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Leyendas de Pasión Latino

5867 palabras

Leyendas de Pasión Latino

El sol del atardecer teñía de oro las colinas de Jalisco, y el aire olía a tierra húmeda y agave maduro. Llegué a la hacienda de mi tía Lupe con el corazón latiendo fuerte, escapando del ruido de la ciudad. ¿Por qué carajos vengo aquí sola? me pregunté, mientras el viento jugaba con mi falda ligera, rozando mis muslos como una caricia prohibida. La hacienda era un paraíso de adobe blanco y buganvillas rojas, con un patio central donde los mariachis ensayaban para la fiesta de esa noche. Ahí lo vi por primera vez: Javier, el capataz, con su sombrero charro echado para atrás, camisa ajustada que marcaba sus pectorales duros y jeans que abrazaban sus caderas fuertes. Sus ojos negros me clavaron como un tequila puro.

Este wey es puro fuego, neta que me prende con solo mirarlo
pensé, sintiendo un cosquilleo en el vientre que bajaba hasta mis piernas. Me acerqué fingiendo casualidad, pidiendo un vaso de agua fresca. Él sonrió, esa sonrisa pícara de ranchero que sabe lo que provoca, y me sirvió con manos callosas que rozaron las mías. Electrizante, como si su piel transmitiera calor directo a mi centro.

La noche cayó como un manto estrellado, y la fiesta estalló con rancheras que hacían vibrar el suelo. Javier me invitó a bailar, su mano firme en mi cintura, guiándome en un son que pegaba nuestros cuerpos. Olía a sudor limpio, a cuero y a hombre de campo. Su aliento cerca de mi cuello, cálido, con sabor a mezcal. "Eres de las que encienden leyendas, ¿verdad?" murmuró, su voz grave retumbando en mi pecho. Le conté que había leído sobre leyendas de pasión latino, esas historias antiguas de amantes en estas tierras que se entregaban sin freno bajo la luna. Él rio bajito. "Aquí no son cuentos, mamacita. Son reales si las vives."

El deseo empezó como una chispa: sus dedos apretando mi cadera, mi pezón endureciéndose contra su torso. Bailamos hasta que el mundo se redujo a nosotros, el roce de su barba incipiente en mi oreja enviando ondas de placer.

Quiero que me toque ya, que me haga suya como en esas leyendas
. Al final de la canción, me llevó de la mano hacia el jardín trasero, donde los nopales susurraban con la brisa y el aroma de jazmines invadía todo. Nos sentamos en un banco de piedra, aún jadeantes. Sus labios encontraron los míos, suaves al principio, luego urgentes, lengua explorando mi boca con sabor a limón y picante. Gemí contra él, mis manos enredándose en su cabello negro y espeso.

La tensión crecía como tormenta en el horizonte. Javier me recostó sobre la hierba suave, sus besos bajando por mi cuello, mordisqueando la piel sensible. Su aliento caliente, su barba raspando delicioso. "Dime si quieres parar, corazón", susurró, ojos fijos en los míos, pidiendo permiso con esa mirada que derretía. "No pares, carnal, te necesito", respondí, arqueando la espalda. Sus manos grandes subieron mi blusa, exponiendo mis senos al aire fresco de la noche. Los lamió despacio, lengua circundando los pezones duros como piedras de obsidiana, chupando hasta que grité bajito, el placer punzando directo al clítoris.

Me desvistió con reverencia, como si desvelara un tesoro azteca. Su boca trazó caminos de fuego por mi vientre, deteniéndose en el ombligo, luego más abajo. Olía mi arousal, ese musk dulce y salado que lo volvía loco. Siento su nariz rozando mi monte, su lengua probándome. "Estás mojada como río en lluvias, chula", gruñó, lamiendo mis labios mayores con hambre. Introdujo la lengua en mi entrada, saboreándome profunda, mientras sus dedos abrían mis pliegues. Gemí fuerte, caderas moviéndose solas, el sonido de su succión mezclándose con grillos y el latido de mi pulso acelerado.

Esto es mejor que cualquier leyenda, neta que me va a matar de gusto
.

La intensidad subía. Lo empujé para desabrochar sus jeans, liberando su verga dura, gruesa, venosa, con una gota perlada en la punta que lamí ansiosa. Sabor salado, viril, como mar y tierra mexicana. La chupé despacio, lengua rodeando el glande, sintiendo cómo palpitaba en mi boca. Él jadeaba, manos en mi cabeza guiándome sin forzar. "Así, pendeja rica, me vas a volver loco". Me incorporé, montándolo a horcajadas, frotando mi humedad contra su longitud. Nuestros ojos se encontraron, consentimiento mudo en esa mirada ardiente. Despacio, me hundí en él, centímetro a centímetro, gimiendo al sentirlo llenarme, estirándome perfecto.

Cabalgamos como en un galope salvaje, mis uñas clavándose en su pecho moreno, sudor perlando su piel que brillaba bajo la luna. El slap de carne contra carne, mis senos rebotando, su verga golpeando mi punto G con cada embestida. Siento cada vena, cada pulso, el calor subiendo por mi espina. Él me volteó, poniéndome de rodillas, penetrándome desde atrás con fuerza controlada. Sus bolas chocando mi clítoris, mano en mi cadera, la otra pellizcando mi pezón. "Ven conmigo, reina", ordenó, y el orgasmo me explotó como fuegos artificiales en la feria. Grité su nombre, paredes contrayéndose alrededor de él, leche caliente inundándome mientras él rugía su clímax, colapsando sobre mí.

Quedamos tendidos, piel pegajosa de sudor y fluidos, respiraciones entrecortadas sincronizándose. El aire nocturno nos enfriaba, pero su brazo alrededor de mi cintura me mantenía caliente. Olía a sexo, a jazmín y a nosotros.

Esto fue una leyenda viva, de esas pasiones latinas que no se olvidan
. Javier besó mi hombro. "Eres mi leyenda de pasión latino ahora, Ana. Quédate y hagamos más". Sonreí, sabiendo que lo haría. La hacienda guardaría nuestro secreto, pero en mi alma, ardía eterno.

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