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La Pasion de Cristo Ingles

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La Pasion de Cristo Ingles

El sol de Semana Santa caía a plomo sobre las calles empedradas de Puerto Vallarta, tiñendo de dorado los cuerpos sudorosos de los turistas y locales. Yo, María, caminaba entre la multitud que seguía la procesión, con el aroma a incienso y flores de bugambilia flotando en el aire caliente. Llevaba un vestido ligero de algodón que se pegaba a mi piel por el bochorno, y sentía el pulso acelerado no solo por el calor, sino por esa inquietud que me invade cada año en estas fechas. ¿Por qué siempre termino buscando algo más que rezos? pensé, mientras mis ojos vagaban por los penitentes encapuchados.

Entonces lo vi. Alto, rubio, con ojos azules como el mar de la bahía, cargando una cruz de madera en la procesión amateur que organizaban los gringos. Se hacía llamar Cristo el Inglés, un mote que le pusieron los locales por su parecido al actor de la pasion de cristo ingles, esa película que tanto escandalizó. Vestía una túnica blanca que dejaba ver sus músculos definidos, bronceados por semanas en la playa. Su piel olía a sal y protector solar, un perfume exótico que me llegó cuando pasó cerca. Nuestras miradas se cruzaron, y sentí un cosquilleo en el estómago, como si el Espíritu Santo me hubiera tocado de la forma más carnal.

Después de la procesión, en la plaza llena de puestos de elotes y aguas frescas, me lo encontré bebiendo una cerveza fría.

"Hola, guapa. ¿Te gustó el show?"
dijo con acento inglés torpe, sonriendo con dientes perfectos. Se llamaba Chris, pero yo ya lo bauticé en mi mente como Cristo Inglés. Charlamos; él era profesor de historia en Londres, aquí de vacaciones para conectar con sus raíces espirituales, decía riendo. Yo le conté de mis días como mesera en un chiringuito playero, soñando con aventuras que rompan la rutina. El aire entre nosotros vibraba, cargado de promesas. Su mano rozó la mía al pasarme la cerveza, y el contacto fue eléctrico, como un latido compartido.

La tensión creció esa tarde en la playa. Caminamos descalzos por la arena tibia, el sonido de las olas rompiendo como un ritmo hipnótico. Órale, María, no seas pendeja, ve por él, me dije, mientras el sol se ponía tiñendo el cielo de rojos pasionales. Nos sentamos en una palmera, y él me besó. Sus labios eran suaves, con sabor a lima y cerveza, explorando mi boca con una hambre contenida. Mis manos subieron por su pecho firme, sintiendo el vello rubio bajo las yemas, el calor de su piel contra la mía.

"Quiero conocerte de verdad, María"
, murmuró, su aliento caliente en mi cuello.

Regresamos a mi pequeño departamento cerca de la Zona Romántica, un lugar fresco con ventiladores zumbando y velas de vainilla encendidas. La noche jalaba, y la ciudad bullía con música de mariachis lejana. Nos desnudamos despacio, saboreando cada revelación. Su cuerpo era una escultura: hombros anchos, abdomen marcado, y su verga erecta, gruesa y venosa, palpitando con anticipación. Yo me sentía poderosa, mi piel morena contrastando con su palidez, mis pechos llenos endureciéndose bajo su mirada hambrienta. Esto es mi propia pasion de cristo ingles, pensé, mientras él me tendía en la cama como en un altar profano.

Empezó con besos lentos por mi cuello, bajando a mis senos. Su lengua rodeaba mis pezones oscuros, chupándolos con succión suave que me hacía arquear la espalda. Gemí, el sonido ronco saliendo de mi garganta, mientras mis uñas se clavaban en sus hombros. Olía a sudor limpio y mar, un afrodisíaco que me humedecía la panocha. Sus manos grandes amasaban mis muslos, abriéndolos con delicadeza.

"Eres tan hermosa, tan húmeda para mí"
, susurró en inglés, y yo respondí en español:
"Sí, Cristo mío, fóllame ya"
.

La escalada fue gradual, tortuosa. Me lamió el ombligo, el monte de Venus, hasta llegar a mi centro. Su lengua experta separó mis labios, saboreando mi jugo salado-dulce. Sentí cada lamida como fuego líquido, mi clítoris hinchándose bajo sus círculos precisos. ¡Ay, wey, esto es el paraíso! grité en mi cabeza, mientras mis caderas se movían solas, empujando contra su boca. Él gemía vibrando contra mí, sus dedos entrando y saliendo, curvándose para tocar ese punto que me hacía ver estrellas. El cuarto se llenó de sonidos húmedos, jadeos entrecortados, el crujir de las sábanas.

Lo volteé, queriendo dominar. Montada sobre él, froté mi panocha mojada contra su verga dura como piedra. El roce era exquisito, piel contra piel resbaladiza. Bajé despacio, empalándome centímetro a centímetro. ¡Madre mía, qué llena me sientes! Su grosor me estiraba deliciosamente, tocando lo más profundo. Empecé a cabalgar, mis tetas rebotando, sudor perlando nuestros cuerpos. Él agarraba mis nalgas, guiándome, sus ojos azules fijos en los míos, llenos de adoración.

"¡Más rápido, mi reina!"
pedía, y yo aceleraba, el slap-slap de carne contra carne resonando como tambores.

El clímax se acercaba como una ola gigante. Cambiamos posiciones; él encima, misionero profundo, sus embestidas potentes pero cariñosas. Cada thrust rozaba mi G, enviando chispas por mi espina. Sudábamos juntos, nuestros alientos mezclándose, olores a sexo crudo impregnando el aire. No aguanto más, Cristo Inglés, dame todo. Grité su nombre –o mi versión– cuando el orgasmo me partió en dos: contracciones violentas, jugos chorreando, visión borrosa. Él se tensó, gruñendo, y se corrió dentro, chorros calientes llenándome, su verga pulsando en éxtasis compartido.

Quedamos jadeantes, enredados en sábanas revueltas. Su cabeza en mi pecho, escuchando mi corazón galopante calmarse. El ventilador secaba nuestro sudor, y el aroma a sexo y vainilla perduraba.

"Esto fue... inolvidable"
, dijo él, besando mi piel. Yo sonreí, acariciando su cabello rubio. La pasion de cristo ingles no era nada comparado con esto, reflexioné, sintiendo una paz profunda, un cierre dulce a nuestra noche santa. Afuera, las campanas de la iglesia tañían, pero mi alma ya había encontrado su redención carnal.

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