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Las Fotos de Pasión de Gavilanes

6821 palabras

Las Fotos de Pasión de Gavilanes

Estás sola en la hacienda, el sol de mediodía calienta las piedras del patio como si quisiera derretir todo a su paso. El aire huele a tierra mojada después de la lluvia mañanera y a las flores de bugambilia que trepan por las paredes. Javier, tu marido desde hace cinco años, se fue temprano al pueblo por provisiones, dejándote con ese cosquilleo de anticipación que siempre te invade cuando están solos en este rincón del mundo. La hacienda familiar, heredada de tus abuelos, es como un nido de secretos, con sus cuartos amplios y camas king size que invitan a perderse en ellas.

Decides curiosear en el estudio de Javier, un cuarto lleno de libros viejos y su computadora polvorienta. Abres un cajón del escritorio, buscando papel para anotar la lista del mandado, y ahí lo encuentras: un álbum fotográfico forrado en cuero negro, con letras doradas grabadas que dicen fotos de pasion de gavilanes. Tu corazón da un brinco. ¿Pasión de Gavilanes? Esa telenovela que veían juntos hace años, llena de amores prohibidos, venganzas calientes y escenas que los dejaban con las hormonas a mil. ¿Qué chingados hace un álbum con ese nombre aquí?

Lo abres con manos temblorosas. La primera foto te deja sin aliento: eres tú, posando en el patio trasero, con un vestido blanco vaporoso que se pega a tu piel por el sudor, el escote dejando ver el nacimiento de tus senos. La luz del atardecer te ilumina como a una diosa, y tu mirada es pura pasión, como la de esas actrices en la novela. Pasas la página. Otra: estás recostada en la hamaca, las piernas entreabiertas, el vestido subido hasta los muslos, revelando la curva de tus caderas. El olor a cuero viejo del álbum se mezcla con tu propio aroma de excitación creciente, ese calor húmedo entre las piernas que no puedes ignorar.

¿Cuándo tomó Javier estas fotos? ¿Por qué no me dijo nada? Ay, wey, esto está cañón...

Las imágenes se vuelven más intensas. Una te muestra de espaldas, el cabello suelto cayendo como cascada, la mano en la nuca como invitando a que alguien te bese el cuello. Otra, más atrevida: topless junto al jacuzzi, los pezones erectos por el viento fresco, el agua brillando en tu piel morena. Sientes un pulso acelerado en el pecho, el sonido de tu respiración agitada rompiendo el silencio de la hacienda. Tus dedos rozan la foto, imaginando la piel real, el tacto áspero de las manos de Javier capturando cada detalle.

De repente, oyes la puerta principal. Javier regresa antes de lo esperado, cargando bolsas de supermercado. ¡Órale, mi reina! ¿Qué traes ahí? pregunta con esa voz grave que te derrite, dejando las bolsas en la mesa. Te levantas, álbum en mano, el rostro encendido. Mira lo que encontré, cabrón. Fotos de pasion de gavilanes. ¿Tú hiciste esto?

Él sonríe pícaro, ese hoyuelo en la mejilla que te enamora desde el primer día. Sí, amor. Las tomé hace meses, cuando veíamos la novela de nuevo. Quería capturar tu fuego, como esas gavilanes vengativas pero con puro deseo. ¿Te gustan? Se acerca, su cuerpo alto y musculoso oliendo a sol y sudor fresco, a hombre de campo. Tú sientes el calor de su aliento en tu oreja mientras hojea el álbum contigo.

La tensión crece como tormenta. Sus dedos rozan los tuyos al pasar las páginas, un toque eléctrico que sube por tu brazo. Quiero más que fotos, piensas, mordiéndote el labio. Javier lo nota, siempre atento a tus señales. ¿Quieres que hagamos la secuela en vivo? susurra, su mano bajando a tu cintura, apretando con firmeza esa carne que sabe suya. Asientes, el corazón latiéndote en la garganta.

Te lleva al dormitorio principal, el que da al jardín con vista a los nopales. La cama está tendida con sábanas de algodón egipcio, frescas y suaves. Él cierra la puerta con un clic que suena como promesa. Empieza lento, como en las novelas: te besa el cuello, su lengua trazando la línea de tu clavícula, saboreando el salado de tu piel. Qué rica hueles, mi gavilana, murmura, mientras sus manos suben tu blusa, exponiendo tu vientre. El roce de sus callos te eriza la piel, un cosquilleo que baja directo a tu centro.

Te quita la ropa con deliberada lentitud, cada prenda cayendo al piso con un susurro. Tú haces lo mismo, desabrochando su camisa, besando su pecho ancho, lamiendo el vello que baja hasta su ombligo. Su erección presiona contra los jeans, dura y caliente. ¡No mames, Javier, estás listo para la pasión! bromeas, y él ríe bajito, un sonido ronco que vibra en tu pecho.

Caen a la cama, cuerpos entrelazados. Sus labios capturan un pezón, succionando con hambre, el placer agudo como rayo. Tú arqueas la espalda, gimiendo, el sonido rebotando en las paredes de adobe. Sus dedos exploran más abajo, abriendo tus pliegues húmedos, rozando el clítoris con círculos perfectos. Sabe exactamente cómo volverme loca, piensas, mientras el aroma de tu excitación llena la habitación, almizclado y dulce. Él lame tus jugos de sus dedos, mirándote con ojos oscuros. Sabes a miel de maguey, preciosa.

La intensidad sube. Te pone a cuatro patas, como en una de esas fotos del álbum, su verga gruesa presionando tu entrada. Entras despacio, centímetro a centímetro, el estiramiento delicioso, llenándote por completo. ¡Ay, sí, chíngame como en la novela! gritas, y él obedece, embistiendo con ritmo creciente, el slap de piel contra piel mezclándose con vuestros jadeos. Sudor perla vuestros cuerpos, goteando, el olor a sexo crudo invadiendo todo. Sus manos aprietan tus caderas, dejando marcas rojas que mañana dolerán rico.

Cambian posiciones, tú encima, cabalgándolo como amazona. Tus senos rebotan, él los agarra, pellizcando pezones. El placer se acumula, una ola en tu vientre, pulsando. Vente conmigo, amor, gime él, y explotas primero, el orgasmo rasgándote en espasmos, contrayéndote alrededor de su polla. Él te sigue, gruñendo, llenándote con chorros calientes que sientes chorrear.

Colapsan juntos, exhaustos, piel pegajosa y sonrientes. Javier te besa la frente, su mano acariciando tu cabello. Esas fotos eran solo el principio. Ahora tenemos la película completa, dice riendo. Tú suspiras, el cuerpo lánguido, el corazón lleno. Afuera, el sol se pone, tiñendo el cielo de rojo pasión. En la hacienda, el secreto de las fotos de pasion de gavilanes se ha transformado en algo vivo, eterno, tuyo.

Se quedan así, envueltos en sábanas revueltas, escuchando el canto de los grillos y el viento en los árboles. Mañana tomarán más fotos, pero nada superará este fuego real.

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