Cuál Era La Pasión De Jesús
El sol de la tarde se colaba por las cortinas de encaje en mi departamento de la Condesa, tiñendo todo de un naranja cálido que olía a jazmín del jardín de abajo. Yo, Laura, acababa de llegar de la oficina, con el cuerpo cansado pero el corazón latiendo fuerte por la promesa de la noche. Jesús, mi amor de los últimos seis meses, estaba en la cocina preparando unos tacos de arrachera que ya mandaban ese aroma ahumado de carbón y limón que me hacía agua la boca. Llevaba una camiseta ajustada que marcaba sus hombros anchos y unos jeans que le quedaban como pintados, dejando ver el bulto tentador que siempre me distraía.
Neta, este wey me tiene loca, pensé mientras me quitaba los tacones y sentía el fresco del piso de madera contra mis pies hinchados. Jesús era todo un galán: ojos cafés profundos, barba recortada que raspaba delicioso y una sonrisa pícara que prometía travesuras. Pero últimamente me rondaba una pregunta que no me dejaba en paz: cuál era la pasión de Jesús. No la de la Semana Santa que predicaban en la iglesia de mi abuelita, sino la suya propia, la que lo hacía arder por dentro, la que quería descubrir piel con piel.
—Órale, preciosa, ven pa'cá —me gritó desde la cocina, su voz grave retumbando como un tambor en mi pecho.
Me acerqué contoneándome, sintiendo cómo mi falda plisada rozaba mis muslos. Él me jaló por la cintura, su mano grande y cálida presionando mi nalga con esa posesión juguetona que me erizaba la piel.
—Hueles a tequila y carne asada, pendejo —le dije riendo, mordiéndome el labio mientras olfateaba su cuello, ese olor a jabón y sudor fresco que me volvía loca.
Nos besamos lento al principio, sus labios suaves probando los míos como si saboreara un dulce de leche. Su lengua se coló juguetona, danzando con la mía, y sentí ese cosquilleo bajando directo a mi entrepierna. ¿Sería esto su pasión? ¿O había más?
Quiero saberlo todo de ti, Jesús. Qué te prende de verdad, qué te hace perder el control
La cena fue un pretexto. Nos sentamos en la terraza con vistas a los árboles, comiendo tacos jugosos que chorreaban salsa verde, el picor en la lengua avivando el fuego interno. Cada bocado era una caricia visual: él lamiendo sus dedos, yo dejando que una gota de limón resbalara por mi escote. Hablamos de todo y nada, pero mis ojos no dejaban de devorarlo.
—Dime, mi rey —le susurré al oído, mi aliento caliente contra su oreja mientras le pasaba la mano por el muslo—. Cuál era la pasión de Jesús? ¿La que te quema por las noches?
Él se rio bajito, ese sonido ronco que vibraba en mi clítoris. Me levantó en brazos como si no pesara nada y me llevó al cuarto, tirándome suave sobre las sábanas de algodón egipcio que olían a lavanda y a nosotros.
—Ven, te voy a mostrarla —murmuró, su voz cargada de promesas mientras se quitaba la camiseta, revelando ese pecho moreno y torneado, con vellos oscuros que invitaban a trazar con la lengua.
Acto dos: la escalada. Empecé desabrochándole el cinturón, el sonido metálico del metal acelerando mi pulso. Sus jeans cayeron, y ahí estaba su verga, dura como piedra, palpitando bajo el bóxer gris. La toqué por encima de la tela, sintiendo el calor irradiando, el grosor que me hacía mojarme al instante. Él gimió, un sonido gutural que me erizó los brazos.
—Qué chingona se siente —jadeó, mientras me quitaba la blusa, sus dedos rozando mis pezones ya tiesos bajo el brasier de encaje negro.
Me besó el cuello, mordisqueando suave, dejando un rastro húmedo que olía a su saliva mezclada con mi perfume de vainilla. Bajó a mis tetas, liberándolas con un tirón experto, chupando un pezón mientras pellizcaba el otro. El placer era eléctrico, un rayo que bajaba directo a mi panocha, que ya palpitaba empapada. Mi concha ardía, rogando por atención.
Le bajé el bóxer, y su verga saltó libre, venosa y gruesa, con una gota de precum brillando en la punta como una perla. La lamí despacio, saboreando ese gusto salado y almizclado que era puro Jesús. Él enredó sus dedos en mi pelo, guiándome sin forzar, gimiendo mi nombre como una oración.
—Laura... neta, eres una diosa —susurró, su voz temblorosa.
Me volteó boca arriba, besando mi vientre, bajando hasta mis bragas empapadas. Las corrió a un lado y hundió la cara entre mis piernas. Su lengua encontró mi clítoris hinchado, lamiéndolo en círculos lentos, chupándolo con succión perfecta. Olía a mi excitación, ese aroma dulce y musgoso que lo volvía loco. Metió dos dedos gruesos dentro de mí, curvándolos contra mi punto G, mientras su boca no paraba. Gemí fuerte, arqueando la espalda, el sonido de mis jugos chapoteando con sus embestidas digitales.
¡No mames! Esto es el paraíso. ¿Es esta tu pasión, Jesús? ¿Hacerme volar así?
El ritmo subió. Me puso de rodillas, su verga presionando mi entrada resbaladiza. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome delicioso. Sentí cada vena rozando mis paredes, llenándome hasta el fondo. Empezó a moverse, embistiéndome firme pero cariñoso, sus bolas golpeando mi clítoris con cada thrust. Sudábamos juntos, el olor a sexo crudo impregnando el aire, mezclado con el jazmín de afuera.
—Más fuerte, cabrón —le rogué, clavando las uñas en sus nalgas firmes.
Cambiamos posiciones: yo encima, cabalgándolo como una reina. Sus manos en mis caderas, guiándome mientras rebotaba, mi concha tragándoselo entero. Veía su cara de éxtasis, ojos entrecerrados, boca abierta jadeando. El clímax se acercaba, una ola creciendo en mi vientre.
Acto tres: la liberación. Me volteó de nuevo, misionero profundo, mirándonos a los ojos. Sus embestidas se volvieron salvajes, el catre crujiendo bajo nosotros, nuestros gemidos sincronizados como una sinfonía. Sentí el orgasmo explotar, un tsunami de placer que me hizo convulsionar, chorros calientes empapando sus bolas mientras gritaba su nombre.
—¡Laura! —rugió él, corriéndose dentro de mí, chorros calientes inundándome, su verga pulsando una y otra vez.
Colapsamos jadeantes, piel pegada a piel, sudor enfriándose en la brisa de la ventana. Él me besó la frente, suave, mientras yo trazaba círculos en su pecho.
—Esa... esa es mi pasión —murmuró, respondiendo a mi pregunta de antes—. Tú, Laura. Hacerte mía, sentirte explotar por mí.
Me acurruqué contra él, el corazón latiendo en paz, el cuerpo saciado pero ya soñando con la próxima ronda. Cuál era la pasión de Jesús? Ahora lo sabía: éramos nosotros, este fuego eterno que ardía sin quemar.