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Diario de una Pasion Final Explicado

6754 palabras

Diario de una Pasion Final Explicado

Esta noche de lluvia en mi depa de la Condesa, con el ruido de las gotas golpeteando el techo como un tamborazo de mariachi, decidí que era hora de ponerlo todo por escrito. Diario de una pasion final explicado, le puse de título a esta página, porque Javier se va mañana a Guadalajara por su pinche trabajo y esta va a ser la última vez que nos veamos así, con el cuerpo ardiendo y el alma enredada. Lo conocí hace un año en una fiesta en Polanco, él con esa sonrisa pícara de galán de telenovela y yo, una morra de veintiocho que ya estaba harta de weyes mediocres. Desde el primer beso, neta que supe que este carnal me iba a voltear la vida al revés.

La puerta se abrió con un chirrido que me erizó la piel, y ahí estaba él, empapado, con la camisa pegada al pecho musculoso, oliendo a lluvia fresca y a ese perfume amaderado que me vuelve loca. "¿Me extrañaste, reina?" murmuró con esa voz ronca que me hace temblar las rodillas. No contesté con palabras; lo jalé adentro, cerré la puerta de un golpe y lo besé como si el mundo se acabara esa misma noche. Sus labios sabían a tequila y a deseo acumulado, calientes y urgentes, mientras sus manos grandes me apretaban la cintura, levantándome contra la pared. Sentí su verga ya dura presionando mi vientre, y un jadeo se me escapó, ronco y hambriento.

¡Dios, Javier, cómo me pones! Cada roce tuyo es como fuego en las venas, y sé que esta noche va a ser épica, la última antes de que te vayas y me dejes con el antojo eterno.

Lo arrastré al sillón de la sala, donde las luces tenues de la ciudad se colaban por las cortinas, pintando su piel morena con destellos anaranjados. Me quité la blusa con prisa, dejando que mis tetas rebotaran libres, y él se lanzó sobre ellas como lobo hambriento, chupando un pezón mientras pellizcaba el otro. Qué chingón se siente eso, pensé, arqueándome contra su boca, el sonido de succión húmeda mezclándose con la lluvia afuera. Sus dedos bajaron por mi panza, desabrochando mis jeans, y metieron mano en mi calzón ya empapado. "Estás chorreando, mi amor", gruñó, frotando mi clítoris con círculos lentos que me hicieron gemir como loca. Olía a mi propia excitación, ese aroma almizclado y dulce que llena el aire cuando estoy al borde.

Pero no quería apresurarme; esta era nuestra pasión final, y la quería saborear como un mole bien hecho, capa por capa. Lo empujé suave al sillón y me arrodillé entre sus piernas, desabrochando su cinturón con dientes. Su verga saltó libre, gruesa y venosa, palpitando con el pulso acelerado. La lamí desde la base hasta la punta, saboreando el gusto salado de su piel, mientras él enredaba los dedos en mi pelo y maldecía bajito: "Pinche morra, eres la mejor". Lo chupé profundo, sintiendo cómo se hinchaba en mi garganta, el calor de su carne contra mi lengua, sus gemidos roncos vibrando en mi pecho. Cada succionada era un adiós lento, un recuerdo que me grabaría en la piel.

Él no se quedó atrás. Me levantó como pluma y me tiró en la cama, quitándome todo de un tirón. Su boca bajó por mi cuerpo, besando cada curva, lamiendo el sudor que ya perlaba mi piel. Cuando llegó a mi concha, abrí las piernas sin pudor, exponiéndome completamente. Su lengua se hundió en mí, explorando pliegues húmedos, chupando mi jugo con ruidos obscenos que me volvían loca. "Sabrosa como tamal de dulce", bromeó entre lamidas, y yo reí entre jadeos, jalándole el pelo para que no parara. Sentía mis paredes contrayéndose, el calor subiendo por mi espina, el olor de sexo invadiendo la habitación como niebla espesa. Esto es lo que necesitaba, pensé, una noche para explicarme por qué lo voy a extrañar tanto, por qué esta pasión es final pero eterna en mi memoria.

Mi cuerpo es tuyo esta noche, Javier, úsame como quieras, hazme tuya una última vez antes de que el destino nos joda.

La tensión crecía como tormenta, mis nervios a punto de estallar. Lo volteé boca arriba y me subí encima, frotando mi concha mojada contra su verga dura como fierro. "Chíngame ya, wey", le supliqué, y él obedeció, guiándome con manos firmes en mis caderas. Me hundí en él despacio, centímetro a centímetro, sintiendo cómo me llenaba hasta el fondo, estirándome deliciosamente. ¡Qué rico! Grité al sentirlo todo adentro, mis jugos chorreando por sus bolas. Empecé a moverme, cabalgándolo con ritmo salvaje, mis tetas rebotando al compás, el slap-slap de piel contra piel ahogando la lluvia. Él me amasaba el culo, clavándome los dedos, gruñendo "Más fuerte, reina, rómpeme". Sudábamos como locos, el olor a sexo y piel caliente envolviéndonos, sus ojos clavados en los míos con esa intensidad que me deshacía.

Pero quería más, quería que durara. Cambiamos de posición; él me puso a cuatro patas, embistiéndome desde atrás con fuerza controlada, su vientre chocando contra mis nalgas en un ritmo hipnótico. Cada pendejada entraba profundo, rozando ese punto que me hace ver estrellas, y yo empujaba hacia atrás, pidiendo más. "¡Sí, así, cabrón!", chillaba, mientras sus bolas me azotaban suave. Sentía su aliento caliente en mi nuca, sus manos apretando mis tetas, pellizcando pezones duros como piedras. El clímax se acercaba, un nudo apretado en mi vientre, mis músculos temblando. Él aceleró, jadeando mi nombre, y de pronto explotamos juntos: yo gritando con la concha convulsionando alrededor de su verga, ordeñándolo, él derramándose dentro de mí en chorros calientes que me llenaron hasta rebosar.

Caímos exhaustos, enredados en sábanas húmedas, el corazón latiéndonos como tambores. Su piel pegada a la mía, sudorosa y tibia, olía a nosotros, a esa mezcla perfecta de pasión gastada. Me besó la frente, suave ahora, y murmuró: "Te voy a extrañar, mi vida". Yo solo asentí, con lágrimas picando en los ojos, sabiendo que esta era la despedida. Nos quedamos así horas, acariciándonos perezosos, riendo de tonterías, recordando noches pasadas en cantinas de la Roma o besándonos en el Bosque.

Esta pasión final explicada en cada gemido, en cada roce, me deja clara una cosa: lo amé con todo, y aunque se vaya, su huella queda en mí, ardiente y viva.

Al amanecer, con el sol colándose tímido, lo vi irse por la ventana, silueta alta contra la luz. Cerré el diario, con el cuerpo aún zumbando de placer residual, un dolor dulce en el pecho. Neta que valió la pena, pensé, sonriendo. Esta noche fue mi diario de una pasion final explicado, grabado en carne y alma, listo para releer en las madrugadas solitarias.

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