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Remake Sensual de Cañaveral de Pasiones

7280 palabras

Remake Sensual de Cañaveral de Pasiones

El sol de mediodía caía a plomo sobre la hacienda en las afueras de Veracruz, tiñendo el aire de un calor espeso y pegajoso que olía a tierra húmeda y caña madura. Sofía bajó del camión destartalado, con el corazón latiéndole fuerte como tambor de son jarocho. Hacía diez años que no pisaba este cañaveral de pasiones, como le decían los viejos del pueblo, pero ahora volvía, convertida en mujer de ciudad, con curvas que el vestido ligero apenas contenía y una nostalgia que le quemaba las entrañas.

¿Y si este regreso es el remake de cañaveral de pasiones que mi cuerpo anhela? —pensó, mientras el viento jugaba con su falda, rozándole los muslos sudorosos.

Pablo la vio desde el porche de la casa principal, donde manejaba los trabajadores como un capataz chingón. Alto, moreno, con esa camiseta ajustada que marcaba los músculos forjados en el corte de caña, y unos ojos negros que prometían travesuras. "¡Mija, qué buena onda que regresaste!", gritó con esa voz ronca que hacía eco en el pecho de Sofía. Ella sonrió, sintiendo un cosquilleo traicionero entre las piernas. "Pablo, ¿sigues siendo el mismo pendejo galán de siempre?", le contestó coqueta, acercándose con pasos que mecían sus caderas.

La hacienda bullía de vida: el zumbido de las abejas en las flores de caña, el crujir de las hojas bajo las botas, el aroma dulce y terroso que se pegaba a la piel como una promesa. Esa noche, en la cena familiar, las miradas se cruzaron como chispas. Pablo le servía el pozole humeante, rozando sus dedos a propósito, y Sofía sentía el pulso acelerado, el calor subiendo por su cuello. Este wey me va a volver loca, se dijo, mientras masticaba despacio, saboreando el chile que picaba como su deseo reprimido.

Al día siguiente, Sofía se adentró en el cañaveral para recordar viejos tiempos. El sol filtrado entre las varas altas creaba sombras danzantes, y el aire estaba cargado de ese olor verde, fértil, que le erizaba la piel. De pronto, Pablo surgió entre las cañas, con machete en mano y sudor corriéndole por el torso desnudo. "Te estaba buscando, Sofi. Este lugar no es pa' una reina de ciudad sola". Ella se rio, pero su voz salió entrecortada. "Pues aquí estoy, y no me asusta el calor... ni lo que trae".

Él se acercó, tan cerca que Sofía olió su aroma macho: mezcla de tierra, sudor salado y algo salvaje. Sus manos ásperas le rozaron el brazo, enviando ondas de placer hasta su centro. "Desde que te vi, no dejo de pensar en cómo serías sin ese vestido", murmuró Pablo, su aliento caliente contra su oreja. Sofía jadeó, el corazón martilleándole las costillas.

¡Chingado, este es el momento! Mi cuerpo grita por él
, pensó, mientras sus dedos se enredaban en la cintura de sus jeans.

Pero se separaron, riendo nerviosos. "No aquí, carnal. Hay ojos por todos lados", dijo él, aunque sus ojos devoraban sus pechos que subían y bajaban con agitación. Esa tensión los siguió todo el día: miradas robadas en el corral, roces accidentales al pasar el jarro de agua fresca. Sofía no podía concentrarse; cada paso le frotaba los muslos, recordándole la humedad creciente entre ellos. Por la noche, en su cuarto, se tocó pensando en Pablo, imaginando su boca en sus senos, sus dedos explorando su calor. El orgasmo llegó rápido, pero insatisfactorio, dejando un vacío que solo él podía llenar.

El tercer día, la tormenta rompió el cielo. Lluvia torrencial que azotaba el tejado como un amante impaciente, convirtiendo el cañaveral en un laberinto reluciente. Sofía salió a la veranda, empapada en segundos, la blusa pegada a sus curvas, pezones duros como piedras bajo la tela. Pablo apareció como un fantasma, también calado hasta los huesos. "¡Ven, te mojas toda, mija!", la jaló hacia el cobertizo abandonado al borde del campo.

Dentro, el olor a madera húmeda y paja se mezclaba con sus respiraciones agitadas. "No aguanto más, Sofi. Eres mi pasión desde chiquitos, y ahora... mírate, toda mujer", gruñó Pablo, presionándola contra la pared áspera. Ella lo miró a los ojos, hambrienta. "Pues hazme tuya, wey. Este remake de cañaveral de pasiones lo escribimos nosotros". Sus labios chocaron en un beso feroz, lenguas danzando con sabor a lluvia y deseo. Las manos de él le arrancaron la blusa, exponiendo sus tetas plenas, y chupó un pezón con hambre, haciendo que Sofía arqueara la espalda, gimiendo ronca.

El agua chorreaba por sus cuerpos, pero el calor entre ellos era infernal. Pablo la levantó con facilidad, sentándola en un fardo de paja, y le abrió las piernas con reverencia. "Estás chingona, tan mojada pa' mí", susurró, mientras sus dedos gruesos separaban sus labios hinchados, rozando el clítoris que palpitaba. Sofía gritó de placer, el sonido ahogado por el trueno. Sus dedos son puro fuego, me abren como nadie, pensó, mientras él lamía su cuello, bajando hasta su ombligo.

Ella le bajó los pantalones, liberando su verga dura, venosa, que saltó ansiosa. "¡Qué chula, Pablo! Ven, métemela ya", lo urgió, guiándolo con la mano. Pero él se arrodilló primero, enterrando la cara entre sus muslos. Su lengua experta lamió su coño empapado, saboreando el néctar salado y dulce, chupando el botón sensible hasta que Sofía se convulsionó, olas de placer rompiéndola en pedazos. "¡Ay, cabrón, sí! No pares", jadeaba, tirando de su pelo mojado.

Finalmente, Pablo se puso de pie, frotando su punta contra su entrada resbaladiza. "Dime que la quieres, Sofi". "¡Sí, métela toda, hazme tu puta en este cañaveral!", rogó ella. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándola deliciosamente. El dolor placer mezclado la hizo morder su hombro, oliendo su piel salobre. Empezaron a moverse, embestidas profundas que hacían crujir la paja, piel contra piel chapoteando con la lluvia que entraba a chorros.

Él la volteó, tomándola por atrás, una mano en su clítoris, la otra amasando sus nalgas firmes. "¡Qué rico te sientes, tan apretada!", gruñía Pablo, acelerando. Sofía empujaba contra él, el roce interno la volvía loca, sus paredes contrayéndose alrededor de su grosor. El olor a sexo crudo llenaba el aire: almizcle, sudor, tierra mojada. Sus gemidos se fundían con el viento ululante, el ritmo tribal como un huapango prohibido.

El clímax los golpeó juntos. Sofía se deshizo primero, gritando su nombre mientras su coño ordeñaba su verga en espasmos interminables. Pablo la siguió, llenándola con chorros calientes, su cuerpo temblando contra el de ella. Se derrumbaron en la paja, exhaustos, besándose lento, saboreando el sudor mutuo.

Después, envueltos en una manta raída, escuchaban la lluvia amainar. "Esto es nuestro remake de cañaveral de pasiones, Sofi. Nada nos para ahora", murmuró Pablo, acariciándole el vientre. Ella sonrió, sintiendo su semen escurrir tibio por sus muslos, un recordatorio pegajoso de su unión.

Regresé por la hacienda, pero me quedo por esto: pasión pura, como el jugo de la caña
, pensó, mientras el sol asomaba, tiñendo el mundo de oro.

La hacienda nunca había olido tan a vida nueva, a promesas cumplidas en la carne.

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