Pasión Prohibida Capítulo 72
El aire de la noche mexicana en Polanco olía a jazmín y a asfalto caliente, ese aroma que se pega a la piel como una promesa pecaminosa. Yo, Ana, caminaba rápido por la calle empedrada, mi corazón latiendo como tamborazo en fiesta de pueblo. Llevaba un vestido negro ajustado que rozaba mis muslos con cada paso, recordándome lo que iba a pasar. Neta, ¿por qué sigo haciendo esto? me preguntaba en mi cabeza, pero el calor entre mis piernas respondía por mí.
Marco me esperaba en el hotel boutique, ese rincón discreto donde los ricos follan sin que nadie meta las narices. Él era el carnal de mi esposo, el wey que siempre andaba de traje impecable y sonrisa de pendejo confiado. Prohibido hasta los huesos, porque si mi marido se enteraba, se armaría la bronca del siglo. Pero esa pasión prohibida, ay, esa pasión que nos consumía desde hace meses, valía cada riesgo. Capítulo 72 de nuestra historia secreta, y cada vez ardía más.
Subí al elevador, el espejo reflejaba mis ojos brillantes, labios rojos como chile de árbol. Sentí un cosquilleo en el estómago, mezcla de nervios y deseo puro.
Él me va a devorar esta noche, lo sé. Su boca en mi cuello, sus manos firmes abriendo mis piernas...El ding del elevador me sacó del trance. Toqué la puerta suite 72, y ahí estaba él, con camisa desabotonada dejando ver ese pecho moreno y tatuado con un águila chida.
—Órale, morra, qué rica traes —gruñó Marco, jalándome adentro con un beso que sabía a tequila reposado y menta. Sus labios carnosos me chuparon la lengua, y yo gemí bajito, mis tetas presionándose contra su torso duro. Olía a colonia cara y a hombre sudado de anticipación. Cerró la puerta de un golpe, y el mundo se redujo a nosotros dos.
Nos devoramos en el pasillo, sus manos subiendo mi vestido, dedos ásperos rozando mis pantis de encaje. Puta madre, cómo me prende este cabrón, pensé mientras le clavaba las uñas en la espalda. Me levantó como si no pesara nada, mis piernas envolviéndolo por la cintura. Caminó hacia la cama king size, con vista a las luces de Reforma parpadeando como estrellas coquetas.
Me tiró suave sobre las sábanas de algodón egipcio, frías contra mi piel caliente. Se quitó la camisa, músculos flexionándose bajo la luz tenue. —Te extrañé, Ana. Neta, no aguanto verte con él en las fiestas familiares —dijo con voz ronca, quitándome los zapatos con besos en los tobillos.
—Cállate, pendejo, y fóllame ya —le contesté juguetona, arqueando la espalda para que viera mis chichis libres bajo el vestido. Él rio, esa risa grave que me eriza la piel, y subió lento, besando mis pantorrillas, muslos, hasta llegar al centro. Sentí su aliento caliente sobre mi coño húmedo, y un jadeo se me escapó.
Acto primero del deseo: exploración. Sus dedos separaron la tela, oliendo mi excitación almizclada. —Estás chorreando, reina —murmuró, lamiendo despacio el encaje. Yo me retorcí, agarrando las sábanas, el sonido de su lengua chupando mi humedad como música prohibida. Cada roce era fuego, mi clítoris hinchado pidiendo más. Esto es lo que necesito, no las noches frías con mi marido.
Me quitó los pantis de un tirón, y su boca se hundió en mí. Lengua experta girando, chupando, metiendo dedos gruesos que curvaba justo ahí, en mi punto G. Gemí fuerte, ¡ay, wey!, mis caderas moviéndose solas contra su cara barbuda. El sabor salado de mi flujo en su boca, lo oía tragar, gruñir de placer. Olía a sexo crudo, a pasión prohibida capítulo 72 escrito en sudor.
Pero no quería correrme aún. Lo jalé del pelo, poniéndolo de pie. —Quítate todo, Marco. Quiero verte entero. —Él obedeció, pants abajo, su verga saltando dura, venosa, la cabeza brillando de pre-semen. La tomé en mi mano, piel suave sobre acero, latiendo contra mi palma. La olí, ese olor macho intenso, y la lamí desde la base hasta la punta, saboreando sal y deseo.
Él jadeaba, manos en mi pelo. —Pinche morra, me vas a matar. —Yo lo chupé hondo, garganta relajada por práctica, bolas en mi mano apretando suave. El sonido obsceno de succión llenaba la habitación, mezclado con sus ayes roncos. Pero la tensión crecía; necesitaba más.
Lo empujé a la cama, montándome encima. Mi vestido seguía puesto, arrugado, pero qué chido. Froté mi coño mojado contra su pija, lubricándola, sintiendo cada vena rozar mis labios hinchados. —Mírame a los ojos, carnal. Esto es nuestro, prohibido pero nuestro —le dije, bajando despacio. La cabeza entró, estirándome delicioso, y gemí largo mientras lo tragaba entero.
Acto segundo: escalada. Cabalgaba lento al principio, sintiendo cada centímetro llenarme, mis paredes apretándolo. El slap slap de piel contra piel, sudor goteando entre mis tetas. Él agarró mis caderas, guiándome más rápido, pulgares en mi clítoris frotando.
¡Dios, qué rico! Su verga me parte en dos, pero lo amo, pensé, visión borrosa de placer.
Cambié de posición, él encima ahora, misionero profundo. Piernas en sus hombros, embistiéndome fuerte, bolas golpeando mi culo. Cada thrust era un trueno, mi coño chorreando, haciendo charco en las sábanas. Olía a sexo puro, a jazmín mezclado con semen y flujo. —¡Más duro, pendejo! ¡Dame todo! —grité, uñas arañando su espalda.
Él sudaba, músculos brillando, besándome el cuello, mordiendo suave. —Eres mía, Ana. Olvídate de él. —Sus palabras avivaban el fuego, conflicto interno latiendo: culpa por mi matrimonio, pero empoderamiento en este placer robado. Gemí su nombre, sintiendo el orgasmo subir como ola en Acapulco.
Nos volteamos a perrito, mi posición fave. Él entró de nuevo, mano en mi pelo jalando suave, otra en mi clítoris. El espejo de enfrente mostraba todo: mi cara de puta en éxtasis, tetas rebotando, su culo flexionado embistiendo. Sonidos: ayes míos altos, gruñidos suyos animales, cama crujiendo. Toqué mis pezones duros, pellizcándolos, intensificando todo.
La tensión psicológica explotaba: Esto es pecado, pero qué chingón pecado. Él aceleró, verga hinchándose dentro. —Me vengo, morra... —advirtió. —¡Dentro! ¡Lléname! —ordené, empoderada. Mi orgasmo llegó primero, coño convulsionando, chorro caliente salpicando sus bolas. Él rugió, semen caliente inundándome, pulso tras pulso.
Acto tercero: afterglow. Colapsamos, jadeando, cuerpos pegajosos de sudor y fluidos. Su peso sobre mí reconfortante, verga suavizándose adentro aún. Besos lentos, lenguas perezosas. Olía a nosotros, a satisfacción profunda. —Qué pedo tan chido, ¿verdad? Capítulo 72 y contando —murmuró él, riendo bajito.
Me acurruqué en su pecho, escuchando su corazón calmarse. Soy libre aquí, con él. Mañana vuelvo a la farsa, pero esta pasión me mantiene viva. Fuera, Reforma zumbaba indiferente. Nos duchamos juntos, agua caliente lavando pecados, manos explorando de nuevo suave. Sabores: jabón y piel limpia.
Al salir, un beso en la puerta, promesa de más. Caminé a casa con piernas temblorosas, coño adolorido dulce, sonrisa secreta. Pasión prohibida, sí, pero la mía, consensual, ardiente. Capítulo 72 cerrado, pero el 73 ya late en mi sangre.