Blanca Guerra Abismo de Pasion
La noche en Polanco estaba cargada de ese calor pegajoso que hace que la piel se sienta viva, como si el aire mismo te acariciara con promesas. Blanca caminaba por la calle empedrada, su vestido rojo ceñido al cuerpo como una segunda piel, marcando cada curva de sus caderas anchas y sus pechos firmes. Tenía treinta y cinco años, pero se movía con la gracia de una diosa azteca, el cabello negro suelto ondeando como una bandera de seducción. ¿Por qué carajos vengo a estos lugares sola? pensó, mientras el aroma a jazmín de su perfume se mezclaba con el humo de los cigarros y el tequila de los bares cercanos.
Entró al bar La Pasión Oculta, un antro chido con luces tenues y salsa retumbando en los parlantes. Pidió un margarita con sal, el vaso frío contra sus labios calientes enviando un escalofrío por su espina. Ahí lo vio: Rodrigo, alto, moreno, con ojos que prometían travesuras. Estaba apoyado en la barra, riendo con unos cuates, su camisa blanca abierta dejando ver el vello oscuro en su pecho. Blanca sintió un tirón en el vientre, esa guerra interna entre el deseo y la razón.
Es solo una noche, Blanca, déjate llevar, no seas pendeja, se dijo, mientras sus pezones se endurecían bajo la tela delgada.
Rodrigo la notó de inmediato. Sus miradas chocaron como chispas en la penumbra. Él se acercó, oliendo a colonia masculina y sudor fresco. —Órale, güeyita, ¿vienes a conquistar o qué? le dijo con esa sonrisa pícara mexicana que derrite voluntades. Blanca rio, su voz ronca como el ron que no había probado aún. —Tal vez las dos cosas, carnal. ¿Tú qué traes? La charla fluyó fácil, como el tequila que compartieron. Hablaron de la ciudad, de telenovelas locas y pasiones que queman. Ella mencionó de pasada esa vieja novela, Abismo de Pasion, y cómo siempre le recordaba su propia vida: un pozo profundo de anhelos. Él la miró fijo, —Suena a que tú vives en tu propio abismo, Blanca.
La pista de baile los llamó. La salsa los envolvió, cuerpos pegándose al ritmo. Sus manos en la cintura de ella, fuertes y cálidas, bajando despacio hasta rozar el borde de sus nalgas. Blanca jadeó suave, el roce de su verga endureciéndose contra su muslo la hizo mojar. Chingado, qué rico se siente esto, pensó, mientras el sudor les perlaba la piel y el olor a sexo incipiente flotaba entre ellos. Sus bocas se buscaron en un beso salvaje, lenguas enredándose con sabor a limón y sal, dientes mordiendo labios hinchados.
Salieron del bar tambaleantes de deseo, no de alcohol. Rodrigo la llevó a su depa en la Roma, un lugar chulo con terraza y vista a los luces de la ciudad. Apenas cerraron la puerta, las manos volaron. Él le arrancó el vestido, exponiendo sus tetas perfectas, pezones oscuros erectos como balas. Blanca gimió, —Sí, cabrón, tómalas, mientras él las chupaba con hambre, lengua girando alrededor, succionando hasta que ella arqueó la espalda. El sabor salado de su piel lo volvía loco, su mano bajando a la tanga empapada, dedos hundiéndose en su concha caliente y resbalosa.
Esto es una guerra, pensó Blanca, mi blanca guerra contra el abismo de pasion que me arrastra. Lo empujó al sofá, desabrochando su pantalón con urgencia. Su verga saltó libre, gruesa y venosa, palpitando con el pulso acelerado. Ella la lamió desde la base, lengua plana saboreando el precum salado, hasta meterla entera en su boca, garganta apretando mientras él gruñía —Puta madre, qué chingona eres. Los sonidos húmedos llenaban el aire, succiones y gemidos, el olor almizclado de su excitación impregnando todo.
La tensión crecía como tormenta. Rodrigo la levantó, piernas de ella alrededor de su cintura, y la penetró de pie contra la pared. Entró despacio al principio, centímetro a centímetro, estirándola, llenándola hasta el fondo. Blanca gritó de placer, uñas clavándose en su espalda, —Más duro, pendejo, rómpeme. Él obedeció, embistiendo con fuerza, piel contra piel chocando con palmadas rítmicas, jugos chorreando por sus muslos. El calor de sus cuerpos, el sudor resbalando, los pechos rebotando con cada thrust. Ella sentía cada vena de su verga rozando sus paredes internas, el glande golpeando su punto G, enviando ondas de éxtasis.
Cayeron al piso alfombrado, ella encima ahora, cabalgándolo como amazona. Sus caderas giraban en círculos, concha apretando su polla como puño, ordeñándola. Rodrigo manoseaba sus nalgas, dedo mojado en saliva hundiéndose en su ano apretado, doble penetración que la hizo convulsionar.
Estoy cayendo en el abismo, y qué chido se siente, pensó Blanca, mientras el orgasmo se acercaba como ola gigante. Él la volteó a cuatro patas, verga resbalando adentro de nuevo, mano en su clítoris frotando furioso. Los gemidos se volvieron aullidos, el cuarto oliendo a sexo puro, almizcle y fluidos.
El clímax los alcanzó juntos. Blanca se vino primero, concha contrayéndose en espasmos, chorros calientes salpicando su vientre, gritando —Me vengo, chingado, me vengooo. Rodrigo la siguió, verga hinchándose, chorros de leche espesa llenándola hasta rebosar, gruñendo como animal. Colapsaron jadeantes, cuerpos entrelazados, pieles pegajosas de sudor y semen. El silencio roto solo por respiraciones entrecortadas y el lejano tráfico de la ciudad.
Después, en la cama con sábanas revueltas, fumaron un cigarro compartido, humo danzando en el aire fresco de la madrugada. Blanca trazaba círculos en su pecho con el dedo, —Eso fue una blanca guerra, un abismo de pasion del que no quiero salir, murmuró. Él la besó suave, —Y no vas a salir, mi reina. Esto apenas empieza. Se durmieron así, envueltos en el afterglow, el corazón latiendo al unísono, sabiendo que la pasión los había marcado para siempre. La noche mexicana los arropó, prometiendo más abismos por explorar.