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Pasión de Gavilanes Letra en la Piel

7327 palabras

Pasión de Gavilanes Letra en la Piel

En la hacienda de los Reyes, bajo el sol ardiente de Jalisco, Ana sentía el aire cargado de promesas. El viento traía el aroma dulce de las magueyeras y el eco lejano de mariachis en el pueblo. Ella, con su blusa de manta ajustada al cuerpo curvilíneo, caminaba por el porche de madera, sintiendo cómo el calor subía por sus piernas morenas. Hacía meses que no veía a Diego, su carnal, el wey que la volvía loca con solo una mirada. Él llegaba esa tarde desde la ciudad, y el pinche nerviosismo le hacía cosquillas en el estómago.

¿Y si esta vez no aguanto? ¿Y si le salto encima apenas baje del camión?
pensó Ana, mordiéndose el labio mientras imaginaba sus manos grandes recorriéndole la espalda.

Diego apareció al atardecer, polvorienta la camisa blanca pegada al pecho musculoso por el sudor. Sus ojos negros la devoraron desde el primer instante. "¡Mi reina!", gritó bajándose de un salto, y la abrazó fuerte, su aliento cálido oliendo a tequila y tabaco fresco. Ana inhaló profundo, el olor de su piel la mareaba, como tierra mojada después de la lluvia. Sus cuerpos se pegaron, y ella sintió la dureza de él presionando contra su vientre. "Te extrañé, carnal", murmuró él al oído, su voz ronca como un corrido prohibido.

Entraron a la casa grande, con sus muebles de cedro y el piso de barro pulido. Cenaron tacos de carnitas jugosos, el jugo chorreando por sus dedos, y Ana no podía dejar de mirarlo. La radio del comedor sintonizó una estación de Guadalajara, y de pronto, la letra de Pasión de Gavilanes llenó el aire. "¡Órale, esa rola!", exclamó Diego, sonriendo pícaro. Ana sintió un escalofrío; esa canción siempre le removía algo profundo, como un fuego lento en las entrañas.

Después de la cena, se sentaron en la sala con una botella de mezcal ahumado. El licor bajaba ardiente por la garganta de Ana, calentándole el pecho. Diego la jaló a su regazo, sus manos firmes en sus caderas. "Cántame la letra, mi amor", le pidió, besándole el cuello. Ella rio bajito, el aliento entrecortado.

Esta noche va a ser larga, neta
, se dijo, mientras empezaba a susurrar las palabras: "Vuelve, vuelve por favor, que sin ti no sé qué hacer". Su voz era suave, temblorosa, y cada sílaba se convertía en caricia.

El beso empezó lento, labios rozándose como pétalos húmedos. Diego probó el mezcal en su boca, dulce y picante. Sus lenguas danzaron, y Ana gimió suave cuando él le mordió el labio inferior. Las manos de él subieron por su blusa, desabrochando botones con prisa contenida, exponiendo sus pechos llenos al aire fresco de la noche. El sonido de la tela rasgándose levemente la excitó más. "Eres tan rica, Ana", gruñó él, lamiendo el sudor salado de su clavícula. Ella arqueó la espalda, sintiendo el roce áspero de su barba en la piel sensible.

Se levantaron tambaleantes, besándose camino al cuarto. El pasillo olía a jazmines del jardín, y el crujido de la madera bajo sus pies marcaba el ritmo acelerado de sus corazones. En la recámara, iluminada por velas de sebo que parpadeaban sombras danzantes en las paredes encaladas, Diego la tumbó en la cama de algodón grueso. Ana lo miró, el pulso latiéndole en las sienes.

Quiero que me haga suya ya, pero despacito, que dure
.

Él se quitó la camisa, revelando el torso bronceado, marcado por el trabajo en el campo. Ana extendió las manos, tocando los músculos duros, sintiendo el calor que emanaba de él como de una fogata. Bajó los dedos a su pantalón, desabrochándolo con dedos temblorosos. La verga de Diego saltó libre, gruesa y venosa, palpitando al aire. Ella la tomó, suave al principio, sintiendo la piel aterciopelada sobre el acero. "¡Ay, wey, qué chingona!", susurró, lamiendo la punta, saboreando el gusto salado y almizclado de su excitación.

Diego jadeó, el sonido gutural llenando la habitación. La volteó boca abajo, besándole la nuca mientras le bajaba la falda. Sus nalgas redondas quedaron expuestas, y él las amasó con ganas, dejando huellas rojas de sus dedos. "Te voy a comer entera", prometió, separándole las piernas. Ana sintió su aliento caliente en el centro de su ser, y cuando la lengua de él tocó su clítoris hinchado, gritó de placer. El roce húmedo, circular, la volvía loca; olía su propia humedad mezclada con el aroma terroso de él. Lamía despacio, chupando los labios vaginales, metiendo la lengua adentro como si quisiera devorarla. Ella se retorcía, las sábanas enredándose en sus puños, el corazón tronándole en el pecho.

No pares, pinche cabrón, dame más
, rogaba en silencio, empujando las caderas contra su boca. Diego obedecía, dos dedos gruesos entrando en ella, curvándose para tocar ese punto que la hacía ver estrellas. El sonido chapoteante de su excitación era obsceno, delicioso, y Ana se corrió fuerte, el cuerpo convulsionando, un grito ahogado escapando de su garganta. El orgasmo la dejó temblando, el sudor pegajoso en la piel.

Pero no era suficiente. Lo jaló arriba, guiándolo dentro de ella. Diego entró lento, centímetro a centímetro, estirándola deliciosamente. "¡Qué apretada, mi vida!", gemó él, el peso de su cuerpo presionándola al colchón. Empezaron a moverse, un vaivén hipnótico: él saliendo casi todo, ella arqueándose para recibirlo de nuevo. El choque de piel contra piel resonaba como palmadas en la quietud de la noche, mezclado con sus jadeos y susurros. Ana clavó las uñas en su espalda, oliendo el sudor fresco que perlaba su frente. Recordó la letra de Pasión de Gavilanes, y la canturreó entre gemidos: "Te entrego mi pasión, gavilán de mi corazón". Diego rio ronco, acelerando el ritmo, sus embestidas profundas y posesivas.

La tensión crecía, como una tormenta en el horizonte. Ana sentía cada vena de él frotando sus paredes internas, el glande golpeando su cervix con precisión. Sus pezones rozaban el pecho velludo de él, enviando chispas por su espina. "Más fuerte, pendejo, rómpeme", suplicó ella, y él obedeció, follando con furia contenida. El catre chirriaba, las velas titilaban al borde de apagarse. El olor a sexo impregnaba el aire, espeso y embriagador: almizcle, sudor, esencia de mujer.

El clímax los alcanzó juntos. Diego se hinchó dentro de ella, gruñendo como animal, y Ana sintió el chorro caliente llenándola, desencadenando su propio éxtasis. Ondas de placer la recorrieron, desde el útero hasta las yemas de los dedos, el mundo reduciéndose a esa unión perfecta. Gritaron al unísono, cuerpos temblando en espasmos sincronizados.

Después, yacieron enredados, el pecho de él subiendo y bajando contra el de ella. El aire se enfriaba, trayendo brisa del campo. Ana trazaba círculos perezosos en su piel, saboreando el regusto salado en sus labios. "Esa letra de Pasión de Gavilanes siempre nos prende, ¿verdad?", murmuró Diego, besándole la sien. Ella sonrió, el corazón lleno.

Esto es lo que necesitaba, mi gavilán
.

La luna entraba por la ventana, bañándolos en plata. Se durmieron así, pegados, con el eco de la pasión resonando en sus almas, listos para más amaneceres ardientes en la hacienda.

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