Pasiones Robadas Pelicula Descargada En Mi Piel
Era una noche de viernes cualquiera en mi depa de Polanco, con el skyline de la Ciudad de México brillando por la ventana como un mar de luces chidas. Yo, Ana, de veintiocho pirulos, soltera y con un calor que no se me quitaba ni con el aire acondicionado al tope. Neta, necesitaba algo que me prendiera el ánimo. Agarré mi laptop, me eché en la cama con las sábanas revueltas oliendo a mi perfume de vainilla, y busqué en Google: "pasiones robadas pelicula descargar". En dos minutos ya tenía el archivo bajando a toda madre, el ícono girando como mi cabeza llena de ideas culeros.
La peli empezó con esa música de piano dramático que te eriza la piel, una historia de amantes que se roban besos a escondidas en haciendas mexicanas antiguas. La chava de la pantalla tenía unos ojos negros que hipnotizaban, y el vato, un moreno con torso marcado que te hacía mojar las calzones con solo verlo quitarse la camisa. Yo traía un baby doll cortito de encaje negro, sin nada debajo, y mientras la veía, mis manos se fueron solas a mis tetas. Sentí los pezones endureciéndose bajo mis dedos, duros como piedritas, y un cosquilleo subiendo por mi panza hasta el clítoris que ya palpitaba qué chido.
¿Por qué carajos estoy sola viendo esto? Debería estar con un carnal que me coma viva, pensé, mientras la escena se ponía heavy: ella gimiendo bajito, él lamiéndole el cuello con lengua caliente y húmeda.
El volumen estaba alto, la pantalla iluminando mi cuarto con destellos azules y rojos. De repente, un golpe en la puerta me sacó del trance. ¿Quién vergas a estas horas? Me levanté, el corazón latiéndome como tambor de banda, y abrí una rendija. Ahí estaba Marco, mi vecino del depa de al lado, el güey que siempre saluda con sonrisa pícara y cuerpo de gym que se nota hasta con sudadera. Alto, piel morena, barba de tres días que me imaginaba raspando mis muslos.
—Órale, Ana, ¿todo chido? Oí ruidos raros, como si estuvieras viendo una peli de terror o algo —dijo con esa voz grave que me ponía la piel de gallina.
—Pasa, pendejo, no es terror, es... algo mejor —le contesté riendo, abriendo la puerta de par en par. Olía a su colonia fresca, mezclada con sudor ligero de quien acaba de entrenar. Entró, vio la laptop en la cama, la peli pausada en el momento justo donde el vato mete la mano entre las piernas de ella.
—No mames, ¿Pasiones Robadas? ¿La descargaste de la red? Esa está buena, carnala. ¿Me dejas ver contigo? —preguntó, sentándose en la cama sin pena, sus ojos clavados en mí más que en la pantalla.
El aire se cargó de tensión, como antes de una tormenta en el DF. Reanudé la peli, y nos quedamos cerquita, mis piernas rozando las suyas. Sentía el calor de su muslo subiendo por mi piel, el roce de su pantalón de chándal contra mi baby doll. En la pantalla, los amantes se besaban con hambre, lenguas enredadas, manos explorando curvas. Mi respiración se aceleró, y noté que Marco se movía inquieto, su verga endureciéndose bajo la tela, marcando un bulto que me hizo salivar.
—Estas pasiones robadas me están poniendo caliente, murmuré, girándome hacia él. Nuestras miradas chocaron, pupilas dilatadas como en la peli.
—A mí también, Ana. Neta, desde que te vi hoy en el elevador con ese short, no pienso en otra cosa —confesó, su mano grande posándose en mi rodilla, subiendo despacio por mi muslo interior. Tocó suave, como probando, y yo abrí las piernas un poquito, invitándolo. El olor a su excitación llegó a mi nariz, almizclado y macho, mezclándose con mi humedad que ya empapaba las sábanas.
Sus dedos llegaron a mi coñito, rozando los labios hinchados. Qué delicia, gemí bajito cuando metió un dedo, luego dos, moviéndolos en círculos lentos que me hacían arquear la espalda. Yo agarré su verga por encima del pantalón, dura como fierro, palpitando en mi palma. La saqué, grande, venosa, con la cabeza brillando de precum que probé con la lengua, salado y dulce como tequila añejo.
Esto es mejor que cualquier pelicula descargada, esto es real, piel con piel, sudor con sudor.
Nos quitamos la ropa a tirones, su boca devorando mis tetas, chupando pezones con succión que mandaba chispas directo a mi clítoris. Yo lo empujé a la cama, montándome encima, frotando mi panocha mojada contra su verga, lubricándola con mis jugos. Te voy a cabalgar hasta que grites mi nombre, cabrón, le dije al oído, mordiéndole el lóbulo. Él gruñó, manos en mi culo apretando carne, dedos hundiéndose en mis nalgas.
La peli seguía sonando de fondo, gemidos falsos eclipsados por los nuestros reales. Me hundí en él despacio, centímetro a centímetro, sintiendo cómo me llenaba, estirándome hasta el fondo. ¡Ay, qué rico! grité, empezando a mover las caderas en círculos, luego arriba-abajo, rápido, el slap-slap de piel contra piel llenando el cuarto. Sudábamos como locos, el olor a sexo impregnando todo, sus bolas golpeando mi culo con cada embestida.
Marco se incorporó, volteándome de lado, metiéndomela por atrás mientras lamía mi cuello. Su mano bajó a mi botoncito, frotándolo con expertise, círculos precisos que me volvían loca. Vente conmigo, Ana, córrete en mi verga, jadeó en mi oído, su aliento caliente acelerando mi pulso. La tensión creció como ola gigante, mis músculos contrayéndose alrededor de él, el placer subiendo desde las entrañas hasta explotar en un orgasmo que me dejó temblando, gritando su nombre mientras chorros de placer me mojaban las piernas.
Él no tardó, embistiendo fuerte unas veces más, gruñendo como animal, llenándome con su leche caliente que sentí chorreando adentro. Nos quedamos pegados, jadeando, cuerpos enredados en sábanas húmedas. La peli terminó sola, créditos rodando en silencio.
—Pasiones robadas hechas reales, susurró él, besándome la frente, su mano acariciando mi espalda en círculos perezosos.
Yo sonreí, sintiendo el afterglow envolviéndome como manta suave. Quién iba a decir que descargar una peli me traería esto. Nos quedamos así, platicando de tonterías, promesas de más noches así, sabiendo que esto apenas empezaba. El skyline seguía brillando afuera, testigo de nuestras pasiones no robadas, sino compartidas a full.