Relatos Prohibidos
Inicio Infidelidad El Color de la Pasión Capítulo 7 El Color de la Pasión Capítulo 7

El Color de la Pasión Capítulo 7

6394 palabras

El Color de la Pasión Capítulo 7

La noche en la hacienda de Tequila envolvía todo con su manto morado, ese color de la pasión que tanto me recordaba a los ojos de Diego. Yo, Ana, había llegado hasta aquí huyendo de las sombras de mi pasado, pero ahora, en este capítulo 7 de mi vida, la pasión ardía como el sol del mediodía en Guadalajara. El aire olía a agave maduro y jazmín silvestre, y el sonido lejano de las mariachis en el pueblo cercano me erizaba la piel. Diego me esperaba en la terraza, con su camisa blanca entreabierta dejando ver el vello oscuro de su pecho, ese hombre moreno y fuerte que me hacía temblar con solo una mirada.

¿Por qué carajos me pongo así con él? pensé mientras subía las escaleras de piedra, mis sandalias resonando contra los escalones. Llevaba un vestido rojo ajustado, sin nada debajo, porque neta, esta noche quería que todo fluyera natural, sin barreras. Él se giró al oírme, sus labios curvándose en esa sonrisa pícara que gritaba ven pa'cá, morra.

—Órale, Ana, estás riquísima —dijo con esa voz grave, como ronroneo de jaguar, acercándose para rozar mi cintura con sus manos callosas de tanto trabajar la tierra.

Su toque fue eléctrico, un cosquilleo que subió por mi espina dorsal hasta mi nuca. Lo miré a los ojos, negros como el mezcal que nos esperaría después, y sentí el primer pulso de deseo entre mis piernas. Nos besamos ahí mismo, bajo las estrellas, sus labios sabiendo a tequila y sal, su lengua explorando mi boca con hambre contenida. El viento jugaba con mi pelo, trayendo el aroma de su colonia mezclada con sudor fresco, y yo me perdí en ese beso que prometía más.

Entramos a la habitación principal, iluminada solo por velas que parpadeaban como corazones latiendo. La cama king size con sábanas de algodón egipcio nos llamaba, pero no nos apresuramos. Diego me quitó el vestido despacio, sus dedos trazando la curva de mis hombros, bajando por mis pechos hasta mis caderas. Su piel contra la mía, caliente como hierro forjado, pensé, mientras yo desabotonaba su camisa, oliendo el musk de su excitación que ya se notaba en el bulto de sus jeans.

—Eres la neta, Ana. Me vuelves loco —murmuró, besando mi cuello, mordisqueando suave hasta que gemí bajito.

Nos tumbamos en la cama, cuerpos entrelazados, explorándonos con manos ansiosas pero pacientes. Sus dedos encontraron mi humedad, resbalando fácil por lo mojada que estaba. ¡Ay, cabrón! El roce era perfecto, círculos lentos que me hacían arquear la espalda, el sonido de mi respiración agitada llenando la habitación junto al crujir de las sábanas. Yo bajé mi mano a su verga, dura y palpitante bajo el pantalón, liberándola con un tirón juguetón. La tomé en mi puño, sintiendo las venas gruesas, el calor que emanaba, y él gruñó como animal salvaje.

En el color de la pasión de esa noche, el conflicto interno me carcomía. ¿Era solo deseo físico o algo más profundo? Recordaba nuestras charlas en el viñedo, cómo él me contaba de su familia, de sueños de expandir la hacienda, y yo le abría mi corazón sobre mis miedos de amar de nuevo. Pero ahora, con su boca en mis senos, chupando mis pezones hasta endurecerlos como piedras preciosas, todo eso se diluía en placer puro. Lamí su pecho, saboreando la sal de su piel, bajando hasta su ombligo, donde el vello oscuro me guiaba como un camino al paraíso.

Chúpamela, mi reina —pidió, y yo obedecí, arrodillándome entre sus piernas. Su verga era gruesa, venosa, con un glande rosado que brillaba de precúm. La metí en mi boca despacio, saboreando el gusto salado y almizclado, mi lengua girando alrededor mientras él enredaba sus dedos en mi pelo, gimiendo ¡órale, qué chido!. El sonido de su placer, jadeos roncos, me encendía más, mi concha palpitando vacía, pidiendo atención.

Me levantó, volteándome sobre la cama boca abajo, y sentí sus manos abriendo mis nalgas. Su lengua llegó ahí, lamiendo mi raja desde atrás, metiéndose en mi ano juguetón antes de bajar a mi clítoris hinchado. ¡Madre mía, qué lengua tan diabla! Gemí fuerte, empujando contra su cara, oliendo mi propia excitación mezclada con su saliva. El roce era húmedo, resbaloso, y mis muslos temblaban mientras el orgasmo se acercaba como tormenta.

Pero él se detuvo, queriendo prolongar la tortura deliciosa. Me puso de lado, levantando mi pierna, y frotó su verga contra mi entrada, untándola de mis jugos. Entra ya, pendejo, pensé, pero solo rogué:

—Métemela, Diego, porfa.

Empujó lento, centímetro a centímetro, llenándome hasta el fondo. El estiramiento era exquisito, su grosor rozando mis paredes internas, el golpe de sus huevos contra mi culo sonando rítmico. Nos movimos juntos, primero suave, piel contra piel sudada, el aroma de sexo impregnando el aire. Él me besaba la nuca, susurrando guarradas al oído:

—Tu panocha es de otro mundo, Ana. Tan apretada, tan rica.

Yo respondía con la cadera, clavándome más en él, mis uñas arañando sus muslos. La tensión crecía, mis pechos rebotando con cada embestida, el sudor goteando entre nosotros. Cambiamos a misionero, mis piernas alrededor de su cintura, mirándonos a los ojos. Ahí vi el color de la pasión reflejado en sus pupilas dilatadas, y supe que esto era real, más allá del cuerpo.

El clímax llegó como avalancha. Sentí el espasmo en mi vientre, contrayéndome alrededor de su verga, gritando su nombre mientras oleadas de placer me sacudían. Él se corrió segundos después, caliente dentro de mí, gruñendo como toro, su semen llenándome hasta rebosar. Nos quedamos pegados, pulsos latiendo al unísono, el olor de nuestro amor cubriendo todo.

Después, en el afterglow, yacimos envueltos en las sábanas revueltas, el viento trayendo frescura a nuestra piel enrojecida. Diego me acariciaba el pelo, besando mi frente.

Eres mi todo, Ana. Este capítulo 7 es solo el principio.

Yo sonreí, sintiendo paz en el pecho. El color de la pasión no era solo rojo o morado; era el tono de nuestros cuerpos unidos, de promesas susurradas en la noche mexicana. Afuera, las estrellas testigos, y en mi corazón, la certeza de que el deseo había florecido en algo eterno.

Contenido Adulto

Este sitio web contiene material explícito y relatos eróticos destinados exclusivamente a adultos. Debes tener al menos 18 años para acceder a relatosprohibidos.net.

Al ingresar, aceptas nuestros términos de servicio y confirmas que resides en una jurisdicción donde el consumo de este material es legal.