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Que Es La Pasion De Cristo En Tu Piel Ardiente

8295 palabras

Que Es La Pasion De Cristo En Tu Piel Ardiente

La noche de Jueves Santo envolvía las calles empedradas de San Miguel de Allende con un velo de incienso y murmullos devotos. Tú caminabas entre la multitud, el aire cargado del olor a cera quemada y flores de bugambilia marchitas. Las velas parpadeaban en las manos de los penitentes, proyectando sombras danzantes sobre las fachadas coloniales pintadas de ocre y rosa. Tu piel se erizaba no solo por el fresco de la sierra, sino por esa inquietud profunda que te carcomía desde hace días. ¿Qué es la pasión de Cristo? te preguntabas en silencio, mientras el eco de las matracas y los tambores retumbaba en tu pecho como un latido ajeno.

Ahí estaba él, Alejandro, tu carnal de toda la vida, pero ahora algo más. Alto, con esa barba recortada que le daba un aire de bandido romántico, y ojos negros que te desnudaban sin piedad. Lo habías visto en la procesión, cargando una cruz de madera ligera, sudor perlando su frente morena. Tú lo seguías de cerca, el corazón acelerado, sintiendo cómo tu blusa de algodón se pegaba a tus pechos por el calor de tu propia excitación. Órale, güey, pensaste, este tipo me pone como nunca. Él te miró por encima del hombro, una sonrisa pícara asomando, y te hizo una seña discreta hacia un callejón estrecho flanqueado por muros de adobe.

Te escabulliste detrás de él, el bullicio de la procesión amortiguando tus pasos. El callejón olía a tierra húmeda y jazmín silvestre, un aroma embriagador que se mezclaba con el almizcle de su sudor. Alejandro te empujó suavemente contra la pared, su cuerpo grande cubriéndote como un escudo. “¿Qué es la pasión de Cristo?” murmuró contra tu oído, su aliento cálido rozando tu lóbulo, enviando chispas por tu espina dorsal. Tú soltaste una risa nerviosa, tus manos subiendo por su pecho firme, sintiendo los músculos tensos bajo la camisa empapada.

“No sé, carnal, pero esto se siente como algo divino”, respondiste, tu voz ronca, mientras tus dedos se enredaban en su cabello oscuro y lo jalabas para un beso feroz. Sus labios eran salados, urgentes, saboreando a tequila y devoción reprimida. La lengua de él invadió tu boca, explorando con una hambre que te hizo gemir bajito. Tus caderas se apretaron contra las suyas, sintiendo la dureza de su verga ya hinchada presionando tu vientre. El mundo se redujo a ese rincón olvidado: el roce áspero del adobe en tu espalda, el latido compartido de sus corazones, el distante canto de Perdón, perdón que sonaba como un himno a vuestro deseo.

Esto es la pasión, no el sufrimiento en una cruz lejana, sino este fuego que me quema viva, pensaste, mientras sus manos bajaban por tus costados, amasando tus nalgas con fuerza posesiva.

Acto primero cerrado, Alejandro te tomó de la mano y te guio por laberintos de callejones hasta su casa, una casona antigua con patio central lleno de bugambilias rojas como sangre. La puerta se cerró con un clic suave, aislando el fervor religioso del exterior. Adentro, el aire era más cálido, perfumado con canela de algún ponche olvidado. Él te arrinconó contra la mesa de madera tallada, sus ojos devorándote. “Quítate eso, mi reina”, ordenó con voz grave, y tú obedeciste, despojándote de la blusa y la falda con lentitud deliberada, dejando que viera cómo tus pezones se endurecían al aire libre.

Sus manos eran callosas del trabajo en la talabartería, perfectas para recorrer tu piel suave. Te levantó sobre la mesa, el borde frío mordiendo tus muslos, contrastando con el calor de sus palmas abriéndose camino por tus piernas. “Estás empapada, chula”, gruñó, sus dedos rozando el encaje de tus calzones antes de apartarlos. Tú jadeaste cuando él se arrodilló, su aliento caliente sobre tu sexo expuesto. El primer lametón fue eléctrico: lengua plana lamiendo desde el perineo hasta el clítoris, saboreando tu miel salada. No mames, qué rico, pensaste, arqueando la espalda, tus uñas clavándose en la madera.

Él devoraba con devoción, chupando, succionando, introduciendo la lengua profunda mientras sus dedos frotaban círculos en tu botón hinchado. Tus gemidos subían de tono, mezclándose con el goteo de tu arousal sobre sus labios. “Más, Ale, no pares”, suplicaste, tirando de su cabello. Él levantó la vista, barbilla brillante, y sonrió: “La pasión es esto, morra, darlo todo hasta el éxtasis”. Te corriste entonces, un orgasmo que te sacudió como un rayo, piernas temblando, visión nublada por estrellas, el sabor metálico en tu boca mientras mordías tu labio.

Pero no era suficiente. Lo jalaste arriba, desabrochando su pantalón con dedos torpes. Su verga saltó libre, gruesa y venosa, la cabeza reluciente de precúm. La tomaste en tu mano, sintiendo el pulso furioso, el calor aterciopelado. “Qué chingona”, murmuraste, lamiendo la punta, saboreando su esencia salobre y masculina. Él gruñó, caderas empujando, mientras tú lo engullías centímetro a centímetro, garganta relajada por la práctica de noches pasadas. Tus mejillas se hundían al succionar, lengua girando alrededor del glande, manos masajeando sus bolas pesadas.

Alejandro te levantó como si no pesaras, cargándote al cuarto con paredes de colores vivos y cama king cubierta de sábanas de hilo egipcio. Te tendió boca arriba, besando cada centímetro de tu cuerpo: cuello, pechos —mordiendo pezones hasta hacerte gritar de placer—, vientre tembloroso, ingles sensibles. Cuando se posicionó entre tus piernas, frotando su punta contra tu entrada resbaladiza, el mundo se detuvo. “Dime que la quieres”, exigió, ojos fijos en los tuyos.

“¡Sí, cabrón, métemela ya!”, gritaste, y él obedeció, embistiéndote de un solo golpe profundo. El estiramiento fue glorioso, llenándote hasta el fondo, su pubis chocando contra tu clítoris. Ritmo lento al principio, cada entrada y salida un tormento delicioso: el sonido húmedo de carne contra carne, el olor almizclado de sexo impregnando el aire, el sudor goteando de su pecho al tuyo. Tus piernas se enredaron en su cintura, talones clavándose en sus nalgas para urgirlo más adentro.

Esto es la verdadera pasión de Cristo, redención en el clímax, amor en la carne palpitante.

La intensidad creció. Él te volteó a cuatro patas, manos en tus caderas, embistiendo con fuerza animal. Cada golpe hacía rebotar tus tetas, el azote de sus bolas contra tu piel un contrapunto rítmico. “¡Más duro, pendejo mío!”, lo provocaste, y él obedeció, una mano bajando a frotar tu clítoris mientras la otra jalaba tu cabello. El placer se acumulaba como una tormenta, ovarios contrayéndose, paredes vaginales apretando su verga como un puño. Gritos guturales escapaban de tu garganta, el colchón crujiendo bajo el asalto.

Cambiaron posiciones fluidamente, tú encima ahora, cabalgándolo como una amazona. Sus manos amasaban tus pechos, pellizcando pezones, mientras tú girabas las caderas, moliendo tu clítoris contra su hueso púbico. Lo miraste a los ojos, viendo el éxtasis reflejado: “Córrete conmigo, amor”. Él asintió, dedos hundiéndose en tus nalgas, y el orgasmo los golpeó simultáneo. Tú gritaste, chorros de placer empapando su abdomen, mientras él rugía, llenándote con chorros calientes y espesos, su verga palpitando dentro de ti.

Colapsaron juntos, cuerpos enredados, pieles pegajosas de sudor y fluidos. El aire olía a sexo crudo, a canela y jazmín lejano. Alejandro te besó la sien, suave ahora. “¿Ves? La pasión no es solo sufrimiento, es esto: unión total”. Tú sonreíste, trazando círculos en su pecho, el corazón aún galopando. Afuera, las campanas tañían la medianoche, pero dentro, el afterglow era un paraíso terrenal.

Despertaron al alba con rayos filtrándose por las cortinas de encaje, tiñendo sus cuerpos de oro. Un polvo mañanero lento, misionero, con besos profundos y miradas que decían todo. Después, café negro humeante en el patio, riendo de la noche loca. Qué es la pasión de Cristo, reflexionaste, es este fuego que nos une, carnal y espiritual. Y supiste que volverían por más, en esta ciudad de ángeles y demonios del deseo.

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