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La Liturgia Sensual de la Pasión del Señor

6451 palabras

La Liturgia Sensual de la Pasión del Señor

La noche de Jueves Santo en mi pueblo de Guanajuato olía a incienso y a jazmines marchitos. Las calles empedradas vibraban con el rumor de la procesión, los tambores retumbando como latidos acelerados, y el aire cargado de murmullos devotos. Yo, Ana, de veintiocho años, con mi manto negro ceñido al cuerpo que apenas disimulaba mis curvas, caminaba entre las nazarenas. Neta, cada año esta liturgia de la pasión del Señor me removía algo por dentro, un fuego que la iglesia no podía apagar del todo. Mis pezones se endurecían bajo la tela áspera con el roce del viento fresco, y entre mis piernas sentía esa humedad traicionera que me hacía apretar los muslos.

Ahí lo vi por primera vez. Él, el Judas de la obra, alto, moreno, con ojos que brillaban como carbones bajo la capucha. Se llamaba Marco, lo supe después, un wey de la ciudad que venía a ayudar en las representaciones. Cuando pasó a mi lado cargando la cruz falsa, su brazo rozó el mío. Electricidad. Su piel olía a sudor masculino mezclado con el humo de las velas, un aroma que me mareó.

¿Qué carajos me pasa? Esto es sagrado, pendeja
, me dije, pero mi cuerpo ya traicionaba mis rezos.

La procesión avanzaba lenta, las antorchas danzando sombras sobre las fachadas coloniales. El sacerdote entonaba el Miserere, y yo imaginaba la voz de Marco susurrándome al oído en vez de esas letanías. Al final, en la plaza, cuando se bajó la capucha, su sonrisa fue un golpe directo al estómago. Me miró fijo, como si supiera el desmadre que bullía en mí. Órale, qué chulo, pensé, mordiéndome el labio.

Después de la ceremonia, mientras la gente se dispersaba hacia las posadas con olor a atole y capirotada, me quedé recogiendo pétalos de cempasúchil esparcidos por el suelo. Él se acercó, quitándose la túnica. Su camisa pegada al pecho por el sudor delineaba cada músculo. —Ey, nazarena, ¿no te cansas de tanto santo? dijo con esa voz ronca que me erizó la piel.

Reí nerviosa, el corazón galopando. —Al contrario, wey. Esta liturgia me prende, solté sin pensarlo, y vi cómo sus ojos se oscurecían de deseo. Hablamos un rato de la pasión del Señor, pero las palabras se torcían: la flagelación como caricias dolorosas, la corona de espinas como mordidas jugosas. Su mano rozó mi cintura al pasarme una vela apagada, y sentí el calor de sus dedos a través de la falda. Consiento en esto, me repetí, porque todo en mí gritaba sí.

Me invitó a la sacristía para "ayudar a guardar las vestiduras". El lugar era un nido de sombras, iluminado solo por una lamparilla que parpadeaba. Olía a madera vieja, cera derretida y algo más primitivo: nuestro arousal creciendo. Cerró la puerta con un clic que resonó como un amén prohibido.

Si esto es pecado, que me condene con gusto
.

Nos miramos en silencio, la tensión como un lazo apretándose. Él dio el primer paso, su mano en mi mejilla, pulgar trazando mi labio inferior. Lo besé yo, neta, hambrienta, saboreando la sal de su piel, el leve dulzor de la fruta que había comido antes. Sus labios eran firmes, su lengua invadiendo mi boca como un conquistador. Gemí bajito, mis manos en su nuca, tirando de su cabello negro y húmedo.

Me empujó suave contra la mesa de madera, donde reposaban los ornamentos litúrgicos. Sus besos bajaron a mi cuello, mordisqueando la piel sensible, inhalando mi perfume de gardenias. —Qué rica hueles, morra, murmuró, y yo respondí arqueándome, sintiendo su erección dura contra mi vientre. Desabroché su camisa con dedos temblorosos, lamiendo su pecho sudoroso, el sabor salado y almizclado volviéndome loca. Sus pezones duros bajo mi lengua, sus jadeos roncos como salmos paganos.

Él levantó mi manto, sus manos grandes explorando mis muslos. —Estás empapada, cabrona, dijo riendo bajito, y metí la mano en sus pantalones, agarrando su verga gruesa, palpitante. La piel aterciopelada sobre acero, venas marcadas que lamí mentalmente. Nos frotamos así, vestidos a medias, el roce de telas crujiendo, nuestros alientos mezclándose con el incienso residual.

Pero quería más. Lo empujé al suelo, sobre una alfombra raída que olía a años de oraciones. Me quité la ropa interior, empapada, y me senté a horcajadas sobre él. Su mirada devorándome, manos en mis tetas, pellizcando pezones hasta que grité de placer. —Fóllame como si fuera tu pasión privada, le pedí, y él obedeció, embistiéndome lento al principio, su polla abriéndose paso en mi calor húmedo.

El ritmo creció, mis caderas girando, clítoris rozando su pubis. Sudor goteando de su frente a mi pecho, el slap-slap de carne contra carne ahogando los ecos lejanos de campanas. Olía a sexo crudo, a mujer en celo, a hombre poseído.

Esta es nuestra liturgia, Señor, la de la carne ardiente
, pensé mientras él me volteaba, poniéndome de rodillas, penetrándome desde atrás con fuerza consentida.

Sus manos en mis caderas, tirando de mi pelo como riendas, cada embestida un latigazo de éxtasis. Gemía su nombre, Marco, sí, más duro, pendejo, y él respondía gruñendo, mordiendo mi hombro. Sentía su saco golpeando mi culo, el orgasmo construyéndose como una tormenta en Semana Santa. Primero llegué yo, convulsionando, chorros de placer mojando sus bolas, el mundo explotando en luces y temblores.

Él se corrió segundos después, llenándome con chorros calientes, su cuerpo colapsando sobre el mío. Quedamos jadeando, pieles pegajosas, corazones tronando al unísono. El aire espeso con nuestro olor, el suelo duro bajo nosotros un altar improvisado.

Después, en el afterglow, nos vestimos lento, besos suaves como post-comuniones. —Esto fue la verdadera liturgia de la pasión del Señor, dijo él, y yo asentí, riendo. Salimos a la noche fresca, las estrellas testigos mudas. Caminamos de la mano por calles vacías, el eco de la procesión desvaneciéndose.

Al día siguiente, en la misa de Viernes Santo, lo vi entre la gente, guiñándome un ojo. Mi cuerpo aún dolía rico, marcado por su pasión. Neta, la Semana Santa nunca volvería a ser igual. Esa liturgia me había bautizado en fuego carnal, y lo abrazaba con todo mi ser. Caminé erguida, empoderada, sabiendo que el Señor entiende de pasiones profundas.

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