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La Pasion de Cristo Reparto Caliente de Mel Gibson

7011 palabras

La Pasion de Cristo Reparto Caliente de Mel Gibson

Estás sentada en el sofá de tu departamento en la Condesa, con el aire cargado del olor a café recién molido y el leve aroma de jazmín que entra por la ventana abierta. Es viernes noche, y Diego, ese wey alto y moreno que conociste en una fiesta la semana pasada, está a tu lado, con una cerveza fría en la mano. Neta, qué chido se ve, piensas mientras lo miras de reojo, su camisa ajustada marcando los músculos del pecho. Deciden ver una película para romper el hielo, y tú, fanática del cine intenso, sacas La Pasion de Cristo de Mel Gibson. "Órale, esa está cañón", dice él, acomodándose más cerca. "Sí, el reparto es de poca madre, Jim Caviezel como Jesús, Maia Morgenstern como María... Mel Gibson la dirigió como nadie". La pantalla se ilumina, y el sonido de los latidos del corazón retumba en la habitación, haciendo que tu pulso se acelere sin razón.

Desde el principio, la tensión te envuelve. Ves las gotas de sudor resbalando por la piel de Caviezel, el polvo pegado a su cuerpo flagelado, y sientes un cosquilleo en la nuca. Diego suspira, su pierna rozando la tuya accidentalmente —o no—.

¿Por qué carajos esta película siempre me pone así? La pasión, el sufrimiento que se transforma en algo más... algo carnal.
El aroma de su colonia, mezcla de madera y cítricos, se mezcla con el calor que empieza a subir por tu cuerpo. Él gira la cabeza: "¿Te late esta onda? El reparto de La Pasion de Cristo de Mel Gibson es brutal, ¿no?". Asientes, mordiéndote el labio, mientras en pantalla los romanos azotan al Cristo, y cada golpe resuena como un tambor en tu pecho. Tu piel se eriza, los pezones endureciéndose bajo la blusa ligera. Diego nota tu respiración agitada y pone la mano en tu muslo, un toque inocente al principio, pero que envía chispas directo a tu entrepierna.

La película avanza, las escenas de traición y entrega te revuelven el estómago de deseo. "Mira cómo Maia sufre por su hijo", murmuras, pero tu voz sale ronca. Él aprieta un poco más, su palma cálida traspasando la tela de tus jeans. Chíngame, ya no aguanto. Pausan la cinta en el momento del huerto de Getsemaní, donde Jesús suda sangre. Diego te voltea a ver, sus ojos oscuros brillando. "Esta La Pasion de Cristo Mel Gibson reparto siempre me hace pensar en la entrega total, ¿sabes? Como rendirse al placer". Sus labios rozan tu oreja, el aliento caliente oliendo a cerveza y menta. Te giras, y lo besas con hambre, lenguas enredándose en un baile húmedo y salvaje. Saboreas la sal de su piel cuando bajas por su cuello, manos explorando su torso firme.

Se levantan del sofá como poseídos, tropezando hacia la recámara. El pasillo huele a las velas que prendiste antes, cera derretida y vainilla. Lo empujas contra la pared, arrancándole la camisa con urgencia. Sus pectorales relucen bajo la luz tenue, y tú pasas la lengua por ellos, sintiendo el sabor salado del sudor fresco. "Qué rico hueles, cabrón", gimes, mientras él te quita la blusa, exponiendo tus tetas al aire fresco. Sus manos grandes las amasan, pulgares rozando los pezones duros como piedras.

Esto es mejor que cualquier película, neta que sí.
Baja la cabeza y chupa uno, succionando con fuerza que te hace arquear la espalda, un gemido escapando de tu garganta como un aullido ahogado.

Caen en la cama king size, sábanas de algodón egipcio suaves contra tu espalda desnuda. Diego se desabrocha el cinturón con lentitud tortuosa, y tú lo ayudas, liberando su verga erecta, gruesa y venosa, palpitando al aire. La tocas, piel aterciopelada sobre acero, y él gruñe, un sonido gutural que vibra en tu panocha húmeda. "Estás chorreando, mi amor", dice, metiendo dos dedos dentro de ti, curvándolos contra ese punto que te hace ver estrellas. El sonido chapoteante llena la habitación, junto con tus jadeos y el crujir de la cama. Lo masturbas firme, sintiendo cómo crece en tu mano, pre-semen lubricando la punta. Quiero que me rompa, que me entregue como en esa maldita película.

La intensidad sube como la Pasión misma. Te pone de rodillas, y tú lo engulles, labios estirándose alrededor de su grosor, lengua lamiendo la vena underside. Él agarra tu cabello, guiándote sin forzar, solo entregándose al ritmo. "Qué chingona chupas, wey... no pares". El olor almizclado de su excitación te marea, sabor salado inundando tu boca. Luego te voltea, besando cada centímetro de tu espalda, bajando hasta tus nalgas redondas. Separa tus piernas, lengua hurgando en tu clítoris hinchado, chupando y mordisqueando suave. Gritas, caderas moviéndose solas, el placer como latigazos eléctricos. "¡Sí, Diego, así! ¡No pares, pendejo!". Tus jugos corren por sus labios, y él los lame con deleite, dedos follando tu entrada apretada.

El clímax se acerca, pero lo frenan, queriendo más. Te monta, verga presionando tu entrada, resbaladiza de arousal. Entras despacio, centímetro a centímetro, estirándote deliciosamente. "Estás tan apretada, tan caliente", murmura, embistiendo hondo. El slap de piel contra piel, sudor goteando, olores mezclados de sexo y pasión cruda. Cabalgas encima, tetas rebotando, uñas clavándose en su pecho. Él te aprieta las caderas, follando upward con fuerza controlada.

Esto es la verdadera pasión, no la de la cruz, sino la de carne y alma fundiéndose.
Cambian posiciones, de lado, él detrás, mano en tu clítoris frotando circles mientras empuja. Tus paredes lo aprietan, ordeñándolo, gemidos convirtiéndose en gritos.

La liberación llega como un azote divino. "¡Me vengo, carajo!", gritas, orgasmos explotando en olas, panocha convulsionando alrededor de su verga. Él ruge, llenándote con chorros calientes, semen derramándose dentro. Colapsan juntos, cuerpos pegajosos de sudor, respiraciones entrecortadas. Su corazón late contra tu espalda, fuerte como los tambores de la película. Besos suaves en tu nuca, manos acariciando perezosamente.

Después, recostados, con la sábana cubriéndolos a medias, Diego enciende un cigarro —ese vicio compartido— y el humo azul se arremolina. "Neta que La Pasion de Cristo con el reparto de Mel Gibson nos prendió el modo bestia, ¿eh?". Ríes bajito, girándote para besarlo lento. "Sí, wey, pero la nuestra fue mejor. Más real, más nuestra". El afterglow te envuelve como una manta tibia, músculos laxos, piel sensible al roce más leve. Miras por la ventana, luces de la ciudad parpadeando, y sientes una paz profunda, como si hubieras exorcizado algo. Él te abraza fuerte, susurrando promesas de más noches así. Cierras los ojos, saboreando el remanente de él en tu boca, el olor a sexo impregnado en las sábanas. Esto es pasión de verdad, la que quema y sana al mismo tiempo.

La película queda pausada en la tele de la sala, pero ya no importa. Han creado su propia versión, consensual, ardiente, inolvidable.

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