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Cañaveral de Pasiones Capitulo 74 Llamas en la Caña

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Cañaveral de Pasiones Capitulo 74 Llamas en la Caña

Sofía caminaba entre las altas cañas del cañaveral, el corazón latiéndole como tambor de fiesta en las venas. La noche veracruzana envolvía todo en un manto negro salpicado de estrellas, y el aire cargado de humedad traía el dulce aroma de la caña madura mezclándose con el perfume terroso de la tierra después de la lluvia. Cada paso crujía bajo sus sandalias, un sonido seco que resonaba como secreto compartido. Hacía meses que su cañaveral de pasiones con Alejandro ardía en silencio, pero esta noche, el capítulo 74 de su historia prohibida prometía ser el más intenso.

¿Por qué vengo aquí otra vez? se preguntaba en su mente, mientras el viento jugaba con su blusa ligera, pegándola a sus pechos. Era pendeja por arriesgarse, con la familia de él enemistada por tierras desde generaciones. Pero el deseo la jalaba como imán, un fuego que no se apagaba ni con las regaños de su mamá. Alejandro la esperaba, lo sabía. Su mensaje en el celular había sido claro: "Ven al corazón del cañaveral, mi reina. Esta noche seremos libres."

De pronto, una mano fuerte la tomó del brazo, girándola con gentileza pero firmeza. Era él, Alejandro, alto y moreno, con esa sonrisa chueca que la derretía. Sus ojos negros brillaban bajo la luna, y olía a hombre de campo: sudor fresco, tabaco y algo salvaje que la hacía mojarse al instante.

¡Ay, mi Sofía! —murmuró él, atrayéndola contra su pecho ancho—. Te extrañé tanto, nena. Mira cómo me tienes, todo encabronado de ganas.

Ella rio bajito, un sonido ronco que vibró en su garganta, mientras sus manos subían por el torso de él, sintiendo los músculos duros bajo la camisa desabotonada. El roce de su piel áspera contra la suya suave era eléctrico, como chispas en la oscuridad.

Yo también, cabrón —susurró Sofía, mordiéndose el labio—. Pero si nos cachan, nos matan. ¿Vale la pena?

Él la besó entonces, un beso hambriento que sabía a tequila y miel de caña. Sus lenguas danzaron, explorando, mientras las cañas los rodeaban como cortina natural. Sofía sintió su verga endureciéndose contra su vientre, gruesa y caliente, y un gemido se le escapó. El deseo inicial era como brasa: tibia, pero lista para estallar.

Se recargaron en un tallo grueso, las hojas secas raspando sus espaldas. Alejandro deslizó una mano bajo su falda, rozando el encaje de sus calzones. Ella jadeó, el aire fresco contrastando con el calor de sus dedos.

Esto es puro vicio, pensó Sofía. Pero qué chingón vicio. Su toque me quema por dentro, como si me abriera en dos.

La tensión crecía lenta, como la savia subiendo por las cañas. Él besaba su cuello, lamiendo el sudor salado que perlaba su piel, mientras ella desabrochaba su cinturón con dedos temblorosos. El sonido metálico del cierre fue como promesa de liberación. Afuera, un coyote aulló lejano, pero ellos estaban en su mundo, el cañaveral de pasiones capítulo 74, donde nada importaba más que el pulso acelerado y el olor almizclado de su excitación mutua.

Alejandro la levantó con facilidad, sentándola en una base de cañas mullida por hojas caídas. La falda se arremangó sola, revelando sus muslos bronceados. Él se arrodilló, besando el interior de sus piernas, subiendo lento, torturante. Sofía arqueó la espalda, el crujido de las cañas acompañando su respiración agitada.

¡Órale, Alejandro! No me hagas sufrir así —suplicó ella, enredando los dedos en su cabello negro y revuelto.

Él rio contra su piel, el aliento caliente haciendo que su concha palpitara. —Te lo mereces, por ser tan rica. Déjame saborearte primero.

Su lengua encontró el centro de su placer, lamiendo con maestría el clítoris hinchado. Sofía gritó bajito, el sabor de su propia humedad mezclado con la sal de él en su mente. Era un torbellino sensorial: el roce áspero de la barba en sus muslos, el viento fresco en sus pezones erectos, el dulce aroma de la caña aplastada bajo ellos. Cada lamida era una ola, construyendo la marea.

Pero Alejandro no se conformaba. La volteó con cuidado, poniéndola de rodillas sobre las hojas suaves. Ella sintió su verga presionando su entrada, gruesa, venosa, lista. —Dime que sí, mi amor. Dime que me quieres dentro —gruñó él, voz ronca de necesidad.

¡Sí, pendejo! Entra ya, hazme tuya —respondió Sofía, empujando hacia atrás.

Él se hundió en ella de un solo movimiento fluido, llenándola por completo. El estiramiento era exquisito, un dolor placer que la hizo gemir fuerte. Comenzaron a moverse, ritmados, el slap de carne contra carne resonando en el cañaveral como tambores ancestrales. Sudor goteaba de sus cuerpos, mezclándose, oliendo a sexo puro y tierra fértil. Sofía clavó las uñas en las cañas, sintiendo cada embestida profunda, tocando ese punto que la volvía loca.

La escalada era imparable. Alejandro aceleró, una mano en su cadera, la otra masajeando sus tetas pesadas, pellizcando los pezones duros. Ella se mecía contra él, el clímax acercándose como tormenta. Internalmente, luchaba: Esto es amor o locura? ¿Y si nos ven? Pero qué más da, si su verga me parte en mil goces.

Los sonidos se intensificaron: jadeos entrecortados, cañas rompiéndose bajo su peso, el zumbido de grillos testigos mudos. El olor a sexo impregnaba el aire, almizcle femenino y semen masculino, embriagador. Sofía sintió las contracciones primero, un espasmo que la recorrió desde el útero hasta las yemas de los dedos.

¡Me vengo, cabrón! ¡No pares! —gritó, el orgasmo explotando como pirotecnia en feria.

Alejandro la siguió segundos después, gruñendo su nombre mientras se vaciaba dentro de ella, chorros calientes que la llenaron hasta rebosar. Se derrumbaron juntos, cuerpos entrelazados en el lecho de cañas, pulsos latiendo al unísono.

El afterglow fue dulce, como jarabe de caña. Él la abrazó por detrás, besando su hombro húmedo. El viento secaba su sudor, trayendo frescura a la piel enrojecida. Sofía sonrió en la oscuridad, sintiendo su semen escurrir por sus muslos, marca de su unión.

Esto fue el mejor capítulo de nuestro cañaveral de pasiones —murmuró ella, girando para mirarlo.

Capítulo 74, y vendrán más, mi reina. Nadie nos para —respondió él, sellando con un beso lento.

Se vistieron despacio, risas compartidas rompiendo la noche. Caminaron de la mano hasta el borde del campo, donde se separarían hasta la próxima entrega de su saga ardiente. Sofía se sentía empoderada, mujer completa, dueña de su pasión. El cañaveral guardaba sus secretos, testigo eterno de amores que florecían en la sombra.

Al llegar a casa, bajo las estrellas que se desvanecían, pensó: Que vengan el 75 y todos los que sigan. Este fuego no se apaga.

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