A Que Sabe la Fruta de la Pasión
El sol de Oaxaca caía a plomo sobre el mercado de Tlacolula, tiñendo de oro las pilas de frutas apiladas en los puestos. El aire estaba cargado de aromas dulces y terrosos: mangos maduros, piñas jugosas, y ese perfume exótico que siempre me volvía loca, el de la maracuyá. Yo caminaba entre la gente, con mi rebozo ligero sobre los hombros, sintiendo el calor pegajoso en la piel de mis brazos. Llevaba todo el día explorando, pero algo me tenía inquieta, un hormigueo en el estómago que no era solo hambre.
Entonces lo vi. Alto, moreno, con una sonrisa que parecía tallada por el sol mismo. Estaba detrás de un puesto rebosante de frutas de la pasión, esas bolitas moradas con arrugas que prometían un jugo ácido y adictivo. Sus manos, grandes y callosas, partían una al medio con maestría, dejando ver la pulpa brillante llena de semillas negras. Qué chulo, pensé, mordiéndome el labio sin darme cuenta.
—Órale, preciosa —dijo él, alzando la vista y clavándome esos ojos cafés profundos—. ¿Quieres probar? A que no sabes a qué sabe la fruta de la pasión de verdad.
Su voz era ronca, con ese acento oaxaqueño que arrastraba las palabras como miel. Me acerqué, sintiendo un cosquilleo en las yemas de los dedos. Tomé la mitad que me ofrecía, el jugo ya chorreando por su mano. Lo acerqué a mi boca, y el primer sorbo fue una explosión: ácido, dulce, fresco, con un toque floral que me erizó la piel. Lamí el borde, saboreando cada gota, y lo miré directo a los ojos.
—Sabe a tentación —respondí, con una sonrisa pícara—. ¿Y tú qué dices, guapo?
Se rio, un sonido grave que vibró en mi pecho. Se presentó como Marco, y en minutos ya charlábamos como si nos conociéramos de toda la vida. Me contó de su huerto en las afueras, de cómo cosechaba esas frutas al amanecer, cuando el rocío todavía las hacía brillar. Yo le hablé de mi viaje, de cómo huía del ruido de la ciudad por unos días de paz. Pero la paz se había ido al carajo; ahora solo sentía el pulso acelerado entre mis piernas, el calor subiendo por mi cuello.
El mercado empezó a vaciarse al atardecer, y Marco me invitó a su puesto para "probar más".
¿Qué pierdo?pensé, mientras lo seguía por un callejón estrecho hacia su casita al fondo. El aire se enfrió un poco, pero mi cuerpo ardía. Adentro, la luz tenue de una lámpara de papel iluminaba la mesa llena de frutas. Sacó una botella de mezcal ahumado y dos vasos.
—Brindemos por los sabores nuevos —dijo, chocando su vaso contra el mío. El mezcal bajó ardiente por mi garganta, despertando todos mis sentidos. Nos sentamos cerca, demasiado cerca. Su rodilla rozó la mía, y sentí la electricidad subir por mi muslo.
En el medio del relato, la tensión se volvió insoportable. Marco partió otra fruta de la pasión, esta vez untando el jugo en su dedo índice. Lo acercó a mis labios.
—Prueba así —murmuró, su aliento cálido en mi oreja.
Chupé su dedo lentamente, saboreando el jugo mezclado con su piel salada. Neta, este wey me va a volver loca, pensé, mientras mi mano subía por su brazo musculoso. Él gimió bajito, un sonido que me mojó al instante. Me jaló hacia él, sus labios capturando los míos en un beso feroz, tongues danzando con el sabor ácido todavía fresco.
Sus manos expertas desataron mi rebozo, bajaron por mi espalda, apretando mis nalgas con fuerza. Yo le arranqué la camisa, sintiendo el vello áspero de su pecho contra mis palmas. Olía a tierra, a sol, a hombre puro. Nos movimos a su catre, un colchón mullido cubierto de sábanas frescas. El aire se llenó de nuestros jadeos, del crujido de la madera bajo nuestros cuerpos.
—Te quiero dentro —le susurré al oído, mordisqueando su lóbulo. Él se posicionó, frotándose contra mi entrada húmeda, provocándome hasta que rogué. Cuando entró, fue lento, profundo, llenándome por completo. Sentí cada vena, cada pulso de su verga gruesa estirándome deliciosamente. Gemí fuerte, clavando uñas en su espalda.
El ritmo empezó pausado, como el vaivén de las olas en la costa oaxaqueña. Sus caderas chocando contra las mías, el sonido húmedo de piel contra piel. Sudor perlando su frente, goteando en mi pecho. Yo arqueé la espalda, sintiendo sus manos amasando mis tetas, pellizcando pezones duros como piedras. ¡Ay, cabrón, no pares! quería gritar, pero solo salían ahogos entrecortados.
La intensidad subió. Marco me volteó, poniéndome a cuatro patas, y volvió a penetrarme con fuerza. Sus manos en mis caderas, jalándome hacia él con cada embestida. El placer era cegador: el roce en mi clítoris hinchado, el golpe contra mi punto G, el olor almizclado de nuestro sexo llenando la habitación. Lamí el jugo de maracuyá que todavía quedaba en sus dedos, mezclándolo con el sabor salado de su piel.
—Dime cómo te sientes, mija —gruñó, acelerando.
—Como si me estuvieras comiendo viva —jadeé, empujando hacia atrás.
El clímax nos golpeó como un rayo. El mío primero, una ola que me hizo temblar entera, contrayendo alrededor de él en espasmos. Marco se corrió segundos después, caliente y profundo, rugiendo mi nombre —Lucía— como una plegaria. Colapsamos juntos, piel pegajosa, corazones latiendo al unísono.
En el afterglow, yacimos enredados, el mezcal olvidado en la mesa. Él trazaba círculos perezosos en mi vientre, y yo inhalaba su aroma mezclado con el nuestro. Afuera, los grillos cantaban, y una brisa traía el perfume de jazmines del jardín.
—Entonces, ¿a qué sabe la fruta de la pasión? —preguntó con una sonrisa satisfecha.
Le besé el pecho. —A esto. A sudor, a gemidos, a querer más.
Nos quedamos así hasta el alba, sabiendo que ese sabor nos perseguiría siempre. Oaxaca no solo me dio frutas; me dio un recuerdo que ardía en la piel, un fuego que no se apaga fácil. Y qué chingón fue, pensé, cerrando los ojos con una sonrisa.