El Reloj de la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo Marca Mi Deseo
En las calles empedradas de Taxco, durante la Semana Santa, el aire se llenaba de incienso y murmullos devotos. Las campanas de la iglesia repicaban con un eco grave que vibraba en el pecho, como un latido acelerado. Yo, Ana, de veintiocho años, caminaba entre la multitud con mi rebozo negro sobre los hombros, fingiendo piedad mientras mi mente divagaba en pecados que ni siquiera me atrevía a confesar. Neta, qué calor hace este año, pensé, sintiendo cómo el sudor perlaba mi escote bajo la blusa de algodón.
La procesión del Reloj de la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo era lo más chido de todo. Ese reloj antiguo en la torre de la Santa Prisca marcaba las horas exactas de la agonía de Cristo: la oración en Getsemaní, el beso de Judas, la flagelación. Cada tañido era un recordatorio de sufrimiento, pero para mí, ese día, sonaba como un llamado a algo más carnal. Mis ojos se posaron en él, hipnotizados por las manecillas doradas que avanzaban lentas, inexorables.
Entonces lo vi. Diego, con su camisa blanca arremangada dejando ver unos brazos fuertes y bronceados, barba de tres días y ojos negros que brillaban como obsidiana. Me miró fijo, con una sonrisa pícara que me erizó la piel.
¿Quién es este pendejo tan guapo? ¿Y por qué siento que mi panocha se moja con solo verlo?Nuestras miradas se cruzaron mientras la procesión avanzaba, nazarenos encapuchados cargando el paso pesado de Jesús camino al Calvario.
Al final del desfile, cuando la gente se dispersó hacia las posadas iluminadas con velas, él se acercó. Olía a colonia fresca mezclada con el humo del copal. "Órale, qué procesión tan intensa, ¿no? Ese reloj siempre me pone a pensar en el tiempo que se nos escapa", dijo con voz ronca, su acento chilango puro. Yo tragué saliva, notando cómo su mirada bajaba un segundo a mis labios.
"Sí, el Reloj de la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo marca horas que duelen, pero también despiertan algo... profundo", respondí, mi voz temblando un poco. Caminamos juntos por las callecitas angostas, el bullicio de las familias comiendo capirotada a lo lejos. Hablamos de todo: de cómo Taxco se volvía mágica en esos días, de nuestras vidas en la Ciudad de México, de deseos reprimidos por la rutina. Su mano rozó la mía accidentalmente al girar una esquina, y un chispazo eléctrico subió por mi brazo hasta mi entrepierna. ¡Carajo, Ana, contrólate!
La noche cayó como un manto morado, y terminamos en una posada con balcón a la plaza. Pidimos pulque fresco, que sabía dulce y espumoso, bajando ardiente por mi garganta. Nos sentamos cerca, nuestras rodillas tocándose bajo la mesa de madera. "Sabes, ese reloj me recuerda que la pasión no es solo dolor. Es vida, es fuego", murmuró él, su aliento cálido en mi oreja. Mi corazón latía al ritmo de las campanas lejanas. Lo miré, y sin pensarlo, mis dedos se enredaron en su pelo.
Acto segundo: la escalada. Subimos a mi habitación, la número siete, con vista al reloj iluminado. La puerta se cerró con un clic que sonó como una promesa. Diego me acorraló contra la pared adobe, sus labios capturando los míos en un beso hambriento. Sabía a pulque y a hombre, su lengua explorando mi boca con urgencia.
¡Qué rico besa el cabrón! Mi cuerpo se derrite como cera de vela.
Sus manos grandes subieron por mis caderas, levantando mi falda huipil. Sentí sus palmas callosas contra mi piel suave, erizándome los vellos. "Estás mojada, chula", gruñó contra mi cuello, mordisqueando la piel sensible. Yo gemí, arqueándome, mis uñas clavándose en su espalda. El aroma de su sudor masculino se mezclaba con el jazmín del jardín abajo, y el tañido del reloj marcaba la hora de la coronación de espinas, pero en mi mente era coronación de placer.
Lo empujé hacia la cama de dosel, quitándole la camisa con dedos temblorosos. Su pecho ancho, cubierto de vello oscuro, subía y bajaba rápido. Lo besé ahí, lamiendo el salado de su piel, bajando hasta el botón de sus jeans. "Quítatelos, Diego. Quiero verte todo", le ordené, empoderada por el deseo. Él obedeció, su verga saltando libre, gruesa y venosa, palpitando al aire fresco. La tomé en mi mano, sintiendo su calor pulsante, el terciopelo sobre acero. Él jadeó, "¡Neta, Ana, me vas a matar!"
Me arrodillé, el piso de loseta fría contra mis rodillas, y lo lamí desde la base hasta la punta, saboreando el precum salado. Su mano en mi pelo guiaba sin forzar, gemidos roncos llenando la habitación. Luego me levantó, me desvistió despacio, besando cada centímetro revelado. Mis chichis liberadas, pezones duros como piedras, él los chupó con avidez, tirando suavemente con los dientes. ¡Ay, Diosito, qué delicia! Bajó más, separando mis muslos. Su aliento caliente en mi panocha me hizo temblar. Lengua experta lamiendo mi clítoris hinchado, dedos curvándose dentro de mí, tocando ese punto que me hacía ver estrellas.
"Estás deliciosa, como miel de maguey", murmuró, mientras yo me retorcía, mis jugos empapando sus labios. El reloj dio las doce, la hora de la oración en el huerto, y yo rogué por más. Lo monté entonces, cabalgándolo lento al principio, sintiendo cómo me llenaba por completo, estirándome deliciosamente. Nuestras pieles chocaban con palmadas húmedas, sudor resbalando entre nosotros. Aceleré, mis caderas girando, sus manos amasando mi culazo. "¡Más fuerte, carnala! ¡Dame todo!", gritó él, y yo obedecí, el placer construyéndose como una ola en la sierra.
Internamente luchaba:
Esto es pecado, Ana, pero qué pecado tan chingón. El Reloj de la Pasión nos marca a nosotros ahora, no solo a Cristo.Gemidos se mezclaban con los cantos de saetas lejanas, el incienso flotando por la ventana abierta. Él me volteó, penetrándome por atrás, su vientre contra mi espalda, una mano en mi clítoris frotando en círculos. El ritmo era frenético, piel contra piel resbaladiza, olores de sexo crudo impregnando el aire.
Acto tercero: el éxtasis y el eco. El clímax llegó cuando el reloj tañó la hora de la crucifixión, tres golpes profundos que vibraron en mis huesos. "¡Me vengo, Diego! ¡Ay, cabrón!", grité, mi coño contrayéndose alrededor de su verga en espasmos violentos. Él rugió, llenándome con chorros calientes, su cuerpo temblando contra el mío. Colapsamos en la cama revuelta, jadeantes, piel pegajosa y sonrisas bobas.
Abrazados, escuchamos el silencio post-campanas. Su dedo trazaba círculos en mi ombligo, mientras yo besaba su hombro. "Ese reloj... nos dio tiempo para esto. Pasión de verdad", susurró. Yo asentí, sintiendo una paz profunda, como si el sufrimiento devoto se hubiera transmutado en gozo puro. No hay culpa, solo vida latiendo fuerte.
Al amanecer, con el sol dorando las cúpulas de Taxco, nos vestimos entre risas y promesas de más noches. El Reloj de la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo seguía ahí, impasible, pero en mi piel llevaba su marca: el pulso del deseo eterno, consensual y ardiente. Bajamos a la plaza, mano en mano, listos para lo que el día trajera, sabiendo que la verdadera pasión no muere en una cruz, sino que renace en carnes unidas.