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Pasión Libertadores F

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Pasión Libertadores F

El estadio rugía como un volcán en erupción, el olor a césped recién cortado mezclado con sudor y adrenalina impregnaba el aire. Ana, capitana de las Libertadores F, corría por la cancha con el corazón latiéndole a mil por hora. Su camiseta ajustada se pegaba a su piel morena, brillando bajo las luces del reflector. Cada músculo de sus piernas tonificadas ardía de esfuerzo, pero esa pasión libertadores f que llevaba en las venas la impulsaba adelante. Habían ganado el partido contra las Águilas por 3-1, y ahora, en el vestidor, el vapor de las regaderas llenaba el espacio con un calor húmedo y tentador.

Ana se quitó la playera empapada, dejando al descubierto sus pechos firmes, coronados por pezones oscuros que se endurecían con el roce del aire fresco. Se miró en el espejo empañado, pasando una mano por su abdomen marcado, sintiendo el pulso acelerado aún latiendo en su clítoris. Neta, qué chido se siente ganar, pensó, mientras el agua caliente empezaba a caer sobre su cuerpo, resbalando por curvas que había esculpido con años de entrenamiento. Pero esa noche, algo más ardía en ella. Sofia, la nueva delantera, la morra que había llegado de Guadalajara con un culo redondo que hipnotizaba a todo el equipo.

Sofia entró al vestidor tarareando una cumbia rebajada, su piel canela reluciente de sudor, el short deportivo marcando cada contorno de sus muslos gruesos.

"¡Órale, capitana! ¡Qué partidazo te aventaste, wey! Esa pasión libertadores f tuya es contagiosa, me dejó mojadita de emoción."
Ana se giró bajo la regadera, el agua salpicando, y la miró de arriba abajo. Los ojos de Sofia se detuvieron en los pechos de Ana, y un rubor subió por su cuello. ¿Será que esta morra siente lo mismo que yo? La tensión era palpable, como el zumbido de las luces fluorescentes sobre sus cabezas.

Acto primero: la chispa. Ana salió de la ducha envuelta en una toalla blanca que apenas cubría sus caderas. Sofia estaba sentada en la banca, secándose el cabello largo y negro, sus piernas abiertas dejando ver el borde de su ropa interior deportiva. Pinche Sofia, con esas nalgas que parecen dos tamales calientes, se dijo Ana, mientras se acercaba. Le ofreció su gel de baño, un aroma a coco y vainilla que flotaba en el aire húmedo.

—Toma, pruébalo, te va a relajar los músculos —dijo Ana, su voz ronca por el cansancio y algo más.

Sofia lo tomó, sus dedos rozando los de Ana, un toque eléctrico que hizo que ambas contuvieran el aliento. El sonido del agua goteando era lo único que rompía el silencio. Sofia se levantó, dejando caer la toalla, quedando en bra y tanga. Su concha debe oler a miel y deseo, imaginó Ana, sintiendo un calor subir desde su vientre.

Se miraron a los ojos, el vapor envolviéndolas como un velo. Sofia se acercó, su aliento cálido contra la oreja de Ana.

—Capitana, desde que te vi en la cancha, no dejo de pensar en cómo sería sentirte... pasión libertadores f, ¿no? Como el equipo, puro fuego.

Ana no aguantó más. La jaló por la nuca y la besó, labios carnosos chocando con hambre. Lenguas danzando, saboreando el salado del sudor y el dulce de la victoria. Manos explorando: Ana apretando las nalgas de Sofia, Sofia arañando la espalda de Ana. Se separaron jadeando, el corazón de Ana martilleando como tambores de mariachi.

Acto segundo: la escalada. Salieron del vestidor a hurtadillas, el pasillo desierto oliendo a desinfectante y goma quemada de los tacos de las aficionados. Llegaron al cuarto de trofeos, un espacio íntimo con vitrinas iluminadas por luces tenues. Cerraron la puerta, el clic del seguro como un suspiro de alivio. Ana empujó a Sofia contra la pared fría, contrastando con sus cuerpos calientes.

Te quiero comer entera, morra —susurró Ana, bajando la boca por el cuello de Sofia, mordisqueando la piel suave, inhalando su aroma a jazmín y excitación. Sofia gimió, un sonido gutural que reverberó en el cuarto, sus manos enredándose en el cabello mojado de Ana.

Desnudándose mutuamente, piel contra piel. Ana lamió los pezones de Sofia, duros como piedras preciosas, chupándolos hasta que Sofia arqueó la espalda, sus uñas clavándose en los hombros de Ana. Sabe a gloria, neta, como un elote bien untado de mayonesa y chile. Bajó más, besando el ombligo, el monte de Venus, hasta llegar a la panocha depilada de Sofia, hinchada y reluciente de jugos.

—Ándale, capitana, no te detengas —rogó Sofia, abriendo las piernas, el olor almizclado invadiendo los sentidos de Ana.

Ana metió la lengua, saboreando el néctar salado-dulce, lamiendo el clítoris hinchado con círculos lentos. Sofia temblaba, sus muslos apretando la cabeza de Ana, gemidos ahogados convirtiéndose en gritos contenidos. Pinche placer, me va a hacer venir ya, pensó Sofia, mientras introducía dos dedos en la concha de Ana, húmeda y apretada, follándola con ritmo de golazos.

Cambiaron posiciones: Sofia sobre la mesa de trofeos, rodeada de medallas que tintineaban con cada embestida. Ana se sentó en su cara, sintiendo la lengua experta de Sofia devorándola, el roce áspero contra su ano enviando chispas por su espina. Sudor goteando, mezclándose, el aire cargado de jadeos y el slap-slap de carne contra carne. Introdujeron dedos, tres en la de Sofia, curvándolos contra el punto G, mientras Sofia frotaba el clítoris de Ana con el pulgar.

La tensión crecía, como un partido empatado en los minutos finales. Ana sintió el orgasmo aproximándose, un nudo en el estómago deshaciéndose en olas.

"¡Sí, wey, así! ¡No pares, carajo!"
gritó Sofia, su cuerpo convulsionando, chorros calientes salpicando las piernas de Ana.

Ana explotó después, un grito mudo ahogado en el hombro de Sofia, su concha contrayéndose alrededor de los dedos, jugos resbalando por los muslos. Se derrumbaron juntas, respiraciones entrecortadas, el cuarto oliendo a sexo puro, a pasión libertadores f desatada.

Acto tercero: el afterglow. Acostadas en el suelo alfombrado, cuerpos entrelazados, piel pegajosa de sudor y fluidos. Ana acariciaba el cabello de Sofia, besos suaves en la frente. El silencio era cómodo, roto solo por el zumbido lejano del estadio vaciándose.

—Neta, Sofia, esto fue mejor que cualquier título —dijo Ana, su voz un ronroneo satisfecho.

Sofia sonrió, trazando círculos en el pecho de Ana. Esta morra es mi nueva adicción, como la pasión libertadores f que nos une.

—Y esto apenas empieza, capitana. Mañana entrenamos... y después, repetimos.

Se levantaron despacio, vistiéndose con risas cómplices, el cuerpo aún zumbando de placer residual. Salieron al parking, la noche fresca de Monterrey besando su piel encendida. En el auto de Ana, manos entrelazadas sobre la palanca de cambios, sabiendo que la pasión libertadores f ahora era personal, un lazo más fuerte que cualquier camiseta.

Al día siguiente, en la cancha, sus miradas se cruzaban con promesas mudas, el equipo notando la química extra. Pero eso era su secreto, un fuego que ardía bajo la superficie, listo para encenderse de nuevo. Ana sonrió mientras pateaba el balón, sintiendo el pulso de Sofia en su alma. Qué chingón es esto. Fin.

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