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Cañaveral de Pasiones Refrito

6694 palabras

Cañaveral de Pasiones Refrito

El sol del mediodía caía a plomo sobre el cañaveral, ese mar verde y alto que se mecía con la brisa caliente de Veracruz. Las hojas afiladas rozaban contra tus piernas desnudas mientras avanzabas, el aire cargado de ese olor dulce y terroso que solo un campo de caña sabe dar. Habías venido aquí por nostalgia, wey, porque este lugar siempre había sido tu refugio, tu secreto. El suelo blando bajo tus sandalias te hacía sentir viva, conectada con la tierra que sudaba tanto como tú.

De repente, un crujido entre las varas te erizó la piel. Te detuviste, el corazón latiéndote como tambor en las fiestas de pueblo.

¿Será un animal? ¿O él?
Y ahí estaba, saliendo de la espesura como un fantasma hecho carne: Marco, tu amor de juventud, con esa sonrisa pícara que te deshacía las rodillas. Alto, moreno, con el torso sudado brillando bajo la luz filtrada, camisa desabotonada colgando de los hombros. Sus ojos te recorrieron de arriba abajo, deteniéndose en el escote de tu blusa ligera, pegada por el sudor.

Neta, güera, ¿tú por aquí? —dijo con esa voz ronca, cargada de tequila y promesas—. Pensé que ya no venías a este cañaveral de pasiones refrito.

Te reíste, un sonido nervioso que se mezcló con el susurro de las cañas. Cañaveral de pasiones refrito, así le decían los del pueblo a este rincón olvidado, donde las parejas venían a recalentar lo que el tiempo había enfriado. Tú y Marco lo habían bautizado así una noche loca, cuando sus besos sabían a caña recién molida y sus cuerpos se enredaban como las raíces bajo tierra.

—Vine a recordar, pendejo —respondiste, acercándote un paso, oliendo su aroma: sudor macho, tierra y un toque de colonia barata que te volvía loca—. ¿Y tú? ¿Buscando lo mismo?

Él se acercó más, su mano rozando tu brazo. El contacto fue eléctrico, como si el aire mismo chispeara. Sentiste el calor de su palma, callosa por el trabajo en el ingenio, subiendo despacio por tu piel. El deseo te apretó el estómago, un nudo caliente que bajaba hasta tus muslos.

Las cañas os rodearon, altas como muros vivos, aislando el mundo. El sol picaba, pero su sombra te cubría, fresca y tentadora. Hablabais de todo y nada: del rancho que había crecido, de los hijos que no teníais, de las noches que os imaginabais juntos. Cada palabra era un roce, cada mirada un beso pendiente.

¿Por qué carajos lo dejé ir? Este wey me prende como nadie
, pensabas, mientras su dedo trazaba la curva de tu cuello, erizándote el vello.

La tensión crecía como la savia en las cañas. Él te jaló suave contra su pecho, y ahí sentiste su dureza presionando tu vientre. Olía a hombre en celo, a piel caliente y deseo crudo. Tus pechos se aplastaron contra él, los pezones endureciéndose al instante bajo la tela fina. Gemiste bajito, un sonido que se perdió en el viento.

—Déjame probarte de nuevo, mi reina —murmuró contra tu oreja, su aliento cálido lamiendo tu lóbulo—. Como en los viejos tiempos, pero más chido.

Asentiste, empoderada, tomando su cara entre tus manos. Lo besaste primero, devorando su boca con hambre acumulada. Sabía a caña dulce y a sal de sudor, su lengua invadiendo la tuya en una danza salvaje. Sus manos bajaron a tus nalgas, amasándolas con fuerza, levantándote contra él. El roce de su verga tiesa contra tu entrepierna te hizo jadear, la humedad empapando tus panties.

Os tumbasteis en el suelo mullido, las cañas protegiendo vuestro nido. Él te quitó la blusa con urgencia, pero sin prisa, besando cada centímetro de piel que liberaba. Tus tetas saltaron libres, pesadas y sensibles, y su boca las reclamó: chupando un pezón mientras pellizcaba el otro. ¡Ay, cabrón! El placer te recorrió como rayo, arqueando tu espalda. Olías el jugo de caña madura mezclado con tu propio aroma de excitación, almizclado y dulce.

Tus manos bajaron a su pantalón, desabrochándolo con dedos temblorosos. Su pito saltó fuera, grueso y venoso, palpitando en tu palma. Lo acariciaste despacio, sintiendo el calor, la suavidad de la piel sobre la rigidez de acero. Él gruñó, un sonido animal que vibró en tu clítoris.

Esto es mío, lo quiero adentro ya
.

Marco te volteó boca abajo, besando tu espalda mientras bajaba tus shorts. Su lengua trazó la curva de tus nalgas, mordisqueando suave antes de separarte las piernas. Sentiste su nariz rozando tu coño empapado, inhalando profundo. —Hueles a paraíso, chula —dijo, y luego su lengua te invadió, lamiendo desde el ano hasta el clítoris en una pasada larga. Gemiste fuerte, clavando las uñas en la tierra. El sonido de su chupeteo, húmedo y obsceno, se mezclaba con el crujir de las cañas y tu respiración agitada.

Te volteó de nuevo, colocándose entre tus muslos. Sus ojos te pidieron permiso, y tú abriste más las piernas, guiándolo. —Fóllame, Marco, hazme tuya —suplicaste, voz ronca de necesidad.

Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándote deliciosamente. El ardor inicial se convirtió en plenitud, su grosor llenándote hasta el fondo. Os movisteis en ritmo lento al principio, piel contra piel resbaladiza de sudor, el slap-slap de vuestros cuerpos uniéndose como música primitiva. Acelerasteis, él embistiéndote profundo, tú clavando talones en su culo para pedírselo todo.

El clímax se acercaba como tormenta. Tus paredes lo apretaban, ordeñándolo, mientras él gruñía tu nombre. Sí, sí, más fuerte, pendejo. El mundo se redujo a eso: su peso sobre ti, el olor a sexo y caña, el roce de sus bolas contra tu trasero, tus pezones rozando su pecho peludo. Explotaste primero, un grito ahogado rompiendo el silencio, ondas de placer sacudiéndote desde el coño hasta las yemas de los dedos. Él te siguió, hinchándose dentro, chorros calientes bañando tus entrañas mientras rugía como león.

Quedasteis jadeantes, enredados en el suelo tibio. El sol bajaba, tiñendo las cañas de oro. Él te besó la frente, suave ahora, sus dedos trazando patrones en tu piel empapada.

Esto no es refrito, es nuevo fuego
, pensaste, abrazándolo fuerte.

—Vuelve cuando quieras, mi amor —susurró—. Este cañaveral de pasiones refrito es nuestro para siempre.

Te vestisteis riendo, prometiendo más. Caminasteis de la mano entre las varas, el eco de vuestros gemidos quedando atrás como secreto sagrado. El aire olía a satisfacción, a promesas cumplidas. Y supiste que regresarías, porque en este rincón de Veracruz, las pasiones nunca se enfrían del todo.

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