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Cual Es Mi Pasion En La Vida Desnuda

7044 palabras

Cual Es Mi Pasion En La Vida Desnuda

Estaba en esa azotea en Polanco, con el skyline de la Ciudad de México brillando como un mar de luces al atardecer. El aire olía a tacos de asador y mezcal ahumado, mezclado con el perfume dulce de las mujeres que bailaban salsa pegadita. Yo, Ana, de veintiocho pirulos, con mi vestido rojo ceñido que me hacía sentir como una diosa, pero por dentro neta me sentía vacía. ¿Cuál es mi pasión en la vida? Me lo preguntaba mientras sorbía mi paloma, el limón picante en la lengua y el sonido de los tambores retumbando en mi pecho.

Trabajaba en una agencia de publicidad, haciendo campañas chidas para marcas fancy, pero al final del día, llegaba a mi depa en la Roma y me tiraba en la cama pensando: ¿esto es todo, wey? Quería algo que me prendiera el alma, que me hiciera latir el corazón como loco. Esa noche, en la fiesta de un cliente, lo vi. Javier, alto, moreno, con esa sonrisa pícara que gritaba mexicano de pura cepa. Llevaba una camisa blanca arremangada, dejando ver unos antebrazos fuertes, y unos jeans que le marcaban todo lo que tenía que marcar.

Se acercó con un trago en la mano, oliendo a colonia fresca y algo más, como a mar y aventura. "Órale, güerita, ¿bailas o nomás vienes a posar?" me dijo, con esa voz grave que me erizó la piel. Reí, sintiendo un cosquilleo en el estómago. "Pos a ver si me convences, guapo", le contesté, coqueta, mientras el calor de la noche me subía por las piernas.

Empezamos a platicar. Él era fotógrafo freelance, capturando la esencia de la gente en bodas y sesiones privadas. "Yo creo que la pasión se encuentra en los detalles, en lo que te hace vibrar de verdad", dijo, mirándome fijo a los ojos. Sus palabras me pegaron directo. ¿Cuál es mi pasión en la vida? Tal vez él me ayudaría a descubrirla. Bailamos, cuerpos pegados, su mano en mi cintura firme pero suave, el sudor mezclándose, el ritmo de la música acelerando mi pulso. Sentía su aliento caliente en mi cuello, su pecho duro contra mis tetas, y un calor húmedo creciendo entre mis muslos.

¿Por qué me siento así? Como si lo conociera de toda la vida. Neta, este wey me está despertando algo que ni sabía que tenía.

La noche avanzaba, el mezcal fluía, y terminamos en un rincón apartado de la azotea, con la ciudad rugiendo abajo. Me besó, primero suave, labios carnosos probando los míos, sabor a tequila y deseo. Luego más intenso, lengua explorando mi boca, manos bajando por mi espalda hasta apretarme el culo. Gemí bajito, el sonido perdido en el bullicio. "Ven conmigo", murmuró, y no lo pensé dos veces. Su depa estaba cerca, en la Condesa, un loft con ventanales enormes y fotos artísticas en las paredes.

Acto dos: la escalada. Entramos riendo, nerviosos como adolescentes. El aire olía a su colonia y a la promesa de lo que vendría. Me quitó el vestido despacio, sus dedos rozando mi piel, dejando un rastro de fuego. Estaba en lencería negra, tetas al aire casi, pezones duros como piedras por el fresco de la noche. Él se desnudó, cuerpo atlético, marcado por el gym, con un tatuaje de un águila en el pecho que me invitaba a lamerlo. "Eres preciosa, Ana. Déjame mostrarte lo que es pasión de verdad", dijo, voz ronca.

Me llevó a la cama king size, sábanas de algodón egipcio suaves como caricia. Empezó besándome el cuello, lengua trazando mi clavícula, bajando a mis pechos. Chupó un pezón, suave al principio, luego mordisqueando, enviando descargas eléctricas directo a mi clítoris. Gemí fuerte, "¡Ay, cabrón, qué rico!" Mis manos en su pelo, jalándolo más cerca. Olía a su sudor limpio, masculino, mezclado con mi aroma de excitación, ese musk dulce que llena el cuarto.

Bajó más, besos en el ombligo, en los muslos internos, donde la piel es tan sensible. Separé las piernas por instinto, húmeda ya, chorreando. Su lengua llegó a mi coño, lamiendo despacio los labios, saboreando mi jugo salado-dulce. "Sabes a gloria, nena", gruñó, metiendo un dedo, luego dos, curvándolos justo ahí, en el punto G. Me arqueé, el placer building como una ola, sonidos mojados de su boca chupando mi clítoris hinchado. Neta, nunca me habían comido así. ¿Esto es la pasión? ¡Qué chingón!

Lo jalé arriba, queriendo corresponder. Le bajé los bóxers, su verga saltó libre, gruesa, venosa, cabeza roja brillante de precum. La tomé en la mano, piel aterciopelada sobre acero, latiendo caliente. La lamí desde la base hasta la punta, sabor salado, musgoso. Él jadeó, "¡Órale, qué boca tan rica!" La chupé profundo, garganta relajada, saliva corriendo, sus caderas moviéndose suave. Lo miré desde abajo, ojos de fuego, sintiendo poder en su placer.

La tensión crecía, interna, luchando con mi propia timidez. ¿Y si no soy suficiente? No, wey, esto se siente correcto. Esta es mi pasión, carajo. Me volteó boca abajo, besos en la espalda, nalgadas juguetonas que dolían rico. Se puso condón –siempre seguro, qué responsable– y entró despacio. Su verga abriéndome, llenándome centímetro a centímetro, estirándome delicioso. Gemí largo, el ardor convirtiéndose en éxtasis puro. Empezó a bombear, lento primero, profundo, tocando mi cervix con cada embestida. El sonido de piel contra piel, slap slap slap, sudor goteando, olor a sexo crudo impregnando todo.

Acceleró, yo empujando contra él, clítoris frotándose en sus bolas. "Más duro, Javier, ¡dame todo!" grité, voz ahogada en la almohada. Él obedeció, follándome como animal, pero con ternura en los ojos. Cambiamos posiciones: yo encima, cabalgándolo, tetas rebotando, manos en su pecho. Control total, girando caderas, sintiendo cada vena de su pija masajeándome adentro. Él pellizcaba mis pezones, "Córrete para mí, mi reina". El orgasmo llegó como tsunami, coño contrayéndose, chorros de placer, grito primal escapando mi garganta. Él se vino segundos después, gruñendo, cuerpo temblando bajo el mío.

Acto tres: el afterglow. Nos quedamos abrazados, pieles pegajosas de sudor enfriándose, respiraciones calmándose. El cuarto olía a nosotros, a pasión consumada. Besos suaves, caricias perezosas en la espalda. "¿Ves? La pasión está en soltarte, en sentir", murmuró, trazando círculos en mi vientre. Yo sonreí, exhausta, satisfecha. ¿Cuál es mi pasión en la vida? Ya lo sabía. No era el trabajo ni las luces de la ciudad. Era esto: conexión cruda, cuerpos entrelazados, el fuego que enciende el alma. Javier no era solo un polvo; era el detonante.

Al amanecer, con el sol filtrándose por las cortinas, nos desayunamos chilaquiles del mercado cercano, riendo de la noche. No prometimos nada eterno, pero algo cambió. Salí a la calle, aire fresco de mañana, piernas flojas aún, sonrisa permanente. La vida en México es así: caótica, vibrante, llena de sorpresas calientes. Y yo, por fin, había encontrado mi pasión desnuda, latiendo en cada fibra de mi ser.

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