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Diary of a Burning Passion

7508 palabras

Diary of a Burning Passion

Entrada del 15 de mayo

¡Ay, neta que hoy empezó todo! Me llamo Ana, tengo veintiocho pirulos y vivo en esta chingona Guadalajara que no para de hervir. Fui a esa peda en la casa de mi cuate Lupe, en la Zona Rosa, con luces neón parpadeando y música reggaetón retumbando hasta los huesos. El aire olía a tacos al pastor chamuscados y mezcal ahumado, de ese que te quema la garganta como un beso prohibido. Ahí lo vi: Marco, alto, moreno, con esa sonrisa pícara que te hace sentir que ya te quitó la ropa con la mirada.

Estábamos platicando de pendejadas, riéndonos de cómo el pinche tráfico de la Minerva nos tiene hasta la madre. Su voz grave me erizaba la piel, como si me rozara con los dedos. Me miró fijo y dijo: "Órale, Ana, tus ojos son como el tequila reposado, intensos y adictivos". Sentí un calor subiéndome por el pecho, bajando hasta el ombligo. Quise besarlo ahí mismo, pero me contuve. Le di mi número y me fui a mi depa, con el corazón latiendo como tamborazo zacatecano.

Le voy a poner a este diario un título en inglés: Diary of a Burning Passion. Porque esta pasión que siento ya me está quemando por dentro.

Entrada del 17 de mayo

Me mandó un whats dos días después: "Ey, güey, ¿cena esta noche? Te invito a un lugar chido en Providencia". ¡No lo pensé! Me puse mi vestido negro ceñido, ese que marca las curvas como si fuera pecado. Llegué al restaurante, con velitas titilando y jazz suave flotando en el aire cargado de jazmín y carne asada. Marco ya estaba ahí, con camisa blanca arremangada, mostrando unos antebrazos fuertes que imaginé apretándome la cintura.

Comimos enchiladas suizas cremosas, el queso derritiéndose en mi lengua como su aliento cuando se acercó para probar de mi plato. Nuestras rodillas se rozaron bajo la mesa, un toque eléctrico que me hizo apretar los muslos. Hablamos de todo: de cómo él es arquitecto y diseña casas que parecen sueños eróticos, de mis días en la agencia de publicidad creando campañas que venden deseo. Pero en mi cabeza, solo pensaba en cómo sabría su piel, salada y cálida bajo mi boca.

Al salir, el viento fresco de la noche nos envolvió, trayendo olor a lluvia lejana. Me tomó de la mano, su palma áspera contra mi suavidad, y me llevó a su coche. No dijimos nada, pero el silencio estaba lleno de promesas. Me dejó en mi puerta con un beso en la mejilla que duró demasiado, su barba raspándome deliciosamente. Me metí a bañar, el agua caliente cayendo como sus dedos imaginarios, y me toqué pensando en él. ¡Pinche Marco, me traes bien caliente!

Entrada del 20 de mayo

La tensión crecía como tormenta en el horizonte. Mensajes calientes todo el día: él mandándome fotos de su gym, yo respondiendo con selfies en lencería sutil. "Ven a mi casa, Ana. No aguanto más", me escribió anoche. Fui. Su depa en Chapalita era puro lujo: ventanales con vista a las luces de la ciudad, piel de cuero en los sofás y un aroma a sándalo que me mareaba de lujuria.

Entramos riendo, pero el aire se cargó al instante. Me sirvió un ron con cola, el hielo tintineando como mi pulso acelerado. Nos sentamos cerca, demasiado cerca. Su mano en mi rodilla subió despacio, trazando círculos que me hicieron jadear. "Eres una chingona, Ana", murmuró, su aliento con sabor a ron rozando mi oreja. Lo besé yo primero, hambrienta, mi lengua explorando la suya, dulce y urgente.

Nos fuimos desvistiendo entre besos, su camisa cayendo al piso con un sonido suave. Toqué su pecho firme, los músculos tensos bajo mis uñas, oliendo su sudor fresco mezclado con colonia. Me levantó en brazos, fuerte como un toro, y me llevó a su cuarto. La cama king size nos esperaba, sábanas de algodón egipcio frías contra mi espalda ardiente. Me quitó el bra, lamiendo mis pezones hasta ponérmelos duros como piedras, chupando con un gemido que vibró en mi piel.

En mi mente gritaba: ¡Sí, cabrón, así, no pares!

Le bajé el pantalón, su verga saltando libre, gruesa y venosa, palpitando contra mi mano. La acaricié despacio, sintiendo su calor pulsante, el precum salado en mi lengua cuando la probé. Él gimió "¡Qué rica boca, nena!", enredando sus dedos en mi pelo. Me abrió las piernas, besando mi interior de muslos, su nariz rozando mi clítoris hinchado. Lamidas lentas, su lengua plana lamiendo mi humedad, saboreándome como el mejor mole poblano, espeso y adictivo.

Me corrí primero, arqueándome, el placer explotando en olas que me dejaron temblando, mi grito ahogado en la almohada. Pero no paró. Se puso un condón –siempre responsable, qué chido– y entró en mí despacio, llenándome centímetro a centímetro. Sentí cada vena rozando mis paredes, su grosor estirándome deliciosamente. Empezó a moverse, lento al principio, el sonido de piel contra piel como palmadas rítmicas, sudor goteando de su frente a mi pecho.

Entrada del 21 de mayo

¡Madre mía, qué noche! Aceleró, follándome profundo, mis uñas clavadas en su espalda, dejando marcas rojas. "¡Más duro, Marco, rómpeme!", le supliqué, y él obedeció, embistiéndome como un animal en celo. El olor a sexo llenaba la habitación, almizcle y fluidos mezclados con nuestro sudor. Mi segundo orgasmo llegó como tsunami, contrayéndome alrededor de él, ordeñándolo. Él gruñó, tenso, y se vino dentro, su verga latiendo chorros calientes contra el látex.

Caímos exhaustos, jadeando, su peso sobre mí reconfortante. Besos suaves después, lenguas perezosas, dedos trazando patrones en mi piel húmeda. Me quedé a dormir, su brazo alrededor de mi cintura, el latido de su corazón contra mi oreja como una nana erótica. Al amanecer, el sol filtrándose por las cortinas, oliendo a café y pan dulce que él preparó. Desayunamos desnudos en la cocina, riendo de tonterías, sus manos aún queriendo más.

Pero no es solo físico, ¿sabes? Con Marco siento una conexión chingona, como si leyera mis pensamientos sucios. Me hace sentir poderosa, deseada, no solo un cuerpo sino una diosa mexicana con curvas que conquistan. Esta pasión arde, pero quiero que dure.

Diary of a Burning Passion... este título en inglés le queda perfecto a lo que vivo. Porque quema, ilumina y consume.

Entrada del 25 de mayo

Han pasado unos días y ya nos vimos dos veces más. La última, en mi depa, con velas aromáticas a vainilla y chocolate mexicano derritiéndose en mis labios mientras él me comía entera. Exploramos todo: él de rodillas lamiéndome el culo, yo cabalgándolo hasta que suplicó piedad. Cada toque es fuego, cada gemido una sinfonía. Siento su aliento en mi cuello ahora mismo, recordándolo, y me mojo de nuevo.

Pero hay un conflicto chiquito: él viaja mucho por trabajo, y yo temo que esta llama se apague. Anoche, entre embestidas, le confesé mis miedos. "No seas pendeja, Ana", dijo riendo, besándome el alma. "Vamos a avivar esto todos los días". Y lo hizo, corriéndonos juntos bajo la ducha, el agua caliente lavando pecados mientras nos prometíamos más.

Ahora, acostada sola, huelo su colonia en mi almohada, saboreo el eco de su semen en mi garganta. Esta pasión no es solo sexo; es vida, es México en mis venas: picante, intensa, inolvidable. Y quiero más páginas en este diario.

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