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Frases de Amor Diario de una Pasion

6979 palabras

Frases de Amor Diario de una Pasion

Me senté en la terraza de mi depa en la Condesa, con el sol de la tarde calentándome la piel como un beso anticipado. El aire traía olor a tacos de la esquina y jazmines del vecino. Abrí mi libreta nueva, la que llamaría Frases de amor diario de una pasión, porque neta, desde que conocí a Alex, mi carnal del gym, no podía dejar de pensar en él. Sus ojos cafés profundos, su risa ronca que me erizaba el vello de la nuca. Esa mañana, mientras sudábamos en la clase de crossfit, su mano rozó mi cintura al pasar la pesa. Fue eléctrico, wey.

Hoy, primera frase: "Tu mirada me enciende como tequila en la garganta, ardiente y adictiva".

Lo escribí con el corazón latiéndome a mil. Alex era de aquí de México, güey alto, moreno, con tatuajes que se asomaban por su playera ajustada. Yo, Ana, 28 años, maestra de yoga, siempre había sido la chava independiente, pero él me hacía querer soltar las riendas. Esa noche, le mandé un whats: "¿Cerveza en el rooftop?". Respondió al tiro: "Ahí estoy, preciosa". Mi pulso se aceleró imaginando su aliento cerca, su olor a sudor fresco y colonia barata pero sexy.

Subí al rooftop, el viento jugaba con mi falda ligera, rozándome los muslos. Él ya estaba ahí, con una Corona en la mano, camiseta negra pegada al pecho musculoso. "¡Ey, nena!" me gritó, su voz grave vibrando en mi pecho. Nos abrazamos, su cuerpo duro contra el mío, calor subiendo por mi vientre. Hablamos de todo: del pinche tráfico, de la crema en el gym, de cómo la vida en la city nos volvía locos. Pero entre líneas, la tensión crecía. Sus dedos rozaban mi brazo al gesticular, y yo sentía el cosquilleo bajando directo a mi entrepierna.

Segunda frase del día: "Tu toque es fuego lento, quema sin prisa, me derrite gota a gota".

Al día siguiente, en el gym, la cosa escaló. Sudábamos juntos en la máquina de remo, nuestros ritmos sincronizados. "Mírate, estás on fire", me dijo jadeando, ojos fijos en mis leggings que marcaban cada curva. Me reí, pero por dentro ardía. Después de la clase, en los vestidores mixtos –porque ese gym es bien moderno–, nos quedamos solos. El vapor de las regaderas llenaba el aire con olor a jabón y deseo. Él se acercó, toalla baja en las caderas, gotas resbalando por su abdomen definido. "Ana, no aguanto verte así", murmuró, su aliento caliente en mi oreja.

Mi corazón tronaba como tamborazo zacatecano. Lo miré, mordiéndome el labio. "Entonces no aguantes", le respondí coqueta, mi voz ronca por la excitación. Sus manos grandes me tomaron la cintura, jalándome contra él. Sentí su dureza presionando mi vientre, dura como piedra, palpitante. Nuestros labios se encontraron en un beso salvaje, lenguas danzando con sabor a sudor salado y chicle de menta. Gemí bajito cuando su mano bajó a mi nalga, apretándola firme, enviando chispas por mi espina.

Pero paramos ahí, jadeantes, riéndonos nerviosos. "Esto va a ser épico, wey", dijo él, besándome la frente. Yo regresé a casa temblando de anticipación, piernas flojas. En mi diario, vertí todo:

Tercera frase: "Tu beso sabe a promesas rotas en la noche, dulce y feroz como un tigre enjaulado".

Los días siguientes fueron un torbellino. Salíamos a taquear en la Roma, su mano en mi muslo bajo la mesa, dedos trazando círculos que me humedecían las panties. En el cine, en la oscuridad, su boca en mi cuello, chupando suave hasta dejarme marca. Yo luchaba por dentro: ¿Y si solo quiere el cuerpo? ¿Soy pendeja por caer tan rápido? Pero su mirada, tan sincera, deshacía mis dudas. Era pasión pura, mutua, como un baile de salsa donde ninguno lidera del todo.

Una noche de viernes, lo invité a mi depa. Preparé tacos de cochinita –mi especialidad yucateca– con chelas frías. El aroma de achiote y cebolla morada llenaba el aire, mezclado con su colonia. Comimos en el sofá, pies entrelazados, riendo de chistes pendejos. "Eres lo máximo, Ana", dijo serio, ojos brillando. Lo besé, esta vez sin freno. Caímos rodando, su peso delicioso sobre mí, camisetas volando al piso.

Sus labios bajaron por mi cuello, lamiendo el sudor de mi clavícula, sabor salado en su lengua. Gemí cuando mordió mi pezón endurecido, chupándolo con hambre, enviando descargas al clítoris. "Te quiero toda", gruñó, manos despojándome de los jeans. Mi piel ardía bajo sus palmas ásperas, callosas del gym. Olía a él: hombre puro, sudor y deseo crudo. Desabroché su chamarra, besando su pecho tatuado, lengua trazando el águila mexicana que latía con su pulso acelerado.

Cuarta frase, ardiente: "Tu piel contra la mía es el paraíso prohibido, sudada y viva, me ahogo en tu fuego".

Me tendí en la cama, luces tenues del skyline de la Condesa filtrándose por la ventana. Él se arrodilló entre mis piernas, ojos devorándome. "Estás chingona, preciosa", murmuró antes de hundir la cara en mí. Su lengua experta lamió mi humedad, saboreándome con gemidos roncos que vibraban en mi centro. Arqueé la espalda, uñas en su pelo, el placer subiendo como ola en Acapulco. "Alex, no pares, cabrón", supliqué, caderas moviéndose solas. Él succionó mi clítoris, dedos curvándose dentro, tocando ese punto que me hacía ver estrellas. El cuarto olía a sexo, a jugos míos y su saliva mezclados.

Lo jalé arriba, queriendo devorarlo. Tomé su verga dura, venosa, palpitante en mi mano. La lamí desde la base, sabor almizclado salado en mi boca, hasta que gimió mi nombre como oración. "Ana, métetela, porfa". Me monté en él, guiándolo lento, sintiéndolo estirarme, llenarme hasta el fondo. Nuestros jadeos se mezclaron con el tráfico lejano, cuerpos chocando húmedos, piel contra piel resbalosa de sudor. Cabalgaba fuerte, pechos rebotando, sus manos en mis caderas marcando ritmo. "¡Sí, así, nena!" rugió, pulgares en mi clítoris frotando.

El clímax llegó como tormenta: yo primero, contrayéndome alrededor de él, grito ahogado en su cuello, olas de placer sacudiéndome. Él me siguió, gruñendo, caliente dentro, espasmos que sentía en cada fibra. Colapsamos, enredados, respiraciones entrecortadas, piel pegajosa y tibia. Su beso post-sexo fue tierno, lengua perezosa explorando mi boca con sabor nuestro.

Quinta frase final: "En tus brazos encuentro mi pasión eterna, amor diario que no acaba, solo crece".

Despertamos con el sol colándose, café humeante en la cocina, sus brazos rodeándome por detrás. "Esto apenas empieza, mi vida", susurró, mano bajando juguetona. Sonreí, abriendo mi diario. Frases de amor diario de una pasión: ya no era solo palabras, era nuestra historia viva, sensual, mexicana hasta los huesos. Y sabía que habría más entradas, más fuego, más nosotros.

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