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Donde Ver Leyendas de Pasion en la Piel

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Donde Ver Leyendas de Pasion en la Piel

Estaba en la terraza de ese bar chido en Polanco, con el skyline de la CDMX brillando como diamantes bajo la luna. El aire traía ese olor a jazmín mezclado con el humo de los cigarros electrónicos y el tequila reposado que tanto me gustaba. Yo, Ana, acababa de romper con mi novio pendejo y necesitaba algo que me sacara del bajón. Mi compa Lupe, siempre al tiro con los chismes, me había dicho:

Órale, Ana, si quieres emociones fuertes, busca donde ver leyendas de pasion. No es un pinche streaming, es un lugar real, un antro secreto en la Roma donde las pasiones se viven en carne viva.

Me reí pensando que era puro cotorreo, pero el corazón me latía como tamborazo zacatecano. Pedí un margarita helado, el limón fresco explotando en mi lengua, y ahí lo vi. Alto, moreno, con esa sonrisa de galán de telenovela, ojos cafés que prometían travesuras. Se acercó con un mezcal en la mano, oliendo a sándalo y hombre seguro.

—¿Qué onda, preciosa? ¿Buscando algo que te prenda? —me dijo con voz grave, como ronroneo de jaguar.

Le conté lo de Lupe, medio en broma. Donde ver leyendas de pasion. Él se rio bajito, su aliento cálido rozándome la oreja.

—Yo sé exactamente dónde. Pero no se ve en pantalla, se siente en la piel. ¿Te animas?

El pulso se me aceleró, un cosquilleo subiéndome por las piernas. ¿Por qué no? Éramos adultos, todo en buena onda. Asentí, y salimos de ahí tomados de la mano, su palma áspera y cálida contra la mía suave. Caminamos por las calles empedradas de la Roma, el bullicio de los taqueros y las risas lejanas como banda sonora. Llegamos a un edificio viejo con fachada discreta, puerta de madera oscura que él abrió con una llave que sacó del bolsillo.

Adentro, luces tenues rojas como brasas, velas parpadeando en rincones. Olía a incienso y algo más primitivo, deseo crudo. Un sofá de terciopelo nos esperaba, y una botella de mezcal artesanal en una mesa baja. Nos sentamos cerca, muslos rozándose, el calor de su cuerpo traspasando la tela de mi vestido corto negro.

—Aquí es donde ver leyendas de pasion —susurró, su mano subiendo por mi brazo, dedos trazando patrones que me erizaban la piel—. Leyendas como la de los amantes de Xochimilco, que se entregaban bajo las trajineras, o los de la Malinche que ardían en secreto.

Me incliné, mis labios rozando los suyos. Sabían a humo y miel, un beso lento que empezó tierno y se volvió hambre. Sus manos en mi cintura, apretando suave, consensual, preguntando con cada caricia si quería más. ¡Qué chingón se siente esto!, pensé, mientras mi cuerpo respondía con un jadeo ahogado.

La segunda parte de la noche fue puro fuego lento. Me quitó el vestido con calma, besando cada centímetro de piel expuesta: el hueco de mi clavícula oliendo a mi perfume de vainilla, los pechos que se endurecieron bajo su lengua caliente y húmeda. Gemí bajito, el sonido rebotando en las paredes como eco de pasión ancestral. Él se desnudó, su pecho ancho, músculos marcados por gym y vida al aire libre, verga ya tiesa palpitando contra mi muslo.

—¿Estás chida con esto? —preguntó, ojos clavados en los míos, respeto en cada palabra.

—Más que chida, carnal. Ven, hazme tuya —le respondí, voz ronca de pura necesidad.

Nos recostamos en el sofá, piel contra piel, sudor empezando a perlar. Sus dedos exploraron mi panocha, húmeda y lista, círculos lentos que me hacían arquear la espalda. Olía a sexo, a nosotrxs mezclados con el incienso. Lamí su cuello, salado, mordisqueando suave mientras él chupaba mis tetas, pezones duros como piedras preciosas. El corazón tronándome en los oídos, pulsos acelerados sincronizándose.

Me subí encima, cabalgándolo despacio al principio. Su verga gruesa llenándome, estirándome delicioso, cada embestida un ¡ay, qué rico! interno. Él agarraba mis caderas, guiándome, gruñendo mi nombre como oración. El ritmo subió, piel chocando con palmadas húmedas, mis uñas en su espalda dejando surcos rojos. Sudor goteando, mezclándose, el aire cargado de nuestros gemidos y el crujir del sofá.

Internamente luchaba: ¿Es solo una noche o algo más? No pienses, Ana, solo siente. Él volteó, poniéndome de rodillas, entrando desde atrás con thrusts profundos que me robaban el aliento. Su mano en mi clítoris, frotando experto, mientras la otra enredaba mi pelo. Olía su aroma masculino intenso, testosterona pura. Grité su nombre —Raúl, se llamaba— cuando el orgasmo me partió en dos, olas de placer convulsionándome, jugos chorreando por mis muslos.

Él siguió, acelerando, hasta que se tensó, gruñendo como bestia, corriéndose dentro con calor líquido que me llenó. Colapsamos juntos, respiraciones jadeantes, cuerpos temblando en aftershocks. Su beso en mi nuca, tierno ahora, mientras el mundo volvía a enfocarse.

Nos quedamos así un rato, envueltos en una manta suave que olía a lavanda. Bebimos mezcal directo de la botella, el líquido quemando dulce la garganta. Hablamos de tonterías, de la ciudad, de sueños. No hubo promesas, solo esa conexión profunda, empoderadora.

—Esto fue la verdadera leyenda —dijo él, trazando mi espina dorsal con un dedo—. Donde ver leyendas de pasion no es un lugar, es lo que pasa cuando dos se encuentran de verdad.

Salimos al amanecer, el sol tiñendo el cielo de rosa y oro, calles despertando con olor a pan recién horneado y café de olla. Me dejó en mi depa con un beso que prometía más, pero sin presiones. Caminé flotando, piel aún sensible, recordando cada roce, cada sabor. Esa noche había sanado algo en mí, me había hecho sentir viva, poderosa en mi deseo. Y supe que volvería a buscar, porque las leyendas de pasión no terminan; solo esperan la próxima chispa.

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