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Pasión Cap 47

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Pasión Cap 47

Me recargué en la puerta del penthouse de Diego en Polanco, con el corazón latiéndome como tambor de cumbia en fiesta. La noche de la Ciudad de México bullía allá abajo, luces neón parpadeando como promesas calientes. Hacía meses que no nos veíamos, pero neta, cada vez que volvía a su mundo, sentía que esto era nuestra pasión cap 47, el capítulo donde el deseo se desbordaba sin frenos. Él abrió la puerta, ese pendejo guapo con su sonrisa de diablo, camisa entreabierta dejando ver el pecho moreno y tatuado.

"¿Qué onda, morra? " me dijo con voz ronca, jalándome adentro. Olía a su colonia cara mezclada con el aroma de tequila reposado que acababa de abrir. Lo abracé fuerte, sintiendo sus músculos tensos bajo mis manos, el calor de su piel traspasando la tela. "Te extrañé vergas", murmuró contra mi cuello, y sus labios rozaron mi oreja, enviando chispas directo a mi entrepierna.

Nos besamos como si el mundo se acabara esa noche. Su lengua invadió mi boca con hambre, saboreando a limón y sal de los cacahuates que se había echado. Mis dedos se enredaron en su cabello negro, tirando suave para que gemiera en mi boca.

Pinche Diego, siempre sabes cómo encender el fuego, pensé, mientras mi cuerpo se derretía contra el suyo.
Me cargó sin esfuerzo hasta el sofá de piel italiana, el mismo donde tantas veces habíamos sudado juntos.

La ciudad susurraba a través de las ventanas polarizadas: cláxones lejanos, risas de transeúntes en la avenida. Pero aquí adentro, solo existíamos nosotros. Le quité la camisa de un jalón, besando su pecho, lamiendo el sudor fresco que ya perlaba su piel. "Qué rica estás, Ana", gruñó, sus manos grandes amasando mis nalgas por encima del vestido ajustado. Sentí su verga dura presionando mi muslo, gruesa y lista, y un jadeo se me escapó.

Acto uno de nuestra pasión cap 47: la anticipación que me tenía mojadísima desde que subí al elevador. Me levantó el vestido despacio, rozando mis muslos con las yemas ásperas de sus dedos. No traía calzones, obvio, y cuando lo descubrió, soltó un "¡Órale, cabrona!" que me hizo reír. Sus ojos se oscurecieron de puro deseo, y hundió la cara entre mis piernas, inhalando profundo mi aroma de mujer excitada.

Empecé a temblar cuando su lengua tocó mi clítoris, suave al principio, como pluma de garza. El sonido de su lamida era obsceno, chupeteo húmedo que resonaba en la habitación. Probé mis propios jugos en su boca después, besándolo con furia. "Te quiero adentro, carnal", le rogué, arañando su espalda. Pero él, el muy pendejo juguetón, me dio la vuelta, poniéndome a cuatro patas en el sofá.

Sus dedos exploraron mi entrada, resbalosos de mi propia humedad, metiendo dos de golpe y curvándolos para tocar ese punto que me hace ver estrellas. Gemí fuerte, el culo en pompa, sintiendo el aire fresco en mi piel expuesta. "Estás chingona de mojada", dijo, y sentí la punta de su verga rozándome, caliente y palpitante. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome delicioso. El placer era un rayo, subiendo por mi espina hasta el cerebro.

Esto es lo que necesitaba, coño, esta conexión que nos quema vivos, pensé mientras él empezaba a bombear, lento y profundo.
Sus caderas chocaban contra mis nalgas con palmadas suaves, piel contra piel, sudor goteando. El olor a sexo llenaba el aire, almizcle nuestro mezclado con su sudor masculino. Agarré los cojines, mordiéndolos para no gritar demasiado pronto.

Escalamos juntos, su mano bajando a frotar mi clítoris en círculos perfectos. "Ven, mi reina, córrete para mí", me susurró al oído, mordisqueando mi lóbulo. La tensión crecía como tormenta en el desierto sonorense, mis músculos apretándose alrededor de él. Exploté primero, un orgasmo que me sacudió entera, jugos chorreando por mis muslos, gritando su nombre como pleito de barrio.

Él no paró, follándome más duro, sus bolas golpeando mi piel sensible. Lo volteé para verlo, sus ojos fijos en los míos, puro fuego mexicano. "Te amo, Ana, neta te amo", confesó entre jadeos, y eso me derritió más que cualquier roce. Lo monté entonces, cabalgándolo como yegua salvaje en rodeo. Sus manos en mis tetas, pellizcando pezones duros como piedras de obsidiana, el tacto rugoso enviando descargas.

El medio de nuestra pasión cap 47 era puro caos emocional. Recordé las veces que nos habíamos separado por pendejadas del trabajo, las noches solitarias masturbándome pensando en él. Ahora, aquí, su verga llenándome, su aliento caliente en mi cuello, todo valía la pena. Sudábamos como en sauna de temazcal, cuerpos resbalosos uniéndose en frenesí. Lo besé, tragándome sus gemidos, saboreando el tequila en su saliva.

"Me vengo, morra", avisó, y apreté más, ordeñándolo. Su leche caliente me inundó, chorros potentes que sentí palpitar dentro. Colapsamos juntos, él aún duro, abrazados en el sofá desordenado. El afterglow era bendito: pulsos calmándose al unísono, piel pegajosa enfriándose, el skyline de CDMX testigo mudo.

Me acurruqué en su pecho, oyendo su corazón galopante volverse ritmo de son jarocho tranquilo. "¿Sabes qué? Esto fue nuestra pasión cap 47, el capítulo donde casi nos quemamos del todo", le dije riendo bajito. Él me besó la frente, oliendo mi cabello a coco de shampoo. "Y vendrán más, mi vida. Tú y yo, contra el mundo chueco."

Nos levantamos lento, él sirviéndome un trago de tequila con limón, el líquido quemando dulce la garganta. Nos metimos a la regadera king size, agua caliente cayendo como lluvia tropical, jabón espumoso en sus manos recorriendo mi cuerpo. Me lavó con ternura, dedos entre mis pliegues aún sensibles, provocándome risitas. "No mames, Diego, ¿ya quieres otra ronda?"

Pero esa noche, el cierre fue paz. Secos y envueltos en albornoz, nos tumbamos en su cama con vista al Bosque de Chapultepec. Hablamos de chingaderas: el pinche tráfico, la nueva rola de Peso Pluma que nos ponía cachondos, planes para Acapulco. Su mano en mi vientre, trazando círculos perezosos, me hizo sentir completa.

En esta pasión cap 47, no solo follamos; nos reencontramos, pensé, mientras el sueño nos vencía.
Mañana sería otro día de corridas y compromisos, pero esta noche, éramos invencibles, dos almas mexicanas en llamas eternas.

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