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Pasiones Desenfrenadas del Cast de Tierra de Pasiones

5981 palabras

Pasiones Desenfrenadas del Cast de Tierra de Pasiones

La hacienda en la costa de Michoacán brillaba bajo el sol del atardecer, con el mar Caribe susurrando promesas al fondo. El cast de Tierra de Pasiones había terminado la jornada de filmación, y ahora la fiesta privada en la piscina infinita era el premio. Diego, el galán principal con su torso esculpido por horas en el gym, observaba todo desde una tumbona. El aire olía a sal marina mezclada con el humo de la barbacoa y el dulzor de los mangos frescos. La música de cumbia rebajada retumbaba, haciendo vibrar el piso de losa.

Camila, su coestrella, la que interpretaba a la apasionada hacendada, emergió de la casa con un vestido rojo ceñido que acentuaba sus curvas generosas. Diego sintió un tirón en el estómago, como cada vez que grababan escenas de besos intensos. Neta, esta mujer me va a volver loco, pensó, mientras tomaba un trago de tequila reposado. El líquido quemaba su garganta, calentando su sangre. Ella lo vio y sonrió, esa sonrisa pícara que en el guion era de venganza, pero en la vida real gritaba deseo.

—Órale, Diego, ¿ya te cansaste de tanto drama? —dijo ella acercándose, su voz ronca por el humo de los cigarros que compartían en breaks.

Él se incorporó, oliendo su perfume de jazmín y coco. —Nah, ricura, el drama es lo mío. Pero contigo, se siente bien real.

El resto del cast de Tierra de Pasiones reía y bailaba alrededor, ajenos a la chispa que saltaba entre ellos. Habían coqueteado durante meses en sets polvorientos y locaciones exóticas, pero siempre con cámaras de por medio. Hoy, sin directores ni luces, la tensión era palpable. Diego rozó su brazo al pasarle un vaso, y el contacto eléctrico lo hizo jadear bajito. Su piel era suave como seda caliente, y el sol poniente teñía todo de oro.

La noche cayó como un manto estrellado, y la fiesta se volvió más íntima. Diego y Camila se escabulleron hacia los jardines, donde las palmeras susurraban con la brisa. Caminaban descalzos sobre la hierba húmeda, el rocío fresco besando sus pies. —Diego, ¿sabes qué? En cada escena de celos, yo no actúo. Te quiero para mí, pendejo —confesó ella, deteniéndose bajo un limonero cargado de frutos amarillos.

¿Por qué carajos no la besé antes?
pensó él, su pulso acelerado como tambores de mariachi. La atrajo por la cintura, sintiendo el calor de su cuerpo a través del vestido. Sus labios se encontraron en un beso hambriento, saboreando tequila y sal en la lengua de ella. Camila gimió suave, un sonido que vibró en el pecho de Diego como un rayo. Sus manos exploraron: él deslizó las suyas por su espalda, desatando el lazo del vestido; ella arañó su pecho, oliendo a sudor masculino y loción de playa.

Se tumbaron en una manta que él había traído, el suelo mullido bajo ellos. Camila se quitó el vestido con gracia felina, revelando lencería negra que contrastaba con su piel morena. —Mírame, cabrón. Esto es todo tuyo esta noche —susurró, su aliento caliente en la oreja de Diego. Él se desvistió rápido, su erección palpitante al aire libre, el viento fresco erizándole la piel. La besó desde el cuello hasta los senos, lamiendo pezones duros como guayabas maduras. Ella arqueó la espalda, jadeando, el aroma de su excitación floral y almizclado invadiendo sus sentidos.

La tensión crecía con cada caricia. Diego bajó la boca entre sus muslos, saboreando su humedad salada y dulce. —¡Ay, Dios, Diego! No pares, neta me traes loca —gimió Camila, enredando dedos en su cabello negro. Él lamía despacio, sintiendo sus temblores, el pulso de su clítoris bajo la lengua. Ella se retorcía, el sonido de sus gemidos mezclándose con las olas lejanas. Esto es mejor que cualquier guion, reflexionó él, su propia necesidad ardiendo como chile habanero.

Camila lo empujó suave, invirtiendo posiciones. Ahora ella encima, sus pechos rozando el torso de él. —Quiero sentirte dentro, ya —exigió, guiando su verga dura y venosa hacia su entrada húmeda. Se hundió lento, centímetro a centímetro, ambos gimiendo al unísono. El calor de ella lo envolvió como terciopelo fundido, apretándolo con cada movimiento. Diego agarró sus caderas anchas, oliendo el sudor que perlaba su piel, el sabor de su beso mientras cabalgaba.

El ritmo se aceleró: ella rebotaba con fuerza, senos saltando, el slap-slap de carne contra carne ahogando la música distante. —¡Más duro, pendejo! ¡Dame todo! —gritaba Camila, empoderada, dueña de su placer. Él embestía desde abajo, sintiendo su interior contraerse, los músculos de sus piernas temblando. El olor a sexo crudo, a mar y a tierra mojada los rodeaba. Diego rozó su clítoris con el pulgar, y ella explotó primero: un grito gutural, su cuerpo convulsionando, jugos calientes empapándolo.

No aguanto más, pensó él, volteándola para penetrarla de misionero. Sus ojos se clavaron, almas conectadas más allá del cast de Tierra de Pasiones. Empujó profundo, el roce de su pubis contra el de ella enviando chispas. El clímax lo golpeó como ola gigante: gruñó su nombre, eyaculando en oleadas calientes dentro de ella, pulsos interminables. Camila lo abrazó, besándolo mientras ondas de placer los sacudían juntos.

Se quedaron así, jadeantes, el sudor enfriándose en la brisa nocturna. Diego acarició su cabello revuelto, oliendo a flores y pasión gastada. —Camila, esto no fue acting. Neta quiero más que sets y cámaras contigo.

Ella sonrió, trazando círculos en su pecho. —Simón, mi galán. El cast de Tierra de Pasiones es familia, pero tú y yo... somos fuego puro.

Regresaron a la fiesta tomados de la mano, el afterglow tiñendo sus sonrisas. La noche prometía más secretos, más pasiones en esa tierra ardiente. Diego sabía que cada mirada futura en el set sería un recordatorio vivo de esa entrega total, consensual y electrizante.

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