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Gabriel Rolon El Precio de la Pasion

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Gabriel Rolon El Precio de la Pasion

Ana caminaba por las calles elegantes de Polanco, con el libro en la mano. El Precio de la Pasión de Gabriel Rolón. Lo había comprado esa mañana en la librería de La Fuente, atraída por la portada sensual y el nombre del autor que tanto revuelo causaba en las redes. Neta, el wey escribía sobre el fuego interno que todos cargamos, ese que quema si no lo dejas salir. Sus palabras la habían puesto caliente toda la noche anterior, imaginando escenarios prohibidos pero consentidos, donde el cuerpo manda y el alma se rinde.

El aroma a café recién molido de las cafeterías chic flotaba en el aire, mezclado con el perfume caro de las transeúntes. Ana ajustó su vestido negro ajustado, que marcaba sus curvas de manera perfecta, sintiendo cómo la tela rozaba su piel suave con cada paso. Tenía treinta años, soltera por elección, y hoy iba a la conferencia de Rolón en el hotel Camino Real. ¿Y si lo conozco?, pensó, con el corazón latiéndole más rápido. El sol de la tarde CDMX calentaba su nuca, y un cosquilleo la recorrió desde los pechos hasta el entrepierna.

¿Qué precio pagaría yo por una noche de pasión desatada? Gabriel Rolón lo explica en su libro: el riesgo de perder el control, pero qué chido vale la pena.

En el auditorio, el lugar bullía de gente elegante: mujeres con escotes profundos, hombres con camisas impecables. Ana se sentó en la tercera fila, oliendo el leve perfume amaderado del tipo a su lado. Entonces entró él. Gabriel Rolón, alto, con esa mirada penetrante de ojos oscuros, barba recortada y una sonrisa que prometía secretos. Vestía un traje gris que se ajustaba a su cuerpo atlético. Habló con voz grave, ronca, como un ronroneo que vibraba en el pecho de Ana.

"La pasión tiene un precio, amigos. Es el de entregarte sin reservas, de sentir el pulso acelerado, el sudor en la piel, el sabor salado de los besos que te dejan sin aliento", dijo, y Ana cruzó las piernas, sintiendo la humedad crecer entre sus muslos. Sus palabras eran como caricias invisibles, evocando toques que aún no había sentido.

Al final, la fila para firmas era eterna. Cuando le tocó, sus manos se rozaron al pasarle el libro. El contacto fue eléctrico: piel cálida, dedos fuertes. "¿Qué te pareció, preciosa?", preguntó él, con acento argentino que sonaba como miel caliente.

"Neta, me voló la cabeza. Hablas de la pasión como si la hubieras vivido en carne propia", respondió ella, mirándolo a los ojos. Olía a sándalo y algo masculino, embriagador.

"La vivo cada día. ¿Quieres un café y platicamos más? Hay un bar aquí cerca", propuso, y Ana sintió un rush de adrenalina. Sí, carajo, sí.

En el bar del hotel, luces tenues, jazz suave de fondo. Tomaban margaritas heladas, el sabor ácido y salado explotando en la lengua de Ana. Hablaron de todo: de sus libros, de la vida en México, de deseos reprimidos. Gabriel la miraba como si ya la estuviera desnudando, y ella notaba cómo su camisa se tensaba sobre el pecho musculoso.

"El precio de la pasión es alto, Ana. Pierdes la razón, pero ganas el éxtasis", murmuró él, rozando su rodilla con la suya bajo la mesa. El toque envió ondas de calor por su cuerpo. Ella se mordió el labio, imaginando sus manos explorándola.

Estoy mojada, neta. Este wey me tiene al borde. ¿Me atrevo a pagar el precio?

La tensión crecía con cada sorbo. Sus risas se volvían roncas, las miradas más intensas. "¿Subimos a mi suite? Quiero mostrarte algo del libro que no está en las páginas", dijo él, y Ana asintió, el pulso retumbando en sus oídos como tambores.

En el elevador, solos, él la acorraló contra la pared. Sus labios se encontraron en un beso feroz, lenguas danzando con urgencia. Sabía a tequila y deseo, su barba raspando deliciosamente su piel. Manos por todas partes: él apretando sus nalgas firmes, ella enredando dedos en su cabello oscuro. El ding del elevador los separó, jadeantes.

La suite era lujo puro: vistas a Reforma, cama king size con sábanas de seda. Olía a lavanda fresca y a él. Se desnudaron con prisa consentida, ojos devorándose. El cuerpo de Gabriel era esculpido: pectorales duros, abdomen marcado, verga erecta y gruesa palpitando. Ana se sintió poderosa, deseada, sus pechos turgentes, pezones duros como piedras, panocha depilada brillando de excitación.

"Eres preciosa, Ana. Déjame pagarte el precio de esta pasión", gruñó, tumbándola en la cama. Sus besos bajaron por su cuello, lamiendo el sudor salado, chupando pezones que dolían de placer. Ella gemía, "¡Ay, wey, sí!", arqueando la espalda. El sonido de sus respiraciones agitadas llenaba la habitación, mezclado con el tráfico lejano de la ciudad.

Él descendió, inhalando su aroma almizclado, íntimo. Lengua experta en su clítoris, círculos lentos que la volvían loca. Ana agarraba las sábanas, caderas moviéndose solas. "¡No pares, Gabriel! Neta, me vas a hacer venir". Él succionaba, dedos curvados dentro, tocando ese punto que la hacía ver estrellas. El orgasmo la golpeó como ola: temblores, gritos ahogados, jugos calientes en su boca.

Esto es el precio: mi alma en llamas, pero qué chingón se siente.

Recuperada, Ana lo empujó boca arriba. "Ahora yo". Montó su cara, restregando su concha húmeda en su lengua ansiosa. Él lamía como poseído, manos en sus tetas. Luego bajó, guiando su verga hinchada a su entrada. Se hundió lento, centímetro a centímetro, estirándola deliciosamente. "¡Qué rica estás, tan apretada!", jadeó él.

Cabalgó con furia, piel contra piel chapoteando, sudor perlando sus cuerpos. El olor a sexo impregnaba el aire, espeso, animal. Gabriel la volteó, embistiéndola desde atrás, nalgas rebotando contra su pelvis. Manos en su clítoris, pellizcando pezones. "¡Córrete conmigo, Ana!".

La tensión acumulada explotó. Ella gritó, paredes convulsionando alrededor de su verga, ordeñándolo. Él rugió, llenándola de semen caliente, pulsos interminables. Colapsaron, entrelazados, corazones galopando al unísono. Besos suaves ahora, lenguas perezosas.

Después, en la cama revuelta, fumando un cigarro compartido –prohibido pero qué padre–, Ana lo miró. "Gabriel Rolón, El Precio de la Pasión cobra vida contigo".

"Y tú lo pagaste con creces, mi reina. Pero valió cada segundo", respondió él, acariciando su muslo pegajoso.

El precio fue alto: una noche que me cambia para siempre. Pero la pasión renace, y yo estoy lista para más.

Al amanecer, Reforma despertaba con cláxones y vendedores ambulantes. Ana se vistió, piernas temblorosas, sabor a él en la boca. Se despidieron con un beso largo, promesa de futuros encuentros. Bajó al lobby, el libro firmado en su bolsa: "Para Ana, que conoce el verdadero precio. Gabriel".

En la calle, el sol la calentaba, pero el fuego interno ardía más. Había pagado, sí, con el alma expuesta, el cuerpo saciado. Y qué chido precio.

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