Esplendida Pasion Julia Quinn PDF Desatada
Estaba recostada en mi cama king size en el depa de Polanco, con el aire acondicionado zumbando bajito y el sol de la tarde colándose por las cortinas de lino blanco. Afuera, el bullicio de la Ciudad de México se oía como un murmullo lejano, coches pitando y vendedores ambulantes gritando sus antojitos. Yo, Ana, de veintiocho pirulos, soltera pero no santa, había pasado la mañana buscando lecturas que me prendieran el ánimo. Neta, necesitaba algo que me sacara del estrés del jale en la agencia de publicidad.
Recordé un clásico del romance que todas mis cuates mencionaban en el grupo de WhatsApp: Esplendida Pasion Julia Quinn PDF. Busqué rapidito en la red y ¡órale! ahí estaba, listo para descargar. Lo abrí en mi tablet, el olor a café de olla recién hecho flotando en el aire desde la cocina. Las primeras páginas me atraparon: descripciones de miradas ardientes, toques robados en salones elegantes, pasiones contenidas que explotaban como volcán. Sentí un cosquilleo en el estómago, bajando hasta mis muslos.
¿Por qué carajos no tengo a alguien aquí para revivir esto?pensé, mientras mis dedos rozaban distraídamente el borde de mi blusa de encaje.
El calor empezó a subirme por el cuello. La heroína del libro, con su vestido ajustado y su deseo reprimido, me hacía imaginarme a mí misma en su lugar. Mi piel se erizaba, el pulso acelerándose con cada línea. Olía mi propio aroma, ese dulzor sutil de excitación mezclándose con el jazmín de mi perfume. No aguanté más. Agarré el teléfono y marqué a Marco, mi amigo con derechos desde hace meses. Ese pendejo guapo de ojos cafés y sonrisa pícara que siempre respondía al primer timbre.
—Wey, ¿dónde andas? Ven pa'cá ya, tengo ganas de ti —le dije, voz ronca, mordiéndome el labio.
—Ya voy, nena. Diez minutos —respondió, y colgué con el corazón latiéndome en la garganta.
Llegó puntual, como siempre, con su camiseta ajustada marcando los pectorales y jeans que le quedaban como pintados. El olor a su colonia fresca, mezclada con el sudor ligero del tráfico, me invadió al abrir la puerta. Nos miramos un segundo eterno, esa tensión eléctrica que siempre había entre nosotros. Cerré la puerta y lo jalé hacia mí, nuestros cuerpos chocando con un plaf suave.
Acto primero de nuestra propia novela: lo besé con hambre, saboreando el mentol de su chicle y el salado de su piel. Sus manos grandes subieron por mi espalda, desabrochando el brasier con maestría. Chingón, este tipo. Me quitó la blusa, exponiendo mis tetas al aire fresco, pezones endureciéndose al instante bajo su mirada hambrienta.
—Estás cañona hoy, Ana —murmuró, voz grave vibrando contra mi cuello.
Lo empujé al sillón de cuero negro, el crujido del material bajo su peso rompiendo el silencio. Me arrodillé entre sus piernas, desabrochando su cinturón con dedos temblorosos. El bulto en sus boxers era impresionante, latiendo bajo la tela. Lo liberé, su verga dura saltando libre, venosa y caliente al tacto. Olía a hombre puro, almizcle varonil que me mareaba. La lamí despacio, desde la base hasta la punta, saboreando la gota salada de precum. Él gruñó, manos enredándose en mi pelo.
Esto es mejor que cualquier página de ese PDF, pensé, mientras lo chupaba más profundo, mi lengua girando alrededor del glande. El sonido húmedo de mi boca llenaba la habitación, mezclado con sus jadeos roncos. Mi panocha palpitaba, empapada, rogando atención.
Marco me levantó como si no pesara nada, cargándome a la cama. Acto segundo: la escalada. Me tendió boca arriba, besando cada centímetro de mi cuerpo. Sus labios en mis pechos, succionando un pezón mientras pellizcaba el otro, enviando chispas directas a mi clítoris. Gemí alto, arqueando la espalda. Bajó más, lamiendo mi ombligo, mis caderas, hasta llegar al paraíso. Separó mis labios mayores con los dedos, exponiendo mi humedad brillante.
—Mira cómo brillas, toda mojada por mí —dijo, soplando aire caliente que me hizo estremecer.
Su lengua entró en acción, plana y firme contra mi botón, girando en círculos perfectos. El placer era eléctrico, oleadas subiendo por mis piernas. Olía mi propia esencia dulce y salada, mezclada con su saliva. Metió dos dedos dentro, curvándolos hacia arriba, tocando ese punto que me volvía loca. No mames, iba a correrme ya. Pero quise más, lo detuve.
—Adentro, ya, cabrón —exigí, jalándolo encima.
Se colocó entre mis muslos, la punta de su pinga rozando mi entrada. Nos miramos a los ojos, ese momento de conexión pura. Empujó despacio, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. Lleno, grueso, perfecto. Empezó a moverse, lento al principio, saliendo casi todo para volver a hundirse. El sonido de piel contra piel, plap plap plap, rítmico como un tambor azteca. Sudábamos, cuerpos resbalosos, olor a sexo impregnando el aire.
Internalmente, luchaba:
Esto es solo placer, no amor como en el libro, pero qué chido se siente. Aceleró, mis uñas clavándose en su espalda musculosa. Cambiamos posiciones; yo encima, cabalgándolo como reina. Sus manos en mis nalgas, guiándome, mientras rebotaba. Veía su cara de éxtasis, venas del cuello hinchadas. Mi clítoris rozaba su pubis con cada bajada, acumulando tensión.
La intensidad crecía, mis gemidos convirtiéndose en gritos. ¡Más duro, wey! ¡Sí, así! Él obedecía, embistiéndome desde abajo. Sentía el orgasmo aproximándose, como una ola gigante en el Pacífico. Explosé primero, paredes contrayéndose alrededor de su verga, jugos chorreando. Él gruñó profundo, corriéndose dentro, caliente y abundante, llenándome hasta rebosar.
Acto tercero: el afterglow. Colapsamos, jadeantes, cuerpos entrelazados en sábanas revueltas. Su semen goteaba entre mis piernas, cálido y pegajoso. Besos suaves ahora, lenguas perezosas. El cuarto olía a pasión cumplida, sudor y satisfacción. Me acurruqué en su pecho, escuchando su corazón galopando calmándose.
—¿Qué te prendió tanto hoy? —preguntó, acariciando mi pelo.
Le conté del libro, de cómo Esplendida Pasion Julia Quinn PDF me había encendido la mecha. Reímos bajito, planeando leerlo juntos la próxima. Pero en el fondo, sabía que esto era nuestro: pasión real, mexicana, sin salones ingleses pero con el mismo fuego. Me quedé dormida en sus brazos, soñando con más capítulos por escribir.