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Pasión de Gavilanes Capítulo 30 Fuego en la Sangre

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Pasión de Gavilanes Capítulo 30 Fuego en la Sangre

La noche en el rancho Gavilanes era espesa como el deseo que Gabriela llevaba días conteniendo. El aire olía a tierra húmeda después de la lluvia vespertina, mezclado con el aroma dulce de las bugambilias que trepaban por las paredes de adobe. Las luces tenues de las lámparas de aceite parpadeaban, proyectando sombras danzantes en el porche donde ella se mecía en una mecedora de madera, con una copa de vino tinto en la mano. Acababa de ver Pasión de Gavilanes capítulo 30, ese momento en que los amantes se entregan al fin, con besos que queman y miradas que prometen todo.

¡Neta, si mi vida fuera como esa telenovela!,
pensó Gabriela, sintiendo un cosquilleo traicionero entre las piernas.

Víctor llegó montado en su caballo negro, el sudor perlando su camisa blanca pegada al pecho musculoso. Desmontó con esa gracia de vaquero que siempre la ponía cardíaca. Órale, Gabriela, dijo con voz ronca, quitándose el sombrero charro y dejando que el viento jugara con su cabello oscuro. Te ves cañón esta noche, chula. ¿Qué traes en esa mirada? Parece que me vas a comer vivo.

Ella se levantó despacio, el vestido floreado ceñido a sus curvas, rozando sus muslos con cada paso. El corazón le latía fuerte, como tambores rancheros en una fiesta. Se acercó, oliendo su aroma varonil: cuero, caballo y un toque de colonia barata que la volvía loca. Güey, acabo de ver Pasión de Gavilanes capítulo 30, murmuró, pasando los dedos por su pecho. Allí los hermanos Reyes se lanzan sin freno. Me dejó pensando en nosotros, en lo que nos hemos estado guardando.

Víctor la tomó por la cintura, atrayéndola contra su cuerpo duro. Sus manos grandes, callosas del trabajo en el rancho, se deslizaron por su espalda baja, deteniéndose en la curva de sus nalgas. ¿Ah sí? Entonces hagamos nuestro propio capítulo, mi reina, respondió, su aliento cálido en su cuello. Sus labios rozaron la piel sensible allí, enviando chispas por todo su cuerpo. Gabriela jadeó, el sonido suave perdido en el coro de grillos y el ulular lejano de un búho.

Entraron a la casa principal, el piso de loseta fría bajo sus pies descalzos contrastando con el calor que los envolvía. La sala estaba iluminada por velas, el aire cargado de jazmín del jardín. Víctor la besó entonces, un beso hambriento, lenguas danzando con sabor a vino y urgencia. Sus dientes mordisquearon su labio inferior, tirando suavemente, mientras sus manos subían el vestido, acariciando los muslos suaves.

¡Carajo, este hombre me prende como mecha!,
pensó ella, arqueándose contra él, sintiendo la dureza de su erección presionando su vientre.

La llevó al cuarto, una habitación amplia con cama king de sábanas de algodón egipcio, traídas de la ciudad. La tumbó con cuidado, pero sus ojos ardían de impaciencia. Se quitó la camisa, revelando el torso bronceado, marcado por músculos que hablaban de días domando potros. Gabriela lo miró, lamiéndose los labios, el pulso acelerado en sus sienes. Quítate eso, nene, ordenó ella con voz juguetona, incorporándose para ayudarlo con el cinturón. El cuero crujió, el metal del hebilla tintineó al caer. Su pantalón bajó, liberando su verga gruesa, venosa, ya palpitante y lista.

¡Mírala, qué chingona está por ti! gruñó Víctor, tomándola por el cabello suave y guiándola hacia abajo. Gabriela no dudó; abrió la boca, saboreando la piel salada, el gusto almizclado que la hacía salivar. Lo lamió desde la base hasta la punta, chupando con hambre, oyendo sus gemidos roncos que reverberaban en su pecho. ¡Sí, así, cabrona rica! Me vas a volver loco, jadeó él, sus caderas moviéndose sutilmente. Ella lo tomó más profundo, la garganta relajada, las manos masajeando sus bolas pesadas. El olor de su excitación la embriagaba, mezclado con el sudor fresco.

Pero Víctor no era de los que se deja dominar. La levantó de un tirón, volteándola boca abajo en la cama. El colchón se hundió bajo su peso. Le subió el vestido hasta la cintura, exponiendo sus nalgas redondas, la tanga de encaje negro ya empapada. Estás chorreando, mi amor, murmuró, pasando los dedos por la tela húmeda, frotando el clítoris hinchado. Gabriela gimió alto, el sonido crudo y animal, frotándose contra su mano. ¡Por favor, Víctor, métemela ya! No aguanto, suplicó, el cuerpo temblando de anticipación.

Él rasgó la tanga con un movimiento seco, el aire fresco golpeando su panocha expuesta, caliente y resbaladiza. Se posicionó detrás, la punta de su verga rozando los labios vaginales, untándose de sus jugos. Entró despacio al principio, centímetro a centímetro, estirándola deliciosamente. ¡Qué apretadita estás, pinche delicia! exclamó, embistiendo más profundo. Gabriela gritó de placer, las uñas clavándose en las sábanas, el roce interno enviando ondas de éxtasis. El slap-slap de piel contra piel llenó la habitación, sincronizado con sus respiraciones agitadas.

Cambiaron posiciones, ella encima ahora, cabalgándolo como amazona en el rancho. Sus pechos rebotaban libres, los pezones duros rozando su pecho velludo. Víctor los atrapó con la boca, succionando fuerte, mordisqueando hasta que ella aulló. ¡Más duro, pendejo! Dame todo, exigió Gabriela, girando las caderas, sintiendo cómo su verga golpeaba ese punto sensible adentro. El sudor los unía, resbaloso y caliente; el olor a sexo crudo impregnaba el aire, embriagador como tequila añejo.

La tensión crecía, espirales de placer enrollándose en su vientre. Víctor la volteó de nuevo, piernas sobre sus hombros, penetrándola con furia controlada. Cada embestida era un trueno, sus gemidos un coro salvaje.

Esto es mejor que cualquier capítulo de Pasión de Gavilanes,
pensó ella fugazmente, perdida en el vaivén. El orgasmo la golpeó primero, un tsunami que la hizo convulsionar, la panocha contrayéndose alrededor de él, chorros de placer mojando las sábanas. ¡Me vengo, carajo! ¡Sííí! chilló.

Víctor la siguió segundos después, gruñendo como toro, llenándola con chorros calientes, su cuerpo tenso sobre el de ella. Colapsaron juntos, jadeantes, el pecho subiendo y bajando en unisono. El silencio post-orgasmo era roto solo por sus respiraciones y el viento susurrando fuera.

Se quedaron abrazados, piel pegada a piel, el semen goteando lento entre sus muslos. Víctor besó su frente, suave ahora. Eres mi pasión eterna, Gabriela. Como esos gavilanes que no se rinden, susurró. Ella sonrió, trazando círculos en su espalda con la uña. Y tú mi capítulo favorito, cada noche. El rancho Gavilanes los acunaba, prometiendo más fuegos por venir, en esa vida mexicana de amores intensos y cuerpos que no mienten.

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