Pasion Prohibida Capitulo 63 El Susurro del Deseo
La noche en Polanco se sentía cargada de promesas prohibidas. Yo, Ana, caminaba por las calles iluminadas con ese cosquilleo en el estómago que solo Marco sabía provocar. Habían pasado semanas desde nuestra última vez, y cada día sin él era como un vacío que me consumía. Éramos colegas en esa firma de abogados fancy de la colonia, pero la regla de la empresa era clara: nada de romances entre empleados. Pura mamada, pensaba yo, porque ¿cómo ignorar esa química que nos unía desde el primer día?
Mi celular vibró en el bolsillo de mi jeans ajustado. Era él. "Nena, hotel en Insurgentes, habitación 403. Ya llegué. No aguanto más." Sonreí como pendeja, el corazón latiéndome a mil. Me subí a un Uber, el aire fresco de la ciudad rozando mi piel morena, oliendo a jazmín de los jardines cercanos. En el camino, recordaba su olor, esa mezcla de colonia cara y sudor fresco que me volvía loca.
Al llegar al lobby del hotel, con sus luces tenues y música suave de fondo, vi su silueta alta y fuerte esperándome en el ascensor. Marco, con su camisa blanca desabotonada lo justo para mostrar ese pecho tatuado que tanto me gustaba.
"Ana, mi reina, ven acá."Me jaló hacia él, sus labios capturando los míos en un beso que sabía a tequila reposado y deseo reprimido. El ascensor subió lento, nuestras manos explorando ya, el calor de su palma en mi cintura haciendo que mi piel se erizara.
Entramos a la habitación, un espacio lujoso con vistas a la ciudad brillante. Cerró la puerta y me acorraló contra la pared, su aliento caliente en mi cuello. Esto es pasion prohibida captiulo 63 de nuestra historia secreta, pensé, mientras sus dedos se colaban bajo mi blusa, rozando mis pezones que ya estaban duros como piedras. Órale, qué chido se sentía su toque, firme pero tierno, como si me conociera de toda la vida.
—Marco, neta que me traes loca —le susurré, mordiéndome el labio mientras le quitaba la camisa. Su piel bronceada olía a él, a hombre mexicano de pura cepa, con ese vello suave en el pecho que raspaba delicioso contra mis tetas cuando nos pegábamos.
Nos besamos con hambre, lenguas enredadas, saboreando el dulce de su boca mezclado con el mío. Me cargó como si no pesara nada y me tiró en la cama king size, las sábanas frescas contrastando con el fuego que nos quemaba. Se quitó el pantalón, revelando ese bulto impresionante en sus bóxers. Yo me desvestí despacio, provocándolo, dejando que viera mis curvas, mis caderas anchas de mujer latina que tanto le gustaban.
Se recostó a mi lado, su mano bajando por mi vientre plano hasta mi entrepierna. Joder, sus dedos expertos separando mis labios, encontrando mi clítoris hinchado. Gemí bajito, el sonido rebotando en las paredes. El aire se llenó de nuestro aroma, ese musk de excitación que hacía el ambiente espeso, íntimo.
"Estás bien mojada, nena. Todo por mí."Su voz ronca, con ese acento chilango que me derretía.
Le respondí arqueándome, mis uñas clavándose en su espalda musculosa. Lo jalé hacia mí, queriendo sentir su peso, su verga dura presionando contra mi muslo. Pero no, quería alargar esto. Esta era nuestra pasión prohibida, y cada encuentro tenía que ser épico. Lo empujé para que se quedara de rodillas, y me senté frente a él, tomando su miembro en mi mano. Caliente, pulsante, venoso. Lo lamí desde la base hasta la punta, saboreando esa gota salada de pre-semen. Él gruñó, sus manos enredándose en mi cabello negro largo.
—Chingao, Ana, eres la mejor —jadeó, mientras yo lo chupaba profundo, mi lengua girando alrededor de su glande. El sonido húmedo de mi boca en él, sus gemidos roncos, todo me ponía más caliente. Mi coño palpitaba, pidiendo atención, pero lo ignoré, enfocada en hacerlo sufrir de placer.
Después de unos minutos, me levantó y me puso a cuatro patas, su boca devorando mi culo. Sentí su lengua en mi entrada, lamiendo mis jugos, chupando mi clítoris desde atrás. ¡Qué padre! Mis piernas temblaban, el placer subiendo como oleada. Olía a sexo puro, a mi excitación mezclada con su saliva. Grité su nombre, Marco, sí, así, mientras él metía un dedo, luego dos, curvándolos justo en mi punto G.
Pero el conflicto interno me golpeó ahí, en medio del éxtasis. ¿Y si nos cachan en la oficina? ¿Y si pierdo mi chamba por esto? Marco era mi jefe directo, pendejo, pero el más chingón. Nuestra pasión era prohibida por reglas tontas, pero neta valía la pena. Lo volteé, mirándolo a los ojos cafés intensos.
"Te quiero, cabrón. Aunque sea pecado."
Él sonrió, esa sonrisa pícara que me conquistó. —Yo más, mi amor. Eres mi vicio. Se puso un condón —siempre cuidadosos, ¿eh?— y se posicionó entre mis piernas abiertas. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome delicioso. Sentí cada vena, cada pulso de su verga llenándome. Gemí fuerte, mis paredes contrayéndose alrededor de él. El sonido de piel contra piel empezó suave, pero pronto fue rítmico, plaf plaf plaf, eco en la habitación.
Sus embestidas se volvieron feroces, profundas, tocando mi cervix con cada golpe. Sudábamos, el olor salado de nuestros cuerpos mezclándose con el perfume del hotel. Lo monté entonces, cabalgándolo como reina, mis tetas rebotando, sus manos amasándolas, pellizcando pezones. Me siento poderosa, pensé, viendo cómo se retorcía de placer debajo de mí. Aceleré, mis caderas girando, su verga golpeando justo donde dolía rico.
La tensión crecía, mis músculos tensándose, el orgasmo acechando. Él lo sentía, sus manos en mis nalgas, guiándome.
"Córrete para mí, Ana. Déjame sentirte."Y exploté. Un grito gutural salió de mi garganta, mi coño apretándolo como puño, olas de placer recorriéndome desde el clítoris hasta la nuca. Temblé, lágrimas de puro gozo en los ojos, mientras él seguía bombeando.
No tardó. Con un rugido, se corrió dentro del condón, su cuerpo convulsionando bajo el mío. Nos quedamos pegados, jadeando, corazones latiendo al unísono. El afterglow fue dulce: besos suaves, caricias perezosas. Me acurruqué en su pecho, escuchando su corazón calmarse, oliendo su piel ahora relajada.
—Esto no puede acabar, Marco —murmuré, trazando círculos en su abdomen marcado.
Él me besó la frente. —Nunca, nena. Somos pasión prohibida capítulo 63, pero seguiremos escribiendo nuestra historia.
Salimos al balcón, la ciudad de México brillando abajo, como testigo de nuestro secreto. El viento fresco secaba nuestro sudor, y supe que, aunque prohibida, esta pasión era lo más vivo que había sentido. Mañana volveríamos a la oficina, fingiendo indiferencia, pero en el fondo, el fuego seguiría ardiendo, esperando el próximo capítulo.