Mi Pasion Ericson
La noche en Polanco estaba viva con el bullicio de la ciudad que nunca duerme. Las luces de neón parpadeaban como estrellas caídas sobre las banquetas llenas de risas y copas tintineando. Yo, Ana, había llegado a esa fiesta en la terraza de un rooftop chido solo para distraerme un rato, pero el destino, ese cabrón juguetón, tenía otros planes. Ahí estaba él, Ericson, recargado en la barandilla con una cerveza en la mano, su silueta alta y ancha recortada contra el skyline de la CDMX. Sus ojos azules, herencia de su papá sueco, brillaban con esa intensidad que me hacía temblar las rodillas desde la primera vez que lo vi en la uni.
El aire olía a jazmín mezclado con el humo de cigarros y el perfume caro de las chavas bien. Mi corazón dio un brinco cuando nuestras miradas se cruzaron. Órale, neta que sí es él, pensé, sintiendo un calor subir por mi pecho. Ericson sonrió, esa sonrisa pícara que prometía problemas del mejor tipo, y se acercó con paso seguro. Su camisa blanca ajustada marcaba los músculos de su pecho, y olía a sándalo fresco, como si acabara de salir de la ducha.
—¡Ana! Wey, cuánto tiempo, dijo con esa voz grave que vibraba en mi piel como un ronroneo. Me abrazó, y su cuerpo duro contra el mío despertó recuerdos que había enterrado bajo capas de trabajo y citas fallidas. Sus manos grandes en mi espalda baja, el roce de su barba incipiente en mi mejilla. Sentí mi piel erizarse, un cosquilleo que bajaba directo a mi entrepierna.
—Ericson, pendejo, ¿dónde te habías metido? —reí, tratando de sonar casual, pero mi voz salió ronca, traicionándome. Hablamos de pendejadas: el tráfico infernal, el pinche jefe que nos tenía hasta la madre en la agencia de diseño. Pero debajo de las palabras, la tensión crecía como una tormenta. Cada vez que se reía, su aliento cálido rozaba mi oreja, y yo imaginaba sus labios en mi cuello.
Esta es mi pasión, Ericson. Siempre lo ha sido. Ese fuego que me quema por dentro cada vez que estás cerca.
La música reggaetón retumbaba, invitándonos a movernos. —Ven, baila conmigo, murmuró, tomándome de la mano. Su palma áspera contra la mía era eléctrica. Nos pegamos en la pista improvisada, mis caderas ondulando contra las suyas. Sentía su verga endureciéndose contra mi culo, dura y caliente a través de la tela delgada de mi vestido rojo. Chingado, qué rico, gemí para mis adentros, arqueándome más para provocarlo. Sus manos subieron por mis muslos, rozando el borde de mis panties, y yo jadeé, el sudor perlándonos la piel bajo las luces estroboscópicas.
La fiesta se desvaneció. Solo existíamos nosotros, el ritmo latiendo en sintonía con nuestros pulsos acelerados. —No aguanto más, Ana. Vamos a mi depa, está aquí cerca, susurró en mi oído, su aliento caliente enviando ondas de placer directo a mi clítoris. Asentí, la boca seca, el coño ya húmedo palpitando de anticipación. Tomamos un taxi, las manos entrelazadas en el asiento trasero, robándonos besos salados que sabían a tequila y deseo puro.
Acto dos: su penthouse en una torre reluciente, minimalista con vistas al Bosque de Chapultepec. La puerta apenas se cerró y ya estábamos devorándonos. Ericson me empujó contra la pared, sus labios capturando los míos en un beso feroz, lenguas enredándose con hambre. Sabía a menta y cerveza, su barba raspando deliciosamente mi piel sensible. Te necesito, cabrón, pensé mientras mis uñas se clavaban en su espalda musculosa bajo la camisa.
Me levantó como si no pesara nada, mis piernas envolviéndolo por la cintura. Caminó hacia el sofá de piel suave, depositándome con cuidado pero urgencia. Sus manos expertas subieron mi vestido, exponiendo mis tetas llenas en un bra negro de encaje. —Eres tan chingona, Ana. Tan mojada por mí, gruñó, lamiendo mi cuello mientras sus dedos se colaban en mis panties, encontrando mi panocha empapada. Gemí fuerte cuando rozó mi clítoris hinchado, círculos lentos que me hacían arquear la espalda. El sonido de mi humedad chasqueando bajo sus dedos era obsceno, excitante, mezclado con nuestros jadeos pesados.
Lo empujé hacia atrás, queriendo tomar control. Le arranqué la camisa, besando su pecho velludo, saboreando el salado de su sudor. Bajé al cinturón, liberando su verga gruesa, venosa, palpitante. Qué pedazo de verga, Ericson. La lamí desde la base hasta la punta, sintiendo su grosor llenarme la boca, su pre-semen salado en mi lengua. Él rugió, enredando los dedos en mi pelo: —Sí, mámacita, trágatela toda.
Pero quería más. Me puse de rodillas en la alfombra mullida, él de pie frente a mí. Lo chupé con devoción, succionando fuerte, mis manos masajeando sus huevos pesados. Sus gemidos roncos llenaban la habitación, el olor almizclado de su excitación invadiendo mis sentidos. Me miró con ojos oscurecidos por el lustro: —Ven aquí, quiero follarte ya.
Me tendió en el sofá, arrancando mis panties con un tirón. Su boca descendió a mi coño, lengua plana lamiendo mis labios hinchados, chupando mi clítoris como si fuera un dulce. ¡Ay, Dios! ¡Qué rico! Grité, mis caderas buckeando contra su cara barbuda. Introdujo dos dedos gruesos, curvándolos contra mi punto G, mientras su lengua danzaba sin piedad. El orgasmo me golpeó como un rayo, mi cuerpo convulsionando, chorros de placer empapando su barbilla. Saboreé mi propio grito ahogado, el mundo explotando en colores.
Aún temblando, lo jalé hacia mí. —Fóllame, Ericson. Duro, supliqué. Se colocó entre mis piernas, la cabeza de su verga rozando mi entrada resbaladiza. Empujó lento al principio, estirándome deliciosamente, centímetro a centímetro hasta llenarme por completo. Pinche paraíso. Empezó a bombear, profundo y rítmico, sus pelotas chocando contra mi culo con palmadas húmedas. Sudábamos, piel resbalosa contra piel, el sofá crujiendo bajo nosotros.
Cambié de posición, montándolo como amazona. Sus manos amasando mis tetas, pellizcando pezones duros mientras yo rebotaba, su verga golpeando mi cervix con cada bajada. —¡Sí, cabrón, así! ¡Me vengo otra vez! Rugí, mis paredes contrayéndose alrededor de él, ordeñándolo. Él gruñó, volteándome a cuatro patas, embistiéndome desde atrás con fuerza animal. Sus manos en mis caderas, jalándome contra él, el sonido de carne contra carne ecoando como música prohibida.
Acto tres: el clímax se acercaba. —Me voy a correr, Ana. ¿Dónde quieres? —Adentro, lléname, jadeé. Unas embestidas más, brutales y perfectas, y explotó, chorros calientes inundándome, su verga pulsando dentro de mí. Grité su nombre, otro orgasmo partiéndome en dos, piernas temblando, visión borrosa.
Colapsamos enredados, respiraciones entrecortadas calmándose poco a poco. Su semen goteaba de mi coño satisfecho, cálido y pegajoso en mis muslos. Me acurruqué contra su pecho, escuchando su corazón galopante ralentizarse. El aire olía a sexo crudo, sudor y nosotros. Besó mi frente: —Eres mi pasión, Ana. Siempre lo serás.
Mi pasión Ericson. Grabada en mi piel, en mi alma. Esta noche lo supe: no hay vuelta atrás.
Nos quedamos así hasta el amanecer, la ciudad despertando abajo, prometiendo más noches como esta. El deseo saciado, pero la chispa eterna.