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Abismo de Pasion Begoña

6504 palabras

Abismo de Pasion Begoña

El sol de Puerto Vallarta se hundía en el Pacífico como un amante exhausto, tiñendo el cielo de rojos y naranjas que se reflejaban en las olas perezosas. Begoña caminaba descalza por la arena tibia, sintiendo cada grano colarse entre sus dedos, suave como una caricia prohibida. Llevaba un huipil ligero que ondeaba con la brisa salada, pegándose a sus curvas generosas por el sudor del día. Hacía meses que no sentía esa hambre en el pecho, ese pinche vacío que solo un hombre de verdad podía llenar. Y ahí estaba él, Marco, recostado en una hamaca de la villa privada que habían rentado para el fin de semana. Su piel morena brillaba con aceite de coco, el olor dulce mezclándose con el mar y haciéndola salivar.

¿Qué chingados me pasa? –pensó Begoña–. Este güey me pone como quinceañera, con el corazón latiendo a mil y la piel erizada solo de verlo.
Marco levantó la vista, sus ojos negros clavándose en ella como anzuelos. Sonrió con esa picardía mexicana que la desarmaba, esa que decía ven pa'cá, mami sin palabras.

–Órale, Begona, ¿ya te cansaste de jugar a la sirena? –le gritó, su voz ronca cortando el rumor de las olas.

Ella se acercó, hips balanceándose con naturalidad, el corazón martilleando contra sus costillas. Se sentó a su lado en la hamaca, que se meció suavemente, y el roce de sus muslos la electrizó. Olía a él: sudor limpio, tequila ahumado de la tarde y algo más primitivo, masculino. Sus dedos rozaron el brazo de Marco accidentalmente –o no tanto–, y sintió el calor irradiar como lava.

–No es cansancio, carnal –murmuró ella, inclinándose para que su aliento le cosquilleara el cuello–. Es que el mar me dejó con ganas de algo más... intenso.

Acto primero de su danza: las miradas que se enredan, las sonrisas cargadas de promesas. Hablaron de tonterías, de cómo el ceviche de la comida había estado de poca madre, pero el aire entre ellos crepitaba. Begoña sentía su propia humedad traicionera entre las piernas, el bikini empapado no solo por el agua salada. Marco le sirvió un trago de mezcal con limón y chile, el líquido quemándole la garganta como un beso anticipado.

La noche cayó rápida, estrellada, con el canto de las cigarras y el lejano mariachi de un bar cercano. Entraron a la villa, iluminada por velas de coco que perfumaban el aire con dulzor tropical. Begoña se duchó primero, el agua caliente resbalando por su cuerpo como manos invisibles, jabón de vainilla dejando su piel sedosa. Salió envuelta en una toalla, solo para encontrar a Marco esperándola en la cama king size, torso desnudo, pantalón de lino flojo revelando el bulto tentador.

No hay vuelta atrás, se dijo, dejando caer la toalla. Sus pechos llenos se liberaron, pezones endurecidos por el fresco de la noche. Marco jadeó, incorporándose como un depredador.

¡Qué chula estás, Begona! –gruñó, atrayéndola con manos firmes pero tiernas.

Acto segundo: la escalada. Sus labios se encontraron en un beso hambriento, lenguas danzando con sabor a mezcal y sal. Begoña gimió contra su boca, sintiendo las callosidades de sus palmas en su espalda, bajando a apretar sus nalgas redondas. Él era puro músculo trabajado en gimnasios de Guadalajara, pectorales duros rozando sus senos suaves. Ella arañó su pecho, dejando marcas rojas que lo hicieron gemir ¡ay, cabrona! con risa ronca.

Se tumbaron en las sábanas de algodón egipcio, frescas contra su piel ardiente. Marco besó su cuello, succionando hasta dejar morados, mientras sus dedos exploraban el monte de Venus depilado, resbaladizo de deseo. Begoña arqueó la espalda, el olor almizclado de su propia excitación llenando la habitación, mezclado con el suyo, terroso y potente.

Esto es un abismo de pasión, Begoña –le susurró su mente–. Caes y no quieres salir.

Ella lo empujó boca arriba, montándolo con autoridad. Desabrochó su pantalón, liberando su verga gruesa, venosa, palpitante. La tomó en su mano, sintiendo el pulso acelerado, el calor como hierro forjado. La lamió desde la base hasta la punta, saboreando el precum salado, sus bolas pesadas rozando su barbilla. Marco maldijo en voz baja, ¡pinche diosa!, enredando dedos en su cabello negro ondulado.

Pero no lo dejó acabar ahí. Se subió encima, guiándolo a su entrada húmeda, resbaladiza. Bajó despacio, centímetro a centímetro, gimiendo al sentirlo estirarla, llenarla hasta el fondo. El roce era exquisito, paredes internas contrayéndose alrededor de su grosor. Empezaron a moverse, ella cabalgando con ritmo de cumbia sensual, pechos rebotando, sudor perlando sus cuerpos. Él la sujetaba las caderas, embistiendo arriba, el slap-slap de piel contra piel ahogando las olas lejanas.

La tensión crecía como tormenta: besos mordiscos, uñas clavadas, susurros sucios. ¡Más duro, Marco, rómpeme! jadeaba ella, y él obedecía, volteándola a cuatro patas para penetrarla profundo, una mano en su clítoris frotando círculos precisos. El placer la atravesaba como rayos, vientre contrayéndose, visión nublándose. Olía a sexo puro, a vainilla quemada, a ellos dos fundidos.

El clímax la golpeó primero, un tsunami que la hizo gritar ¡Sí, chingado, sí!, paredes vaginales ordeñando su polla en espasmos. Marco la siguió, gruñendo como animal, eyaculando chorros calientes dentro de ella, su cuerpo temblando contra su espalda. Colapsaron juntos, jadeos entrecortados, piel pegajosa de sudor y fluidos.

Acto tercero: el afterglow. Yacían enredados, el ventilador del techo moviendo el aire tibio, velas parpadeando sombras en las paredes de adobe. Marco la besó la sien, suave ahora, trazando círculos en su vientre plano.

–Eres un hurricane, Begona –murmuró–. Me arrastraste a tu abismo de pasión y no quiero regresar.

Ella sonrió, satisfecha, el cuerpo pesado de placer residual. Sintió su semen escurrir entre sus muslos, marca de posesión mutua. Afuera, la luna plateaba el mar, testigo silencioso.

Esto no es solo sexo –reflexionó Begoña–. Es conexión, fuego que quema y renueva. Mañana más, y pasado también.

Se durmieron así, cuerpos entrelazados, el aroma de su unión impregnando las sábanas. Puerto Vallarta guardaba sus secretos, y el abismo de pasión de Begoña acababa de abrirse de par en par, listo para más caídas deliciosas.

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