Despertar a la Pasion Julie Garwood
Estaba sentada en la terraza de mi depa en la Roma Norte, con el sol del atardecer tiñendo todo de naranja y rosa. El aire traía ese olor a jazmín del jardín de abajo mezclado con el humo lejano de unos tacos al pastor. En mis manos, el libro Despertar a la Pasion de Julie Garwood. Lo había agarrado en una librería chida de Polanco esa mañana, atraída por la portada sensual y el título que prometía fuego puro. Cada página me iba encendiendo por dentro, como si las palabras se colaran bajo mi piel.
Leí un pasaje donde la heroína sentía el roce de las manos del galán, ásperas y calientes, y neta, sentí un cosquilleo entre las piernas. Mi blusa ligera se pegaba a mis pechos por el sudor del calor mexa, y crucé las piernas para calmar esa humedad que empezaba a traicionarme.
¿Por qué carajos este libro me está poniendo así de caliente? Como si no hubiera chingado en meses, pensé, mordiéndome el labio. Hacía rato que mi última relación había terminado en un desmadre, y desde entonces, solo vibes con el vibrador. Pero Julie Garwood pintaba un despertar que me hacía antojarme de carne real, de aliento caliente en el cuello.
De pronto, la guitarra empezó a sonar desde la terraza vecina. Rasgueos suaves, una rola de José Alfredo que me erizó la piel. Me asomé y vi a Alejandro, el morro que rentaba al lado. Alto, moreno, con esa barba de tres días que me traía loca cada vez que lo veía en el elevador. Vestía una playera ajustada que marcaba sus bíceps y unos jeans rotos que dejaban ver un cachito de piel tatuada. Nuestras miradas se cruzaron, y él sonrió con picardía.
—¡Órale, Valeria! ¿Qué onda con la lectura romántica? gritó, sin dejar de tocar.
Me reí, levantando el libro. —Es Despertar a la Pasion de Julie Garwood, wey. Me tiene bien prendida.
Él dejó la guitarra y se acercó al borde. —¿Prendida? Suena cabrón. ¿Me dejas echarle un ojo?
El corazón me latía fuerte, como tamborazo zacatecano. Le hice señas para que pasara. Saltó la barda baja con facilidad, aterrizando cerca de mí con olor a colonia fresca y sudor masculino. Se sentó a mi lado en la tumbona, tan cerca que sus muslos rozaron los míos. Tomó el libro, hojeándolo mientras yo lo observaba, hipnotizada por cómo sus dedos largos volvían las páginas.
—Esta Julie Garwood sabe lo que se hace. Mira este pedacito: "Su pasión despertó como un volcán dormido". Neta, poético y caliente, dijo, mirándome con ojos oscuros que brillaban.
El roce de su brazo contra mi hombro mandó chispas por mi espina.
Chin, Valeria, no seas pendeja, pero se siente chido. Le quité el libro y lo cerré, dejando que mi mano se quedara en la suya un segundo de más.
—¿Y tú qué, Alejandro? ¿Lees estas chingaderas o solo tocas guitarra para ligar? bromeé, mi voz un poquito ronca.
Él se acercó más, su aliento cálido con toques de cerveza. —Leo lo que me prende, como tú ahorita. Y sí, la guitarra ayuda, pero eres tú la que me estás despertando algo cabrón.
Ahí empezó todo. Sus labios rozaron los míos en un beso tentativo, probando. Sabían a menta y deseo puro. Respondí con hambre, enredando mis dedos en su pelo revuelto. El beso se profundizó, lenguas danzando, un gemido escapando de mi garganta. Sus manos subieron por mi espalda, desabotonando mi blusa con maestría, dejando mis tetas al aire bajo el sol poniente. El viento fresco las endureció al instante, y él las tomó, masajeando con pulgares que me volvían loca.
Nos movimos adentro, tropezando con la puerta de cristal. El depa olía a mi perfume de vainilla y al mezcal que había servido antes. Lo empujé al sofá, quitándole la playera para lamer su pecho salado, tatuajes que contaban historias bajo mi lengua. Él gruñó, ¡Pinche rica!, y me volteó, bajándome los shorts. Sus dedos encontraron mi clítoris hinchado, frotando en círculos que me hicieron arquear la espalda.
Es como el libro, pero mejor. Su toque es fuego real, no palabras. Me corrí rápido la primera vez, jadeando su nombre, el cuerpo temblando mientras él lamía mi cuello, oliendo mi excitación almizclada.
Pero no paró ahí. Me cargó a la recámara, tirándome en la cama king size con sábanas de algodón egipcio que olían a lavanda fresca. Se quitó los jeans, revelando su verga dura, gruesa, venosa, lista para mí. Me arrodillé, tomándola en la boca, saboreando el precum salado, chupando con ganas mientras él gemía y me jalaba el pelo suave. ¡Así, mamacita, qué chingona!
La tensión crecía como tormenta veraniega. Me puso a cuatro patas, rozando su punta en mi entrada mojada. —¿Quieres que te despierte la pasión como en tu libro, Valeria? murmuró, su voz grave vibrando en mi oído.
—Sí, cabrón, métemela ya, supliqué, empujando contra él.
Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome delicioso. El sonido de piel contra piel empezó, chapoteos húmedos mezclados con nuestros jadeos. Olía a sexo puro, sudor y feromonas. Sus manos en mis caderas, embistiendo más fuerte, mi clítoris rozando la sábana.
Esto es el verdadero despertar a la pasión, Julie Garwood no miente. Grité cuando el orgasmo me pegó de nuevo, paredes apretándolo mientras él seguía, gruñendo como animal.
Cambié de posición, montándolo, controlando el ritmo. Sus ojos fijos en mis tetas rebotando, manos amasándolas. El cuarto se llenó de nuestros olores, el colchón crujiendo, la luz de la luna colándose por la ventana. Aceleré, sintiendo su verga palpitar dentro, hasta que explotó, llenándome de calor líquido, su吼ido ronco en mi oído.
Colapsamos, enredados, pieles pegajosas resbalando. Su corazón tronaba contra mi pecho, respiraciones agitadas calmándose poco a poco. Me besó la frente, suave, mientras el aire nocturno entraba fresco, carrying away el calor del momento.
—Gracias por el libro, Valeria. Me despertaste algo chido, susurró, riendo bajito.
Yo sonreí, trazando su pecho con el dedo.
Julie Garwood tenía razón: la pasión despierta y cambia todo. Afuera, la ciudad zumbaba con vida, pero en ese instante, solo existíamos nosotros, saciados, conectados en el afterglow perfecto.