estómago lleno y el cuerpo relajado, decidimos ver algo en Netflix.

"¿Qué peli ponemos, carnal?", le pregunté, pasando el dedo por su pecho cubierto por una playera ajustada que marcaba sus músculos. Él sonrió con esa mirada pícara que me derrite, oliendo a su colonia cítrica mezclada con el humo de la parrilla de la cena.

"Mira esta, Pasión Obsesiva. Dicen que es una película bien intensa, de esas que te dejan con el corazón latiendo a mil", respondió, seleccionándola. Yo asentí, emocionada. La sinopsis prometía una historia de deseo incontrolable entre dos amantes que no pueden soltarse, como si el mundo se redujera a sus cuerpos entrelazados. Presionó play, y las luces de la tele iluminaron nuestras caras en la penumbra.

Desde los primeros minutos, la tensión empezó a crecer. En la pantalla, la protagonista, una morra de ojos fieros como los míos, se obsesionaba con su amante, siguiéndolo en la lluvia hasta un motel viejo, besándolo con hambre de loba. El sonido de la lluvia golpeando las ventanas se mezclaba con sus jadeos, y yo sentía un cosquilleo entre las piernas. Marco se removió a mi lado, su mano bajando despacio por mi muslo desnudo bajo la falda corta.

Chingado, esta película me está prendiendo como mecha, pensé, mientras el calor de su palma me hacía arquear la espalda sin querer.

"¿Te gusta?", murmuró él al oído, su aliento caliente rozándome el lóbulo, saboreando a mezcal dulce.

"Órale, sí. Es como si nos estuvieran contando nuestra historia, wey", respondí, girándome para morderle el labio inferior. Nuestras lenguas se encontraron en un beso lento, explorando sabores de sal y limón de la cena.

La película avanzaba, y la pasión obsesiva de los personajes nos contagió. En una escena, ella lo empuja contra la pared, arrancándole la camisa mientras la cámara capturaba cada gota de sudor resbalando por su piel. Marco pausó el video, el silencio repentino roto solo por nuestras respiraciones agitadas. Sus ojos brillaban con ese fuego que conozco tan bien, el mismo que me hace sentir viva.

"¿Y si la hacemos real? Como en la pasión obsesiva película", dijo, su voz ronca, levantándome en brazos como si no pesara nada. Lo rodeé con las piernas, sintiendo su dureza presionando contra mí a través de la tela delgada de mi tanga. Caminó hacia el cuarto, dejando un rastro de ropa tirada: mi blusa voló al suelo, oliendo a mi perfume de vainilla; sus jeans cayeron con un thud suave.

En la cama king size, con sábanas de algodón egipcio frescas contra mi espalda desnuda, nos miramos. El aroma de su excitación, ese almizcle masculino mezclado con sudor fresco, me invadió las fosas nasales. "No puedo dejar de pensarte, Ana. Eres mi obsesión", confesó, besando mi cuello, lamiendo la sal de mi piel. Yo gemí, arqueándome, mis uñas clavándose en sus hombros anchos.

Este pendejo me tiene loca, neta. Cada toque es como electricidad, subiendo por mi espina dorsal hasta el cerebro.

Sus manos expertas recorrieron mis curvas, amasando mis senos con ternura posesiva, pellizcando los pezones hasta que dolieron de placer. Bajó la boca, succionando uno, el sonido húmedo y chupeteante resonando en la habitación. Yo enredé los dedos en su cabello negro revuelto, tirando suave, guiándolo más abajo. "Más, Marco, no pares", supliqué, mi voz un ronroneo mexicano cargado de deseo.

Él obedeció, trazando un camino de besos ardientes por mi vientre plano, deteniéndose en mi ombligo para meter la lengua, haciendo que riera entre jadeos. El olor de mi propia humedad lo alcanzó, y gruñó de aprobación. "Hueles a pecado, morra", dijo, separando mis muslos con las rodillas. Su aliento caliente sobre mi centro me hizo temblar, las terminaciones nerviosas en llamas.

La lengua de Marco danzó primero alrededor, rozando los labios hinchados, saboreando el rocío salado. Luego, un lametón largo y plano que me arrancó un grito. "¡Ay, wey!", exclamé, mis caderas elevándose solas. Él rio contra mi piel, la vibración enviando ondas de placer. Chupó mi clítoris con maestría, círculos lentos que aceleraban, dos dedos curvándose dentro de mí, tocando ese punto que me deshace. El sonido era obsceno: slurps húmedos, mis gemidos altos, el colchón crujiendo bajo nosotros.

Yo no aguanté mucho. La tensión acumulada desde la película explotó en oleadas, mi cuerpo convulsionando, jugos empapando su barbilla. "¡Me vengo, cabrón!", grité, viendo estrellas detrás de los párpados cerrados. Él no paró hasta que supliqué, besando mi interior tembloroso.

Pero la noche apenas empezaba. Invertimos posiciones, yo encima, cabalgándolo como en las escenas más calientes de la pasión obsesiva película. Su verga dura y gruesa me llenó por completo cuando me hundí, el estiramiento delicioso quemándome por dentro. "Qué chingona te sientes", jadeó él, sus manos en mis caderas guiando el ritmo. Yo rebotaba, senos saltando, el slap slap de piel contra piel como tambores tribales.

El sudor nos cubría, gotas resbalando entre mis pechos hasta su pecho, mezclando nuestros olores en una nube embriagadora. Incliné la cabeza para besarlo, probando mi propio sabor en su boca, salado y dulce. "Eres mía, solo mía", murmuró entre besos, sus caderas embistiendo arriba, golpeando profundo. Yo aceleré, sintiendo otra ola crecer, mis paredes apretándolo como vicio.

No hay nada como esto, esta conexión obsesiva, como si fuéramos actores en nuestra propia película, pensé, mientras el placer me nublaba la mente.

Cambié de postura, de rodillas, él detrás. Marco me penetró de un empujón, sus bolas golpeando mi clítoris con cada estocada. Agarró mi cabello en una coleta improvisada, tirando suave para arquearme, exponiendo mi cuello a sus mordidas. El dolor placentero se mezcló con el éxtasis, mis gritos resonando contra las paredes forradas de arte mexicano.

"¡Más fuerte, pendejo!", lo reté, y él obedeció, follando con furia animal, el marco de la cama golpeteando. Su mano bajó a frotar mi botón, y el orgasmo nos golpeó juntos. Yo colapsé primero, gritando su nombre, el pulso latiendo en mis oídos como truenos. Él se corrió segundos después, caliente y espeso llenándome, gruñendo como bestia, su cuerpo temblando contra el mío.

Nos derrumbamos, enredados, piel pegajosa y resbaladiza. El aire olía a sexo puro, mezclado con nuestro sudor y el jazmín lejano. Marco me besó la frente, suave ahora, su corazón martilleando contra mi mejilla.

"Esa fue nuestra pasión obsesiva película, ¿verdad?", susurró, riendo bajito.

Yo sonreí, trazando círculos en su pecho. "Neta, la mejor secuela. No quiero que termine nunca este rollo". Nos quedamos así, en afterglow, con la tele aún pausada mostrando a los amantes de la pantalla. Pero la nuestra era real, palpable, eterna en esa noche mexicana de deseo infinito.

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