La Pasion de Mi Tierra Licor de Agave
El sol del mediodía caía a plomo sobre los campos de agave en las faldas de las sierras de Oaxaca. Yo, Ana, había regresado a la finca de mi familia después de años en la ciudad, huyendo del ruido y las luces frías de México. El aire olía a tierra húmeda, a maguey maduro y a algo salvaje que me erizaba la piel. Caminaba entre las pencas espinosas, sintiendo el crujido de la grava bajo mis sandalias, cuando lo vi: Diego, el mezcalero que cuidaba los alambiques desde que era morro.
Qué chulo está el wey, pensé, mientras lo observaba destilar. Su camisa sudada se pegaba a sus hombros anchos, y el sudor le brillaba en el pecho moreno como miel de abeja. Me acerqué, fingiendo casualidad, y él levantó la vista con una sonrisa pícara que me aceleró el pulso.
—¡Órale, Ana! ¿Ya volviste a tus raíces? —dijo con esa voz ronca, como el humo del mezcal.
—Sí, Diego. Necesitaba respirar mi tierra. ¿Qué traes ahí? Huele a paraíso.
Me ofreció un trago de su jarra. —Prueba esto, es La Pasion de Mi Tierra Licor de Agave. Lo hago yo mismo, con el corazón del maguey más dulce de estos valles. Te va a prender el alma.
El licor me quemó la garganta, dulce y ahumado, con un fuego que se extendió por mi pecho hasta mi vientre. Sus ojos negros me devoraban mientras tragaba, y sentí un cosquilleo entre las piernas. Hablamos de la finca, de los recuerdos de infancia, pero el aire se cargaba de algo más. Su mano rozó la mía al pasarme la jarra, y el contacto fue eléctrico, como un rayo en la sierra.
La tarde se estiró como chicle. Nos sentamos bajo un mezquite, el viento trayendo el aroma de las flores silvestres y el humo de la leñera. Diego me contaba historias de la tierra, de cómo el agave guarda la pasión de los ancestros en sus jugos. Yo lo escuchaba, pero mi mente divagaba en sus labios gruesos, en cómo sabrían besando.
¿Por qué carajos me pongo así? Es el licor, o es él, o es esta tierra que me despierta lo que traía dormido.Cada sorbo de La Pasion de Mi Tierra Licor de Agave avivaba el calor en mi piel, haciendo que mis pezones se endurecieran bajo la blusa ligera.
—Ven, te muestro el alambique —me dijo, tomándome de la mano. Sus dedos callosos envolvieron los míos, ásperos por el trabajo pero tiernos. Caminamos entre las pencas, el sol tiñendo todo de oro. En la choza de destilación, el vapor caliente nos envolvía, oliendo a agave fermentado y a hombre sudado. Se acercó demasiado, su aliento en mi cuello.
—Sientes cómo late esta tierra, ¿verdad? —susurró, su voz vibrando en mi espina.
Asentí, muda, mientras su mano subía por mi brazo. Lo miré a los ojos, y ahí estaba el permiso mutuo. Me besó con hambre, su lengua invadiendo mi boca como el licor, dulce y ardiente. Gemí contra él, mis manos en su cabello negro revuelto. Nos devoramos, el sabor del agave en nuestras lenguas mezclándose con saliva y deseo.
Me levantó en brazos, fuerte como un toro, y me llevó a un catre en la sombra. Su boca bajó a mi cuello, mordisqueando, lamiendo el sudor salado. Qué rico se siente su barba raspando mi piel. Desabotonó mi blusa con dedos temblorosos de urgencia, exponiendo mis senos al aire cálido. Sus labios los capturaron, chupando un pezón mientras pellizcaba el otro, enviando descargas directas a mi clítoris palpitante.
La noche cayó como un manto estrellado. Estábamos desnudos en la choza, el suelo de tierra compacta fresco bajo mi espalda. Diego se arrodilló entre mis piernas, besando mi vientre, bajando lento, torturante. Olía a mi excitación, almizclada y dulce, mezclada con el humo del mezcal.
No pares, cabrón, dame todo, rogaba en silencio. Su lengua encontró mi sexo, lamiendo mis labios hinchados, succionando mi botón con maestría. Jadeaba, mis caderas alzándose para follarle la boca, el sonido húmedo de su festín resonando en la quietud.
—Estás tan mojada, mi reina —gruñó, metiendo dos dedos gruesos dentro de mí, curvándolos para rozar ese punto que me hacía ver estrellas. El placer subía en olas, mi cuerpo tensándose como cuerda de guitarra. Lo jalé del cabello, gritando su nombre mientras el orgasmo me partía en dos, jugos brotando en su boca ávida.
Pero no paró. Me volteó boca abajo, su cuerpo cubriendo el mío, piel contra piel resbalosa de sudor. Su verga dura como maguey presionaba mi entrada, gruesa y caliente. —Dime si quieres, Ana. Todo tuyo. —Sí, métemela ya, Diego, fóllame como la tierra nos pide.
Empujó despacio, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. ¡Madre mía, qué llena me deja! Llenó mi coño hasta el fondo, sus bolas peludas golpeando mi clítoris. Empezó a bombear, lento al principio, cada embestida un trueno en mi interior. El slap-slap de carne contra carne, sus gruñidos roncos, mi voz quebrada en gemidos: todo era sinfonía salvaje.
Aceleró, sus manos amasando mis nalgas, un dedo rozando mi ano en promesa futura. Sudábamos como en saunas, el olor a sexo crudo impregnando el aire. Me volteó de nuevo, piernas en sus hombros, penetrándome profundo, sus ojos clavados en los míos. —Eres fuego puro, como mi licor. El clímax nos alcanzó juntos; sentí su verga hincharse, chorros calientes inundándome mientras yo convulsionaba, uñas clavadas en su espalda.
Quedamos jadeantes, enredados. El viento nocturno entraba por la puerta, refrescando nuestras pieles febriles. Diego me besó la frente, suave ahora, y sirvió dos copas de La Pasion de Mi Tierra Licor de Agave. Bebimos despacio, el sabor ahumado calmando el fuego residual.
—Esta tierra nos une, Ana. Su pasión está en nosotros.
Sonreí, trazando círculos en su pecho. Aquí pertenezco, en este abrazo de maguey y hombre. La luna iluminaba los campos, prometiendo más noches de éxtasis. Mañana seguiríamos destilando placer, como el licor que nos había encendido.