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Pasión de Gavilanes Capítulo 123 Fuego en las Entrañas

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Pasión de Gavilanes Capítulo 123 Fuego en las Entrañas

La noche en la hacienda de los Gavilanes caía como un manto pesado cargado de promesas. El aire olía a tierra húmeda después de la lluvia vespertina y a las flores de bugambilia que trepaban por las paredes de adobe. Yo, Sofia, me escabullía del cuarto de las muchachas con el corazón latiéndome a mil por hora. Neta, esta vez no hay vuelta atrás, pensé mientras mis pies descalzos pisaban el suelo fresco del patio. La luna llena iluminaba todo con un brillo plateado, haciendo que las sombras bailaran como amantes en secreto.

Diego me esperaba junto al corral de los caballos, su silueta recortada contra el cielo estrellado. Era el capataz de mi familia, pero en sus ojos cafés siempre había un fuego que me chamuscaba el alma. Llevaba la camisa blanca desabotonada hasta la mitad, dejando ver el vello oscuro de su pecho fuerte, marcado por años de domar bestias y trabajar bajo el sol norteño. Órale, qué hombre, me dije, sintiendo un cosquilleo traicionero entre las piernas al acercarme.

—Ven pa'cá, chula —susurró con esa voz ronca que me ponía la piel de gallina, extendiendo una mano callosa hacia mí.

Me dejé tomar por la cintura, su palma grande y áspera contra la tela ligera de mi camisón. El roce era eléctrico, como si su piel quemara la mía a través de la ropa. Olía a hombre puro: sudor limpio mezclado con el aroma del cuero de su cinturón y un toque de tabaco de su último cigarro. Mi respiración se aceleró cuando sus labios rozaron mi oreja.

—Esta noche es nuestra, como en esa novela que tanto te gusta, Pasión de Gavilanes capítulo 123. ¿Te acuerdas? Esa donde los amantes se encuentran a escondidas y el mundo se les cae a pedazos.

Reí bajito, recordando cómo veíamos los capítulos en la tele de la cocina, yo fantaseando que éramos ellos. —Sí, carnal, pero esto es mejor. Aquí no hay cámaras, solo tú y yo.

Nos besamos con hambre contenida, sus labios firmes y calientes devorando los míos. Sabían a tequila y a deseo puro, con un toque salado de su piel. Mi lengua se enredó con la suya, explorando, mientras sus manos subían por mi espalda, desatando el lazo del camisón. La tela cayó al suelo con un susurro suave, dejándome expuesta al aire nocturno que me erizaba los pezones.

Acto primero de nuestra propia pasión: el roce inicial, el temblor de anticipación. Diego me levantó en brazos como si no pesara nada, llevándome al montón de heno fresco en el establo cercano. El olor a caballo y a hierba seca nos envolvió, un perfume rústico que avivaba mis sentidos. Me recostó con cuidado, sus ojos recorriendo mi cuerpo desnudo como si fuera un tesoro.

—Eres preciosa, Sofia. Mira cómo te brillas bajo la luna.

Me sonrojé, pero el deseo me volvía audaz. Mis manos tiraron de su camisa, arrancándosela. Toqué su pecho ancho, sintiendo los músculos duros bajo mis dedos, el latido fuerte de su corazón contra mi palma. Bajé al cinturón, desabrochándolo con dedos temblorosos. Su pantalón cayó, revelando su verga erecta, gruesa y venosa, palpitando de ganas.

¡Madre mía, qué pedazo de hombre! pensé, lamiéndome los labios. La envolví con mi mano, sintiendo su calor pulsante, la piel suave sobre la rigidez. Diego gruñó, un sonido gutural que vibró en mi vientre.

La tensión crecía como una tormenta en el horizonte. Sus besos bajaron por mi cuello, mordisqueando la piel sensible, dejando rastros húmedos que se enfriaban al aire. Chupó un pezón, lo succionó con fuerza suave, haciendo que un rayo de placer me atravesara directo al clítoris. Gemí, arqueándome, mis uñas clavándose en su espalda.

—Más, Diego, no pares, wey.

Él obedeció, su boca explorando mi vientre, lamiendo el ombligo, bajando hasta el monte de Venus. El vello púbico ralo se humedeció con mi excitación, el aroma almizclado de mi deseo flotando entre nosotros. Separó mis muslos con manos gentiles pero firmes, su aliento caliente sobre mi sexo abierto y ansioso.

Acto segundo: la escalada imparable. Su lengua tocó mi clítoris como una chispa, lamiendo en círculos lentos al principio, luego más rápido, succionando el botón hinchado. Sentí el jugo de mi excitación resbalando, saboreado por él con gruñidos de placer.

Esto es el paraíso, neta. Cada lamida me lleva más alto, como si volara sobre los gavilanes del rancho.
Mis caderas se movían solas, follándole la cara, mis manos enredadas en su pelo negro revuelto.

Diego metió dos dedos gruesos dentro de mí, curvándolos para tocar ese punto que me volvía loca. El sonido húmedo de mis paredes apretándolo, el chapoteo obsceno, llenaba el establo junto con mis jadeos. —¡Ay, cabrón, sí! Así, justo ahí.

El calor subía por mis piernas, un nudo apretándose en mi bajo vientre. Él aceleró, chupando más fuerte, dedos bombeando con ritmo experto. Mi primer orgasmo me golpeó como un relámpago, ondas de placer sacudiéndome entera. Grité su nombre, el cuerpo convulsionando, jugos brotando sobre su boca.

Pero no paró. Me volteó boca abajo sobre el heno, que pinchaba mi piel de forma deliciosa. Besó mi espalda, mordió mis nalgas redondas, separándolas para lamer mi ano con ternura juguetona. El placer nuevo me hizo gemir más, el ano contrayéndose bajo su lengua húmeda.

—Ahora te voy a coger como mereces, mi reina —murmuró, posicionándose detrás. Su verga rozó mi entrada empapada, deslizándose fácil hasta la mitad. Gemí al sentirlo estirándome, llenándome por completo. Era grueso, caliente, latiendo dentro de mí.

Empezó a moverse despacio, saliendo casi todo y embistiendo profundo. Cada choque hacía que mis tetas rebotaran contra el heno, el sonido de piel contra piel resonando como tambores. Olía a sexo puro, sudor mezclado con nuestros fluidos. Sus bolas peludas golpeaban mi clítoris, sumando placer.

Esto es pasión de gavilanes de verdad, capítulo 123 de nuestra historia, pensé en medio del éxtasis, recordando la novela que nos unía en fantasías compartidas. Diego aceleró, sus manos en mis caderas tirando de mí hacia él, follándome con fuerza animal pero cariñosa. Sudaba sobre mi espalda, su aliento jadeante en mi nuca.

—Te sientes tan chingona, Sofia. Tan apretada, tan mojada pa' mí.

Cambié de posición, montándolo ahora. Sus ojos se clavaron en mis tetas balanceándose mientras cabalgaba. Tomé sus manos, poniéndolas ahí para que amasara. Mi clítoris rozaba su pubis con cada bajada, el placer acumulándose de nuevo. Él empujaba desde abajo, profundo, golpeando mi cervix con dulzura.

La intensidad psicológica nos envolvía: años de miradas robadas, toques accidentales en el rancho, ahora liberados. Somos libres esta noche, pensé, besándolo con lengua mientras aceleraba el ritmo.

Acto tercero: la liberación gloriosa. Sentí el orgasmo venir, un tsunami inminente. —¡Me vengo, Diego! ¡Córrete conmigo!

Él gruñó, embistiendo una última vez profunda. Su verga se hinchó, chorros calientes de semen inundándome, mientras mi coño lo ordeñaba en espasmos. Grité, él rugió, el mundo explotando en colores y sensaciones: el calor de su leche goteando por mis muslos, el olor intenso del clímax compartido, el sabor salado cuando nos besamos exhaustos.

Colapsamos juntos, su cuerpo pesado y protector sobre el mío. El heno se nos pegaba a la piel sudada, el viento nocturno refrescándonos. Besó mi frente, mi nariz, mis labios hinchados.

—Te amo, Sofia. Esto no termina aquí.

Yo sonreí, trazando círculos en su pecho.

Pasión de Gavilanes capítulo 123 ha sido nuestro, pero vendrán más capítulos, más noches de fuego en las entrañas.
El rancho dormía alrededor, ajeno a nuestro secreto, pero en mi corazón, la llama ardía eterna, prometiendo más placeres por venir.

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