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La Pasión de Cristo Parte 2 El Despertar Carnal

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La Pasión de Cristo Parte 2 El Despertar Carnal

Lucía caminaba por las calles empedradas de San Miguel de Allende, el sol de la tarde tiñendo todo de un naranja ardiente que hacía brillar su piel morena. El aire olía a incienso y flores de bugambilia, mezclado con el eco distante de campanas de la iglesia. Hacía una semana de La Pasión de Cristo Parte 1, esa noche loca con Cristo donde se habían entregado como posesos en su casa en las afueras. Neta, había sido chingón, pero ahora su cuerpo pedía más. Su conchita palpitaba solo de recordarlo, el sabor salado de su sudor en la lengua, el roce áspero de su barba contra sus pechos.

Él la esperaba en la plaza principal, recargado en una banca con esa sonrisa pícara que la ponía de nervios. Cristo, con su metro ochenta de puro músculo tatuado, camisa blanca abierta dejando ver el pecho velludo y jeans ajustados que marcaban su verga dura solo para ella. Órale, mi reina, le dijo al verla, levantándose para abrazarla fuerte. Sus manos grandes bajaron por su espalda hasta apretarle las nalgas por encima del vestido ligero de algodón. Lucía sintió el calor de su cuerpo, olió su colonia mezclada con macho sudado, y un jadeo se le escapó. Ya valió, este pendejo me va a hacer venir aquí mismo, pensó mientras lo besaba con hambre, lenguas enredándose como serpientes en celo.

Se fueron caminando a su hotel boutique, un lugar chido con patio interior lleno de bugambilias y fuente murmurante. En el camino, Cristo le susurraba al oído: Esta noche es La Pasión de Cristo Parte 2, mi amor. Te voy a hacer gritar como virgen en su primera vez. Lucía reía nerviosa, pero su clítoris ya latía, mojando sus panties de encaje. Llegaron a la habitación, una suite con cama king size, velas aromáticas de vainilla y sábanas de hilo egipcio que prometían rozar como caricia de amante.

Acto primero: la anticipación. Cristo la sentó en la cama y se arrodilló frente a ella, como en una oración perversa. Le quitó los zapatos despacio, besando sus pies, lamiendo el arco con lengua caliente. Lucía se recargó en las almohadas, el corazón tronándole en el pecho.

Pinche Cristo, sabe cómo hacerme suya. Su aliento en mi piel... ay, ya quiero que me coma viva.
Él subió las manos por sus pantorrillas musculosas, masajeando, hasta llegar al borde del vestido. Lo levantó lento, revelando sus muslos gruesos, la piel suave oliendo a loción de coco. Eres mi diosa pagana, murmuró, besando el interior de sus rodillas mientras sus dedos jugaban con el elástico de las panties.

Lucía lo jaló del pelo, obligándolo a subir. No tan rápido, cabrón. Primero tú. Se puso de pie y lo desvistió con urgencia contenida. La camisa voló, revelando pectorales duros, pezones oscuros que ella mordió suave, saboreando el salado de su piel. Bajó los jeans, y ahí estaba su verga, gruesa y venosa, apuntando al techo como cruz erguida. El olor almizclado de su excitación la mareó, hizo que su boca se llenara de saliva. La tomó en mano, masturbándolo lento, sintiendo el pulso acelerado bajo la piel aterciopelada. Cristo gruñó, Me tienes bien puesto, Lucía. Chúpamela como buena devota.

Acto segundo: la escalada. Ella obedeció, arrodillándose ahora ella, lengua trazando venas desde la base hasta la cabeza hinchada. El sabor era puro sexo, pre-semen salado y dulce. Lo engulló profundo, garganta relajada por práctica, mientras él le acariciaba el pelo. Su verga me llena la boca, tan caliente, tan viva. Quiero que me rompa. Cristo la levantó, la tiró a la cama y le arrancó el vestido. Sus tetas grandes saltaron libres, pezones duros como piedras. Él las chupó voraz, mordiendo lo justo para doler rico, dejando marcas rojas que ella adoraba ver después.

Le quitó las panties de un jalón, exponiendo su concha depilada, labios hinchados brillando de jugos. Mira cómo estás de mojada por mí, mi reina. Metió dos dedos gruesos, curvándolos contra su punto G, mientras el pulgar rozaba el clítoris. Lucía arqueó la espalda, uñas clavándose en sus hombros. El sonido era obsceno: chapoteo húmedo, gemidos roncos. ¡Más, Cristo! ¡Fóllame con los dedos, pendejo! Él aceleró, saliva cayendo de su boca a su entrada para lubricar más. El olor a sexo llenaba la habitación, mezclado con vainilla y sudor fresco.

Pero no la dejó venir aún. La volteó boca abajo, nalgas en pompa, y le dio nalgadas firmes que resonaban como palmadas en misa. Cada golpe mandaba ondas de placer-dolor directo a su clítoris. Es mi pasión, mi cruz de placer. No pares, amor. Luego su lengua: lamió desde el ano hasta el clítoris en tiras largas, saboreándola como tamal recién hecho. Lucía temblaba, piernas abiertas, coño expuesto. Él metió la lengua profundo, chupando sus labios, mientras un dedo jugaba con su culito apretado, untado de sus propios jugos.

La tensión crecía como tormenta en el desierto. Cristo se puso de rodillas detrás, verga frotándose en su raja. ¿Me quieres adentro, Lucía? Dime. Sí, cabrón, métemela toda. Hazme tuya como en la Parte 1. Empujó lento al inicio, estirándola centímetro a centímetro. Ella sintió cada vena, el grosor abriéndola, el choque de sus bolas contra su clítoris. Gruñeron juntos, piel contra piel chapoteando. Él la embistió fuerte, manos en sus caderas, tirando de ella contra su pelvis. El ritmo era brutal, cama crujiendo, sudor goteando de su frente a su espalda.

Cambiaron posiciones: ella encima, cabalgándolo como amazona. Sus tetas rebotaban, él las amasaba, pellizcando pezones. Lucía giraba las caderas, moliendo su clítoris contra su pubis, sintiendo el orgasmo subir como volcán. ¡Me vengo, Cristo! ¡No pares! Él la volteó de nuevo, misionero profundo, ojos en ojos. Sus pupilas negras, su aliento caliente en mi cara, su verga golpeando mi matriz. Es amor puro, carnal. Aceleró, bolas apretadas, listo para explotar.

Acto tercero: la liberación. Lucía explotó primero, concha contrayéndose en espasmos, jugos chorreando por sus muslos. Gritó su nombre, uñas arañando su espalda, dejando surcos rojos. El orgasmo la dejó temblando, visión borrosa, gusto metálico en la boca. Cristo la siguió segundos después, verga hinchándose más, chorros calientes llenándola hasta rebosar. Rugió como bestia, colapsando sobre ella, pesos mezclados en sudor pegajoso.

Se quedaron así, jadeando, corazones latiendo al unísono. El aire olía a semen, concha y vainilla quemada. Él se salió lento, semen goteando de ella, y la besó tierno. Eres mi todo, Lucía. Esta La Pasión de Cristo Parte 2 fue épica. Ella sonrió, acariciando su cara barbuda.

Pinche amor de mi vida. Su semen adentro me hace sentir completa, marcada. Quiero Parte 3 ya.

Se bañaron juntos después, agua caliente cayendo como lluvia bendita, jabón deslizándose por curvas y músculos. Rieron recordando gemidos exagerados, planeando la próxima locura. En la cama, envueltos en sábanas frescas, Lucía se acurrucó en su pecho, oyendo su corazón calmarse. El afterglow era paz profunda, cuerpos saciados pero almas unidas. Afuera, las campanas tañían vísperas, pero para ellos, la verdadera pasión era esta: consensual, ardiente, eterna. Mañana sería otro día, pero esta noche, en San Miguel, habían escrito su evangelio carnal.

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