Pasion Obsesiva que Quema el Alma
Desde el balcón de mi departamento en la Condesa, con el bullicio de la Ciudad de México zumbando allá abajo como un río de luces y cláxones, lo vi por primera vez. Marco, el wey que se mudó al edificio de enfrente hace unas semanas. Alto, moreno, con esa mirada que te atraviesa como un rayo en plena tormenta. Cada noche, neta, me lo imaginaba tocándome, sus manos grandes recorriendo mi piel mientras el aroma a tacos de la calle se mezclaba con su sudor. Era una pasión obsesiva que me carcomía por dentro, de esas que no te dejan dormir y te hacen apretar las piernas bajo las sábanas.
Yo, Ana, treintañera soltera con un curro en una agencia de diseño que me tiene hasta la madre, no soy de las que se lanzan así nomás. Pero con él era diferente. Una tarde, mientras regaba mis macetas de bugambilias, nuestros ojos se cruzaron. Él estaba en su terraza, fumando un puro con esa sonrisa pícara que dice órale, carnala, ¿qué pedo? Levanté la mano, tímida al principio, y él me contestó con un guiño que me puso la piel chinita.
¿Qué chingados me pasa? ¿Por qué no puedo dejar de pensar en cómo sería besarlo, morderle el cuello hasta dejarle mi marca?
Al día siguiente, el destino –o mi pasión obsesiva– jugó su carta. Bajé al lobby y ahí estaba, recogiendo su correspondencia. Olía a colonia cara mezclada con el café recién molido de la tiendita de la esquina. Hola, vecina, dijo con voz grave, como si cada palabra fuera un roce. Charlamos de tonterías: el tráfico infernal, los antros que cierran tarde, cómo el DF te chupa el alma pero no te suelta. Sus ojos no se apartaban de los míos, y sentí un calor subiendo por mi vientre, como si ya estuviéramos desnudos.
La tensión creció esa misma semana. Me invitó a su depa para un café. Qué casualidad, ¿no? pensé, pero entré con el corazón latiéndome en la garganta. Su lugar era un desmadre chido: posters de lucha libre, una guitarra colgada en la pared y el olor a enchiladas suizas flotando desde la cocina. Se acercó demasiado mientras me servía el café, su brazo rozando el mío. El contacto fue eléctrico, piel contra piel, y olí su esencia masculina, ese mix de jabón y deseo crudo.
No aguanto más, me dije. Lo miré fijo y le solté: Marco, desde que te vi, no dejo de imaginarte encima de mí. Él se rio bajito, ese sonido ronco que me erizó los vellos. ¿Y qué esperas, Ana? Yo también te quiero devorar. Nos besamos ahí mismo, en la cocina, con urgencia de amantes que se conocen de toda la vida. Sus labios eran firmes, su lengua explorando mi boca con hambre, saboreando el café en mí. Mis manos se enredaron en su pelo negro, tirando suave mientras gemía contra su boca.
La cosa escaló rápido, pero con ese ritmo que te hace suplicar por más. Me cargó hasta su recámara, donde la luz de la tarde filtraba por las cortinas, pintando todo de dorado. Me tumbó en la cama king size, suave como nubes, y se quitó la playera despacio, revelando un torso marcado por horas en el gym, con ese vello oscuro que me volvía loca. Lo toqué, sintiendo los músculos tensos bajo mis dedos, el calor de su piel contra la mía. Es perfecto, wey, neta que sí, pensé mientras él me desvestía, besando cada centímetro que liberaba.
Sus labios bajaron por mi cuello, lamiendo el sudor salado que ya perlaba mi clavícula. El sonido de su respiración agitada llenaba la habitación, mezclándose con mis jadeos. Te quiero tanto, Ana, es una obsesión, murmuró contra mi pecho, chupando un pezón hasta endurecerlo, enviando chispas directas a mi entrepierna. Yo arqueé la espalda, oliendo su pelo, ese aroma a limón y hombre que me mareaba. Mis uñas se clavaron en su espalda, marcándolo como mío, mientras él bajaba más, besando mi ombligo, mi vientre tembloroso.
Esta pasión obsesiva nos va a consumir, pero qué chido arder así
Cuando llegó a mi centro, separó mis muslos con gentileza, mirándome a los ojos como pidiendo permiso. Asentí, empapada ya, el olor a mi excitación flotando en el aire cálido. Su lengua fue un torbellino: lamió despacio al principio, saboreando mis pliegues húmedos, luego más rápido, succionando mi clítoris con maestría. Grité su nombre, el placer subiendo como una ola, mis caderas moviéndose solas contra su boca. Sentí cada roce, cada vibración de su gemido contra mí, el sabor de mi propia esencia en sus labios cuando me besó después.
No pude esperar. Lo volteé, queriendo devorarlo yo. Su verga estaba dura, gruesa, palpitando en mi mano. La lamí desde la base, sintiendo la vena latiendo bajo mi lengua, el sabor salado de su pre-semen. Él gruñó, ¡Qué rico, pinche Ana, no pares!, sus manos en mi cabeza guiándome sin forzar. Lo chupé profundo, hasta la garganta, oyendo sus jadeos roncos, oliendo el musk de su excitación. Era mutuo, empoderador, como si los dos mandáramos en ese baile de lenguas y piel.
La intensidad subió cuando me penetró. Se puso condón –qué responsable, wey– y entró despacio, llenándome centímetro a centímetro. Sentí cada estiramiento, el roce de su grosor contra mis paredes, el pulso de su corazón latiendo dentro de mí. Empezamos lento, mirándonos a los ojos, susurrando guarradas: Dame más duro, Marco, hazme tuya. Aceleramos, la cama crujiendo bajo nosotros, sudor resbalando entre nuestros cuerpos, el slap-slap de piel contra piel resonando como tambores aztecas.
Yo arriba, cabalgándolo, mis tetas rebotando, sus manos amasándolas. Él abajo, embistiéndome desde abajo con fuerza controlada. El clímax nos golpeó juntos: yo primero, convulsionando alrededor de él, un grito ahogado saliendo de mi garganta mientras olas de placer me nublaban la vista, oliendo nuestro sexo mezclado. Él se vino segundos después, gruñendo mi nombre, su cuerpo temblando bajo el mío.
Nos quedamos así, enredados, el afterglow envolviéndonos como una manta tibia. Su pecho subía y bajaba contra mi mejilla, el olor a sexo y sábanas frescas calmando mi alma. Esta pasión obsesiva no es solo fuego, es algo que arraiga profundo, pensé mientras trazaba círculos en su piel. Marco me besó la frente, Qué chido fue, Ana. ¿Repetimos? Sonreí, sabiendo que sí, que esto apenas empezaba. Afuera, la ciudad seguía su ritmo loco, pero nosotros, en ese momento, éramos el centro del universo.